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lunes, 17 de abril de 2023

Lawrence Durrell - Cuarteto de Alejandría - Justine

 


Cuarteto de Alejandría - Justine (frag.)
Lawrence Durrell 

En la época en que conocí a Justine yo era casi un hombre feliz. Una puerta se había abierto de pronto por obra de mi intimidad con Melissa, intimidad más maravillosa aún por ser inesperada y absolutamente inmerecida. Como todos los egoístas, no puedo vivir solo; la verdad es que mi último año de celibato me había resultado insopor­table, y mi ineficacia para la vida doméstica, mi inutilidad en materia de ropa, comida y dinero me abrumaban. Además estaba harto de las habitaciones invadidas de cucarachas donde vivía entonces, con la única ayuda de Hamid, el tuerto, mi criado berberisco.

Melissa no había destruido mis miserables defensas con ninguna de esas cualidades que pueden señalarse en una amante: encanto, belleza excepcional, inteligencia; nada de eso, sino por obra de lo que sólo puedo llamar su caridad, en el sentido griego de la palabra. Recuerdo que solía verla pasar, pálida, más bien delgada, con un raído abrigo de piel de foca, llevando de la traílla a su perrito por las calles in­vernales. Sus manos de tísica, de venas azules, etc. El arco de las cejas artificialmente acentuado para destacar los her­mosos ojos cándidos, osados. Durante muchos meses la vi diariamente, pero su belleza taciturna y decadente no hallaba respuesta en mí. Todos los días me cruzaba con ella al ir al café Al Aktar donde Balthazar me esperaba con su som­brero negro para "instruirme". Nunca pensé que llegaría a ser su amante.

Sabía que había sido modelo en el Atelier -profesión poco envidiable- y que ahora era bailarina; más aún, sabía que era la querida de un peletero de cierta edad, un comerciante gordo y vulgar. Anoto simplemente estas cosas para registrar una parte de mi vida que el mar se ha tragado. ¡Melissa! ¡Melissa!

Pienso en la época en que el mundo conocido apenas existía para nosotros cuatro; los días eran simplemente espa­cios entre sueños, espacios entre capas móviles de tiempo, de actividades, de charla intrascendente... Un flujo y reflu­jo de asuntos insignificantes, un husmear cosas muertas, fuera de todo ambiente real, que no nos llevaba a ninguna parte, que no nos exigía nada salvo lo imposible: ser nosotros mis­mos. Justine decía que habíamos quedado atrapados en la proyección de una voluntad demasiado poderosa y deliberada para ser humana, el campo de atracción que Alejandría pre­sentaba hacia los que había elegido para ser sus símbolos vivientes...

Las seis. Ruido de pasos, figura vestida de blanco en los accesos a la estación. Las tiendas se llenan y vacían como pulmones en la Rue des Soeurs. Los rayos pálidos, alargados del sol de la tarde manchan las largas curvas de la Explanada, y arcos de deslumbradas palomas, como papeles dispersos, se encaraman a los minaretes para recibir en sus alas los últimos resplandores del poniente. Tintineo de la plata en los mostradores de los cambistas. La verja de hierro que rodea el Banco está todavía demasiado caliente para tocarla. Rodar de los carruajes que llevan a los funcionarios, con sus tiestos rojos en la cabeza, a los cafés de la costa. Esta es la hora más difícil de soportar, cuando desde el balcón la veo pasar hacia el centro de la ciudad, con un paso lento de sandalias blancas, todavía medio dormida. La ciudad des­pierta como una tortuga vieja y echa un vistazo a su alrede­dor. Por un momento abandona los guiñapos desgarrados de su carne, mientras desde una callejuela escondida, junto al matadero, dominando los mugidos y balidos del ganado, llega entrecortada la melodía nasal de una canción de amor de Da­masco; cuartos de tono sobreagudos, pulverizados.

