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jueves, 11 de octubre de 2018

Fredric Brown - El truco de la cuerda


El truco de la cuerda

©Fredric Brown
 
Fotografía: ©Christian Coigny


El señor George Darnell y su esposa - cuyo nombre era Elsie, por si puede interesarles - estaban dando la vuelta al mundo en su luna de miel. En su segunda luna de miel, que empezó el día que celebraron su vigésimo aniversario.
 
George andaba en la treintena y Elsie en la veintena en aquella primera luna de miel, con lo que, si empleo la regla de cálculo, obtengo que en el momento de nuestra historia corría por la cincuentena George y por la cuarentena Elsie.

Ella vivía plenamente sus peligrosos cuarenta (frase aplicable tanto a una mujer como a un hombre) y se sentía muy, pero que muy desanimada por lo que había pasado... o, más específicamente por lo que no había pasado, durante las primeras tres semanas de su segunda luna de miel.
 
Pues, para ser completamente honestos, nada, absolutamente nada, había pasado.

Hasta que llegaron a Calcuta.

Se registraron en un hotel para una estancia de una única noche y, tras refrescarse un poco, decidieron dar un paseo por la ciudad para poder ver, durante el día y la noche que pensaban pasar en ella, todo lo que pudieran.

Llegaron al bazar.

Y allí se encontraron a un fakir hindú efectuando el truco de la cuerda trucada. No se trataba de la versión espectacular y complicada en la que un muchacho trepa por la soga y... pero bueno, ya se saben la historia completa del truco hindú de la soga trucada...

Aquella era una versión más simplificada. El fakir, con un pequeño rollo de cuerda dispuesto en el suelo ante sí, repetía una y otra vez unas cuantas notas con la flauta; y gradualmente, a medida que tocaba, la cuerda se iba levantando en el aire para quedarse rígida.

Aquello le dio a Elsie Darnell una maravillosa idea... aunque no se la contó a George. Volvió con él a la habitación del hotel y, después de cenar, esperó hasta que se durmiera, como siempre, a las nueve en punto.

Ella, entonces, tranquilamente salió de la habitación y abandonó el hotel. Encontró a un taxista y, por señas, consiguió que la llevara al bazar, donde encontró al fakir.

Hizo toda una representación mímica para darle a entender al fakir que quería comprarle la flauta, además de ofrecerle unas cuantas monedas para que le enseñase a tocar las simples y repetidas notas que hacían que la cuerda se levantase.

Inmediatamente después, volvió al hotel y subió a la habitación. Su esposo, George, roncaba sonoramente... como siempre.

Situándose junto a la cama, Elsie empezó a tocar suavemente la sencilla melodía de la flauta.

Una y otra vez.

Mientras tocaba, gradualmente, la sábana empezó a levantarse por encima de su dormido esposo.

Cuando estuvo lo suficientemente alta, dejó de tocar y, con un alegre grito, apartó la sábana.

¡Y allí mismo, totalmente erecto en el aire, estaba la parte inferior del pijama de George!


jueves, 4 de octubre de 2018

Isabel Allende - Afrodita


Afrodita (Fragmento)

© Isabel Allende

(Fotografía © Cristian Coigny)


Las mujeres nos impresionamos con los hombres entendidos en comida, cosa que no ocurre al revés. Un hombre que cocina es sexy, la mujer no, tal vez porque recuerda demasiado el arquetipo doméstico. El contraste y la sorpresa son eróticos: una muchacha vestida de pandillero y acaballada sobre una motocicleta puede resultar excitante, en cambio un hombre en la misma situación es sólo un macho ridículo. Yo jamás admito que sé cocinar, es fatal.

