
Aclaración (in)necesaria: esta no es una página de sexo o pornografía; en Cultura Erótica nos interesa la sensualidad en las letras, la fotografía, el dibujo y el Arte en general; creemos que Eros puede contener mucho Amor, Humor, Arte, inteligencia y Sabiduría. Aún así, si eres menor de edad este es el momento adecuado para abandonar el blog sin faltar a ninguna ley. Te invitamos además a disfrutar del Arte y a divertirte con él! Banner: © Greg Hildebrandt; Fondo: © Igor Parfenov
martes, 26 de marzo de 2019
sábado, 16 de marzo de 2019
Frederick Forsyth - Odessa (fragmento)
(Fotografía ©Christian Coigny)
Odessa (fragmento)
©Frederick Forsyth
Puesto que Miller estaba con el jefe, ella pidió un gin-fizz
en lugar de champaña. Muy sorprendido, Miller descubrió que la muchacha era muy
agradable, y le preguntó si, después del espectáculo podría acompañarla a casa. Ella
accedió, aunque con evidentes
reservas. Miller decidió proceder con cautela, y aquella
noche no le hizo insinuaciones. Era a principios de primavera, y cuando cerraron el cabaret
salió ella envuelta en un abrigo de paño grueso y peludo que no tenía nada de arrebatador. El
periodista supuso que el efecto era intencionado.
Aquella noche sólo tomaron café, y charlaron. Poco a poco,
ella fue abandonando sus recelos y le contó que le gustaba la música pop, la pintura,
los paseos por la orilla del Alster, la casa y los niños. Y empezaron a salir una vez a
la semana, la noche que ella tenía libre. Iban a cenar o a un espectáculo, pero todo acababa
ahí.
A los tres meses, Miller se la llevó a la cama, y poco
después le propuso que fuera a vivir con él. Sigi, que encaraba las cosas importantes de la
vida con gran simplicidad, había decidido casarse con Peter Miller, y la única duda estribaba
en si había de conseguirlo negándose a dormir con él, o accediendo. Al observar la
facilidad con que Peter se hacía acompañar de otras muchachas, Sigi decidió mudarse al ático
y hacerle la vida tan agradable, que a él le entraran deseos de casarse. A fines
de noviembre, hacía seis meses que vivían juntos.
Incluso Miller, que no era hombre casero, tenía que
reconocer que Sigi llevaba la casa primorosamente. Y, además, hacía el amor con una sana y
exuberante alegría.
Directamente, ella no le hablaba de matrimonio; pero
procuraba insinuárselo. Miller no se daba por enterado. A veces, mientras tomaban el sol a la
orilla del lago Alster, ella se acercaba a algún niño pequeño y, bajo la mirada complacida
de los padres, le hacía una carantoña.
—¡Qué mono! ¿Verdad, Peter?
—Monísimo—gruñía Miller.
Entonces ella le trataba fríamente durante más de una hora,
por no haber captado la indirecta. Pero eran felices, sobre todo Peter Miller, a
quien el plan convenía admirablemente, pues además de reunir todas las comodidades
del matrimonio y las delicias de una vida amorosa ordenada y regular, estaba exento
de compromisos.
Miller tomó la mitad de su café, se metió en la cama y,
abrazando a Sigi por la espalda, le acarició suavemente, seguro de que así se despertaría. A
los pocos minutos, ella murmuró de placer y se volvió de cara a él. Todavía
adormilada, Sigi siguió ronroneando y deslizó las manos suavemente por la espalda de él. Diez
minutos después hacían el amor.
—Vaya manera de despertarme—refunfuñó ella después.
—Las hay peores—dijo Miller.
—¿Qué hora es?
—Casi las doce—mintió él. Sabía que si ella se enteraba de
que eran las diez y media y sólo había dormido cinco horas, le tiraría algo a la
cabeza—. Pero si tienes sueño, puedes seguir durmiendo.
—Hum... Gracias, mi vida. Eres muy bueno conmigo—dijo ella,
y volvió a quedarse dormida.
domingo, 3 de marzo de 2019
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