Ahora hombres cansados abren los postigos de sus balcones y avanzan ofuscados en la luz pálida y caliente; flores descoloridas de las tardes de angustia, agitadas en sucios ca­mastros bajo la venda de los sueños. Yo he llegado a ser uno de esos pobres empleados de la conciencia, un ciudadano de Alejandría. Ella pasa bajo mi ventana, sonriendo a alguna satisfacción íntima, apantallándose suavemente las mejillas con el pequeño abanico de caña. Una sonrisa que probable­mente no volveré a ver, pues cuando está en compañía se limita a reír, mostrando sus magníficos dientes blancos. Pero esa sonrisa triste y furtiva tiene una calidad que no se hubie­ra sospechado en ella, cierta capacidad de travesura. Hu­biera podido pensarse que era más trágica por naturaleza y que le faltaba el sentido corriente del humor. Pero el re­cuerdo obstinado de esa sonrisa me hace dudar ahora.

Yo la había visto así muchas veces y la conocía perfecta­mente mucho antes de que nos habláramos: nuestra ciudad no permite el anonimato a los que tienen más de doscientas libras de renta anuales. La veo sentada a la orilla del mar, sola, leyendo un periódico y comiendo una manzana; o en el vestíbulo del Cecil Hotel, entre las palmeras polvorientas, ceñida en un vestido de lentejuelas plateadas, el magnífico abrigo de piel echado sobre la espalda como los campesinos llevan la capa, su largo índice enganchado en la cadenilla. Nessim se ha detenido a la puerta del salón de baile inun­dado de luz y de música. No la ha visto. Bajo las palmeras, en un nicho profundo, una pareja de viejos juega al ajedrez. Justine se ha detenido a mirarlos. No entiende nada del juego, pero el aura de calma y concentración del lugar la fascina. Se queda allí largo rato, entre los jugadores sordos y el mun­do de la música, como si no supiera a cuál de los dos lanzar­se. Por fin Nessim se acerca suavemente, la toma del brazo y permanecen juntos un instante, ella mirando a los jugadores, él mirándola. Por último Justine se aparta despacio, como a pesar suyo, y con un leve suspiro avanza cautelosamente hacia el mundo de la luz.

Y en otras circunstancias, sin duda menos honrosas para ella o para nosotros, y sin embargo, ¡qué conmovedora, qué dócilmente femenina puede ser la más masculina e ingeniosa de las mujeres! Viéndola no podía dejar de pensar en esa raza de reinas terribles que dejan tras de sí el olor amoniacal de sus amores incestuosos como una nube flotando sobre el subconsciente de Alejandría. Las gatas gigantes devoradoras de hombres, como Arsinoe, eran sus verdaderas hermanas. No obstante, detrás de los actos de Justine había otra cosa, producto de una filosofía trágica más tardía, según la cual la moral había de pesar más que la perversión. Era la víctima de dudas sinceras. A pesar de todo sigo estableciendo una, relación directa entre la imagen de Justine inclinada sobre un feto en un sumidero sucio, y la pobre Sofía de Valentino, que murió por un amor tan perfecto como equivocado.

Georges Pombal, un empleado subalterno del consulado, comparte conmigo el pequeño departamento de la Rue Nebi Daniel. Es un caso raro entre los diplomáticos, pues parece poseer una columna vertebral. Para Georges el tráfago can­sador del protocolo y las fiestas -tan parecido a una pesadi­lla surrealista- está lleno de un encanto exótico. Ve la diplo­macia con los ojos de un Aduanero Rousseau. Se somete a ella sin permitirle jamás que se trague lo que queda de su in­telecto. Supongo que el secreto de su éxito es su enorme pere­za que linda casi en lo sobrenatural.