Mi amiga Hannah, compositora de esa música de la Nueva Era que se escucha en clínicas de belleza y consultorios dentales, y su último marido, son buen ejemplo de lo que sostengo. Durante un breve tiempo de soltería después de su tercer divorcio, Hannah contestó uno de esos avisos clasificados del periódico para buscar pareja. Por teléfono el hombre parecía perfecto: se ganaba la vida entrenando perros para ciegos y había ido como voluntario a construir escuelas en Guatemala, donde una bala perdida le voló una oreja. Mi amiga, inexperta en avisos personales y algo desesperada, lo invitó a cenar antes de verlo. (Ni se le ocurra: las citas a ciegas son muy peligrosas.) Lo apropiado en estos casos es un breve encuentro en un sitio neutro del cual ambos puedan escapar con dignidad, jamás una comida a solas que puede convertirse en un largo martirio. Ella esperaba una versión madura del Che Guevara, pero llegó una réplica de Vincent van Gogh. Nada tiene ella contra la pintura impresionista, a pesar de que prefiere motivos astrológicos para sus paredes, pero aquel desconocido con los pelos color zanahoria y ojos despavoridos fue una desilusión. Se arrepintió apenas lo vio. En fin, ya estaba allí y no era cosa de cerrarle la puerta en las narices por cuestión de una oreja más o menos.

Mi amiga no estaba en condiciones de ponerse quisquillosa por menudencias, pero ese hombrecillo era peor de lo imaginado en sus solitarias pesadillas. Había planeado luz de velas y unas lentas sambas del Brasil, pero no quiso provocar iniciativas indeseables en su huésped, de modo que encendió todas las luces y colocó una de sus composiciones musicales de zumbido de viento y aullidos de coyotes, que tienden a producir un letargo hipnótico. Se saltó la copa de vino preliminar y otras cortesías de rigor y lo condujo directamente a la cocina, dispuesta a preparar unos tallarines de última hora, alimentarlo a toda prisa y despedirlo antes de servir el postre. El hombre la siguió manso, sin dar muestras de desencanto, como quien está acostumbrado a recibir un trato más bien brusco, pero una vez en la cocina algo cambió en su actitud, respiró hondo, inflando el pecho, se le enderezó el esqueleto y sus ojillos de liebre recorrieron todo, tomando posesión del terreno, conquistándolo.

Permítame, dijo, y sin darle oportunidad a Hannah de contradecirlo, le quitó suavemente el delantal de las manos, se lo amarró en la propia cintura y la instaló a ella en una silla. Veremos qué hay por aquí, anunció, mientras rescataba de la nevera los ingredientes que ella había decidido guardar para el día siguiente y otros en los que no había pensado. Van Gogh echó mano de ollas y sartenes como si hubiera nacido entre esas cuatro paredes. Con gracia y destreza inesperadas hizo bailar los cuchillos partiendo verduras y mariscos para dorarlos con mano liviana en aceite de oliva, lanzó los tallarines al agua hirviendo y preparó en un abrir y cerrar de ojos una salsa traslúcida de cilantro y limón, mientras le contaba a mi amiga sus aventuras en Centroamérica. En pocos minutos aquel hombrecillo patético se transformó: sus pelos de payaso adquirieron la fuerza viril de una melena de león y su aire de náufrago se convirtió en serena concentración, mezcla irresistible para una mujer como Hannah. El aroma que surgía de la sartén y el borboriteo de la olla empezaron a producir en ella una creciente anticipación, sintió que le corrían gotas de sudor por la espalda, empapándole la blusa, que se le humedecían los muslos y se le hacía agua la boca, al tiempo que descubría, sorprendida, las manos elegantes y las espaldas anchas de aquel hombre. Las heroicas anécdotas de Guatemala y de los perros para ciegos le llenaron los ojos de lágrimas; la oreja cortada adquirió para ella el valor de una condecoración de guerra y un deseo irresistible de acariciar la cicatriz la estremeció de la cabeza a los pies. Cuando Van Gogh colocó sobre la mesa una fuente con humeantes tallarines a la pescatore, como los llamó, ella suspiró vencida. Sacó de su escondite la botella de vino francés, que pensaba reservar para otro candidato más meritorio, apagó la luz, encendió las velas y puso en el tocadiscos la samba lenta del Brasil. Espérame un momento, anunció con un ronroneo de gata, voy a ponerme algo más cómodo. Y regresó con su traje de cuero negro y sus botas de domadora...