En el Consulado General se sienta delante de su escritorio cubierto permanentemente de un confetti hecho de tarjetas con los nombres de sus colegas. Es la imagen misma de la pereza, cuerpo grande y lento aficionado a las siestas largas y a las obras de Crebillon fils. Sus pañuelos huelen prodigio­samente a Eau de Portugal. Su tema de conversación favorito son las mujeres, y habla por experiencia, a juzgar por el des­file de visitantes que pasan por su pequeño departamento donde es raro ver dos veces la misma cara. "Para un francés, el amor es interesante en Alejandría. Las mujeres actúan an­tes de reflexionar. Y cuando llega el momento de la duda, del remordimiento, hace demasiado calor, nadie tiene la energía necesaria. Esta animalidad carece de finesse, pero me convie­ne. Mi corazón y mi cabeza están hartos de amor, y sobre todo, mon cher, no quiero saber nada de esa manía judeo­copta de disección, de análisis. Deseo volver a mi granja de Normandía sin ataduras sentimentales."

En invierno Georges se toma largos períodos de vacacio­nes y entonces me quedo solo en el pequeño departamento húmedo, corrigiendo los cuadernos de ejercicios, con los ronquidos de Hamid por única compañía. Este último año he llegado a un punto muerto. Me falta la voluntad necesaria para hacer algo de mi vida, para mejorar mi situación traba­jando intensamente o escribiendo, incluso para hacer el amor. No sé qué me ocurre. Es la primera vez que me falta verdade­ramente el deseo de sobrevivir. A veces hojeo las páginas de un manuscrito o las viejas pruebas de una novela o de un libro de poemas, distraído, con disgusto, con tristeza, como si examinara un pasaporte caduco.

De vez en cuando una de las numerosas amigas de Geor­ges cae en mi red y llama a la puerta cuando él está de vaca­ciones, y el incidente agudiza por un momento mi taedium vi­tae. Georges es precavido y generoso en este sentido, pues an­tes de marcharse (y sabiendo lo pobre que soy) suele pagar por anticipado a alguna de las sirias de la taberna del Golfo para que, llegado el caso, pase una noche en el departamento en disponibilité, como él dice. La obligación de la mujer es dar­me ánimos, tarea poco envidiable, sobre todo teniendo en cuenta que en apariencia nada permite suponer que estoy desanimado. Las conversaciones triviales han llegado a ser una forma útil de automatismo que perdura mucho después de haber desaparecido la necesidad de hablar; en caso necesa­rio puedo incluso hacer el amor con un sentimiento de alivio -no se duerme muy bien aquí-, pero sin pasión, distraí­damente.

Algunos de esos encuentros con pobres criaturas extenua­das que han llegado a esa situación por necesidad física, son interesantes y aun conmovedores, pero he perdido todo gusto por clasificar mis emociones y ellas sólo existen para mí como

figuras planas proyectadas en una pantalla. "Con una mujer sólo se pueden hacer tres cosas", dijo Clea en una ocasión: "Quererla, sufrir o hacer literatura." Yo me sentía incapaz de esas tres formas de sentimiento.

Cuento esto con el único objeto de mostrar el desalentador material humano que Melissa había elegido para actuar, para insuflarle un poco de aliento vital. No debía de serle fácil so portar la doble carga de su pobre vida y de su enfermedad. Para asumir la mía hacía falta un verdadero coraje. Quizá fue fruto de la desesperación, pues Melissa, como yo, había llega­do a un punto muerto. Los dos estábamos en quiebra.

Durante semanas el viejo peletero me siguió por las calles con una pistola protuberante en el bolsillo de su abrigo. Era tranquilizador saber, por una amiga de Melissa, que estaba descargada, pero no dejaba de ser alarmante verse perseguido por el viejo. Mentalmente debemos de habernos tiroteado en todas las esquinas de la ciudad. Por mi parte no podía sopor­tar la vista de esa cara espesa, cubierta de pequeñas cicatrices, esa confusión bestial y melancólica de rasgos atormentados y grasientos; no podía soportar la idea de su grosera intimi­dad con Melissa, aquellas manos pequeñas, sudorosas, cubier­tas de un vello negro y espeso como un puerco espín. Esta situación duró mucho tiempo y al cabo de unos meses nació entre nosotros un extraordinario sentimiento de familiaridad. Hacíamos una inclinación de cabeza y nos sonreíamos al cru­zarnos. Una vez lo encontré en un bar y pasé casi media hora a su lado; estábamos los dos ansiosos por hablar, pero ningu­no tuvo el coraje de empezar. Nuestro único tema común de conversación hubiera sido Melissa. Al salir lo vi en uno de los largos espejos, la cabeza inclinada, contemplando el vaso de vino. Algo me impresionó en su actitud -el aire desmañado de una foca que lucha por remedar sentimientos humanos ­y comprendí por primera vez que probablemente quería tanto a Melissa como yo. Me compadecía de su fealdad y de la in­comprensión vacía y dolorosa con que enfrentaba emociones tan nuevas para él como los celos, la privación de una amante adorada.

Más tarde, cuando vaciaron sus bolsillos vi, en el desor­den de pequeños objetos que solemos guardar en ellos, un frasquito de perfume vacío, de esa marca barata que usaba Melissa, y me lo llevé al departamento donde quedó sobre la chimenea durante unos meses hasta que Hamid, en una lim­pieza a fondo, lo tiró a la basura. Nunca hablé de esto con Melissa, pero muchas veces cuando me quedaba solo de noche mientras ella bailaba o quizá se veía obligada a acostarse con sus admiradores, estudiaba el frasquito que reflejaba triste y apasionadamente el amor de aquel viejo horrible, y lo compa­raba con el mío; además, por procuración, era un testimonio de la desesperanza que nos mueve a aferrarnos a algún objeto pequeño y sin valor, impregnado todavía por el recuerdo de la que nos ha traicionado.

martes, 27 de octubre de 2020

Virginia Woolf - La duquesa y el joyero


La duquesa y el joyero
©Virginia Woolf

Oliver Bacon vivía en lo alto de una casa junto a Green Park. Tenía un departamento; las sillas estaban colocadas de manera que el asiento quedaba perfectamente orientado, sillas forradas en piel. Los sofás llenaban los miradores de las ventanas, sofás forrados con tapicería. Las ventanas, tres alargadas ventanas, estaban debidamente provistas de discretos visillos y cortinas de satén. El aparador de caoba ocupaba un discreto espacio, y contenía los brandys, los whiskys y los licores que debía contener. Y, desde la ventana central, Oliver Bacon contemplaba las relucientes techumbres de los elegantes automóviles que atestaban los atestados vericuetos de Piccadilly. Difícilmente podía imaginarse una posición más céntrica. Y a las ocho de la mañana le servían el desayuno en bandeja; se lo servía un criado; el criado desplegaba la bata carmesí de Oliver Bacon; él abría las cartas con sus largas y puntiagudas uñas, y extraía gruesas cartulinas blancas de invitación, en las que sobresalían de manera destacada los nombres de duquesas, condesas, vizcondesas y honorables damas. Después Oliver Bacon se aseaba; después se comía las tostadas; después leía el periódico a la brillante luz de la electricidad.

Dirigiéndose a sí mismo, decía: «Hay que ver, Oliver… Tú que comenzaste a vivir en una sucia calleja, tú que…», y bajaba la vista a sus piernas, tan elegantes, enfundadas en los perfectos pantalones, y a sus botas, y a sus polainas. Todo era elegante, reluciente, del mejor paño, cortado por las mejores tijeras de Savile Row. Pero a menudo Oliver Bacon se desmantelaba y volvía a ser un muchacho en una oscura calleja. En cierta ocasión pensó en la cumbre de sus ambiciones: vender perros robados a elegantes señoras en Whitechapel. Y lo hizo. «Oh, Oliver», gimió su madre. «¡Oh, Oliver! ¿Cuándo sentarás cabeza?»… Después Oliver se puso detrás de un mostrador; vendió relojes baratos; después transportó una cartera de bolsillo a Ámsterdam… Al recordarlo, solía reír por lo bajo… el viejo Oliver evocando al joven Oliver. Sí, hizo un buen negocio con los tres diamantes, y también hubo la comisión de la esmeralda. Después de esto, pasó al despacho privado, en la trastienda de Hatton Garden; el despacho con la balanza, la caja fuerte, las gruesas lupas. Y después… y después… Rió por lo bajo. Cuando Oliver pasaba por entre los grupitos de joyeros, en los cálidos atardeceres, que hablaban de precios, de minas de oro, de diamantes y de informes de África del Sur, siempre había alguno que se ponía un dedo sobre la parte lateral de la nariz y murmuraba «hum-m-m», cuando Oliver pasaba. No era más que un murmullo, no era más que un golpecito en el hombro, que un dedo en la nariz, que un zumbido que recorría los grupitos de joyeros en Hatton Garden, un cálido atardecer ¡Hacía muchos años…! Pero Oliver todavía lo sentía recorriéndole el espinazo, todavía sentía el codazo, el murmullo que significaba: «Mírenlo -el joven Oliver, el joven joyero- ahí va.» Y realmente era joven entonces. Y comenzó a vestir mejor y mejor; y tuvo, primero, un cabriolé; después un automóvil; y primero fue a platea y después a palco. Y tenía una villa en Richmond, junto al río, con rosales de rosas rojas; y Mademoiselle solía cortar una rosa todas las mañanas, y se la ponía en el ojal, a Oliver.

-Vaya -dijo Oliver, mientras se ponía en pie y estiraba las piernas-. Vaya…

Y quedó en pie bajo el retrato de una vieja señora, encima de la chimenea, y levantó las manos.

-He cumplido mi palabra -dijo juntando las palmas de las manos, como si rindiera homenaje a la señora-. He ganado la apuesta.

Y no mentía; era el joyero más rico de Inglaterra; pero su nariz, larga y flexible, como la trompa de un elefante, parecía decir mediante el curioso temblor de las aletas (aunque se tenía la impresión de que la nariz entera temblara, y no sólo las aletas) que todavía no estaba satisfecho, todavía olía algo, bajo la tierra, un poco más allá. Imaginemos a un gigantesco cerdo en un terreno fecundo en trufas; después de desenterrar esta trufa y aquella otra, todavía huele otra mayor, más negra, bajo la tierra, un poco más allá. De igual manera, Oliver siempre husmeaba en la rica tierra de Mayfair otra trufa, más negra, más grande, un poco más allá.

Ahora rectificó la posición de la perla de la corbata, se enfundó en su elegante abrigo azul, y cogió los guantes amarillos y el bastón. Balanceándose, bajó la escalera, y en el momento de salir a Piccadilly, medio resopló, medio suspiró, por su larga y aguda nariz. Ya que, ¿acaso no era todavía un hombre triste, un hombre insatisfecho, un hombre que busca algo oculto, a pesar de que había ganado la apuesta?

Siempre se balanceaba un poco al caminar, igual que el camello del zoológico se balancea a uno y otro lado, cuando camina por entre los senderos de asfalto, atestados de tenderos acompañados por sus esposas, que comen el contenido de bolsas de papel y arrojan al sendero porcioncillas de papel de plata. El camello desprecia a los tenderos; el camello no está contento de su suerte; el camello ve el lago azul, y la orla de palmeras a su alrededor. De igual manera el gran joyero, el más grande joyero del mundo entero, avanzaba balanceándose por Piccadilly, perfectamente vestido, con sus guantes, con su bastón, pero todavía descontento, hasta que llegó a la oscura tiendecilla que era famosa en Francia, en Alemania, en Austria, en Italia, y en toda América: la oscura tiendecilla en la Calle Bond.

Como de costumbre, cruzó la tienda sin decir palabra, a pesar de que los cuatro hombres, los dos mayores, Marshall y Spencer, y los dos jóvenes, Hammond y Wicks, se irguieron y le miraron, con envidia. Sólo por el medio de agitar un dedo, enfundado en guante de color de ámbar, dio Oliver a entender que se había dado cuenta de la presencia de los cuatro. Y entró y cerró tras sí la puerta de su despacho privado.

A continuación, abrió la cerradura de las rejas que protegían la ventana. Entraron los gritos de la Calle Bond; entró el distante murmullo del tránsito. La luz reflejada en la parte trasera de la tienda se proyectaba hacia lo alto. Un árbol agitó seis hojas verdes, porque corría el mes de junio. Pero Mademoiselle se había casado con el señor Pedder, de la destilería de la localidad, y ahora nadie le ponía a Oliver rosas en el ojal.

-Vaya -medio suspiró, medio resopló- vaya…

Entonces oprimió un resorte en la pared, y los paneles de madera resbalaron lentamente a un lado, revelando, detrás, las cajas fuertes de acero, cinco, no, seis, todas ellas de bruñido acero. Dio la vuelta a una llave; abrió una; luego otra. Todas ellas estaban forradas con grueso terciopelo carmesí, y en todas reposaban joyas: pulseras, collares, anillos, tiaras, coronas ducales, piedras sueltas en cajitas de cristal, rubíes, esmeraldas, perlas, diamantes. Todas seguras, relucientes, frías pero ardiendo, eternamente, con su propia luz comprimida.

-¡Lágrimas! -dijo Oliver contemplando las perlas.

-¡Sangre del corazón! -dijo mirando los rubíes.

-¡Pólvora! -prosiguió, revolviendo los diamantes de manera que lanzaron destellos y llamas.

-Pólvora suficiente para volar Mayfair hasta las nubes, y más arriba, más arriba, más arriba-. Y lo dijo echando la cabeza atrás y emitiendo sonidos como los del relincho del caballo.

El teléfono emitió un zumbido de untuosa cortesía, en voz baja, en sordina, sobre la mesa. Oliver cerró la caja de caudales.

-Dentro de diez minutos -dijo-. Ni un minuto antes.

Se sentó detrás del escritorio y contempló las cabezas de los emperadores romanos grabadas en los gemelos de la camisa. Una vez más se desmanteló y otra vez volvió a ser el muchachuelo que jugaba a canicas, en la calleja donde se venden perros robados, los domingos. Se transformó en aquel voluntarioso y astuto muchachito, con labios rojos como cerezas húmedas. Metía los dedos en montones de tripa; los hundía en sartenes llenas de pescado frito; escabullándose salía y penetraba en multitudes. Era flaco, ágil, con ojos como piedras pulidas. Y ahora… ahora… las saetas del reloj seguían avanzando al son del tic-tac, uno, dos, tres, cuatro… La duquesa de Lambourne esperaba por el placer de Oliver; la duquesa de Lambourne, hija de cien vizcondes. Esperaría durante diez minutos, en una silla junto al mostrador. Esperaría, por placer de Oliver. Esperaría hasta que Oliver quisiera recibirla. Oliver contemplaba el reloj alojado en su caja forrada de cuero. La saeta avanzaba. Con cada uno de sus tic-tacs, el reloj entregaba a Oliver -esto parecía- paté de foie gras, una copa de champaña, otra de brandy viejo, un cigarro que valía una guinea. El reloj lo iba dejando todo sobre la mesa, a su lado, mientras transcurrían los diez minutos. Entonces oyó suaves y lentos pasos acercándose; un rumor en el pasillo. Se abrió la puerta. El señor Hammond quedó pegado a la pared.

El señor Hammond anunció:

-¡Su gracia, la Duquesa!

Y esperó allí, pegado a la pared.

Y Oliver, al ponerse en pie, oyó el rumor del vestido de la Duquesa, que se acercaba por el pasillo. Después la Duquesa se cernió sobre él, ocupando el vano de la puerta por entero, llenando el cuarto con el aroma, el prestigio, la arrogancia, la pompa, el orgullo de todos los duques y de todas las duquesas, alzados en una sola ola. Y, de la misma forma que rompe una ola, la Duquesa rompió, al sentarse, avanzando y salpicando, cayendo sobre Oliver Bacon, el gran joyero, y cubriéndolo de vivos y destellantes colores, verde, rosado, violeta; y de olores; y de iridiscencias; centellas saltaban de los dedos, se desprendían de las plumas, rebrillaban en la seda; ya que la Duquesa era muy corpulenta, muy gorda, prietamente enfundada en tafetán de color de rosa, y pasada ya la flor de la edad. De la misma manera que una sombrilla con muchas varillas, que un pavo real con muchas plumas, cierra las varillas, pliega las plumas, la Duquesa se apaciguó, se replegó, en el momento de hundirse en el sillón de cuero.

-Buenos días, señor Bacon -dijo la Duquesa. Y alargó la mano que había salido por el corte rectilíneo de su blanco guante. Y Oliver se inclinó profundamente al estrechar la mano. En el instante en que sus manos se tocaron volvió a formarse una vez más el vínculo que les unía. Eran amigos, y, al mismo tiempo, enemigos; él era amo, ella era ama; cada cual engañaba al otro, cada cual necesitaba al otro, cada cual temía al otro, cada cual sabía lo anterior, y se daba cuenta de ello siempre que sus manos se tocaban, en el cuartito de la trastienda, con la blanca luz fuera, y el árbol con sus seis hojas, y el sonido de la calle a lo lejos, y las cajas fuertes a espaldas de los dos.

-Ah, Duquesa, ¿en qué puedo servirla hoy? -dijo Oliver en voz baja.

La Duquesa le abrió su corazón, su corazón privado, de par en par. Y, con un suspiro, aunque sin palabras, extrajo del bolso una alargada bolsa de cuero, que parecía un flaco hurón amarillo. Y por la apertura de la barriga del hurón, la Duquesa dejó caer perlas, diez perlas. Rodando cayeron por la apertura de la barriga del hurón -una, dos, tres, cuatro-, como huevos de un pájaro celestial.

-Son cuanto me queda, mi querido señor Bacon -gimió la Duquesa-. Cinco, seis, siete… rodando cayeron por las pendientes de las vastas montañas cuyas laderas se hundían entre las rodillas de la Duquesa, hasta llegar a un estrecho valle, la octava, la nona, y la décima. Y allí quedaron, en el resplandor del tafetán del color de la flor del melocotón. Diez perlas.

-Del cinto de los Appleby -dijo dolida la Duquesa-. Las últimas… Cuantas quedaban…

Oliver se inclinó y cogió una perla entre índice y pulgar. Era redonda, era reluciente. Pero, ¿era auténtica o falsa? ¿Volvía la Duquesa a mentirle? ¿Sería capaz de hacerlo otra vez?

La Duquesa se llevó un dedo rollizo a los labios.

-Si el Duque lo supiera… -murmuró-. Querido señor Bacon, una racha de mala suerte…

¿Había vuelto a jugar, realmente?

-¡Ese villano! ¡Ese sinvergüenza! -dijo la Duquesa entre dientes.

¿El hombre con el pómulo partido? Mal bicho, ciertamente. Y el Duque, que era recto como una vara, con sus patillas, la dejaría sin un céntimo, la encerraría allá abajo… Qué sé yo, pensó Oliver, y dirigió una mirada a la caja de caudales.

-Araminta, Daphne, Diana -gimió la Duquesa-. Es para ellas.

Las damas Araminta, Daphne y Diana, las hijas de la Duquesa. Oliver las conocía; las adoraba. Pero Diana era aquella a la que amaba.

-Sabe usted todos mis secretos -dijo la Duquesa mirando de soslayo a Oliver. Lágrimas resbalaron; lágrimas cayeron; lágrimas como diamantes, que se cubrieron de polvo en las veredas de las mejillas de la Duquesa, del color de la flor del cerezo.

-Viejo amigo -murmuró la Duquesa- viejo amigo.

-Viejo amigo -repitió Oliver- viejo amigo-, como si lamiera las palabras.

-¿Cuánto? -preguntó Oliver.

La Duquesa cubrió las perlas con la mano.

-Veinte mil -murmuró la Duquesa.

Pero, ¿era auténtica o falsa, aquella perla que Oliver tenía en la mano? El cinto de los Appleby, ¿pero es que no lo había vendido ya la Duquesa? Llamaría a Spencer o a Hammond.

-Tenga y haga la prueba de autenticidad -diría Oliver. Se inclinó hacia el timbre.

-¿Vendrá mañana? -preguntó la Duquesa en tono de encarecida invitación, interrumpiendo así a Oliver-. El Primer Ministro… Su Alteza Real… -La Duquesa se calló-. Y Diana… -añadió.

Oliver alejó la mano del timbre.

Miró por encima del hombro de la Duquesa las paredes traseras de las casas de la Calle Bond. Pero no vio las casas de la Calle Bond, sino un río turbulento, y truchas y salmones saltando, y el Primer Ministro, y también se vio a sí mismo con chaleco blanco, y luego vio a Diana. Bajó la vista a la perla que tenía en la mano. ¿Cómo iba a someterla a prueba, a la luz del río, a la luz de los ojos de Diana? Pero los ojos de la Duquesa lo estaban mirando.

-Veinte mil -gimió la Duquesa-. ¡Es mi honor!

¡El honor de la madre de Diana! Oliver cogió el talonario; sacó la pluma.

-Veinte… -escribió. Entonces dejó de escribir. Los ojos de la vieja mujer retratada lo estaban mirando, los ojos de aquella vieja que era su madre.

-¡Oliver! -le decía su madre-. ¡Un poco de sentido común! ¡No seas loco!

-¡Oliver! -suplicó la Duquesa (ahora era Oliver y no señor Bacon)-. ¿Vendrá a pasar un largo final de semana?

¡A solas en el bosque con Diana! ¡Cabalgando a solas en el bosque con Diana!

-Mil -escribió, y firmó el talón.

-Tenga -dijo Oliver.

Y se abrieron todas las varillas de la sombrilla, todas las plumas del pavo real, el resplandor de la ola, las espadas y las lanzas de Agincourt, cuando la Duquesa se levantó del sillón. Y los dos viejos y los dos jóvenes, Spencer y Marshall, Wicks y Hammond, se pegaron a la pared, detrás del mostrador, envidiando a Oliver, mientras éste acompañaba a la Duquesa, a través de la tienda, hasta la puerta. Y Oliver agitó su guante amarillo ante las narices de los cuatro, y la Duquesa conservó su honor -un talón de veinte mil libras, con la firma de Oliver- firmemente en sus manos.

-¿Son auténticas o son falsas? -preguntó Oliver, cerrando la puerta de su despacho privado.

Allí estaban las diez perlas sobre el papel secante, en el escritorio. Fue con ellas a la ventana. Con la lupa las miró a la luz… ¡Aquella era la trufa que había extraído de la tierra! Podrida por dentro…

-Perdóname, madre -suspiró Oliver, levantando la mano, como si pidiera perdón a la vieja retratada. Y, una vez más, fue un chicuelo en la calleja en donde vendían perros robados los domingos.

-Porque -murmuró juntando las palmas de las manos- será un fin de semana largo.