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martes, 16 de noviembre de 2021

Rogelio Sinán - La boina roja


La boina roja
©Rogelio Sinán [Bernardo Domínguez Alba]

—Mire, doctor Paul Ecker, su silencio no corresponde en nada a la buena voluntad que hemos tenido en su caso. Debe usted comprender que la justicia requiere hechos concretos. No me puedo explicar la pertinacia que pone en su mutismo.

Paul Ecker clava sus ojos verdes en el vacío. Siente calor. Transpira. Las pausas isocrónicas de un gran ventilador le envían a ratos un airecillo tenue, que juguetea un instante con las rojizas hebras de su barba.

(…Allá en la islita no hacía tanto calor. Era agradable sentarse en los peñascos a la orilla del mar… Hundir los ojos en la vasta movilidad oceánica… Ver cómo se divierten los raudos tiburones… Y sentir la caricia del viento que te echa al rostro la espuma de las olas…)

—Hemos tenido, doctor, no solo en cuenta el merecido prestigio de que goza como biólogo y médico, sino también las múltiples demandas de clemencia enviadas por hombres celebérrimos, por universidades, academias, museos… ¡Vea qué arsenal de cartas!… De Londres, Buenos Aires, Estocolmo, París… Esta de Francia nos hace recordar que dos años antes tuvo usted el honor de presidir el Gran Congreso Mundial de Ictiología que se reunió en la Sorbonne… ¿Recuerda?… Menos mal que sonríe.

(¡La Sorbonne!… Sí, allí la conoció… Tenía el aspecto de una inocente colegiala, pero ¡qué embrujadora!… Lo que más lo sedujo fue su faldita corta azul marino y aquella boina roja levemente ladeada sobre una sien… “Solo quiero su autógrafo —le dijo—. Yo me llamo Linda Olsen y estudio en La Sorbonne. Me interesan las ciencias. Quisiera hacer prodigios como Madame Curie… ¿De qué Estado es usted? Yo soy de Atlanta”).

Paul Ecker se estremece sin saber definir si es por el aire de los ventiladores o por otras mil causas que procura olvidar sin conseguirlo.

El funcionario prosigue:

—En estas cartas nos niegan ser clementes… Nos mencionan sus recientes estudios sobre diversos temas de ictiología y, asimismo, como dice John Hamilton, por la gran importancia de su “Memoria sobre la vida erótica de los peces”, en la cual relaciona con las fases lunares los cambios de color que, durante el desove, sufren ciertas especies.

(…Por culpa de John Hamilton se la encontró de nuevo en Pensilvania… “¿No me recuerda ya? ¡Soy Linda Olsen, la de la boina roja!… ¡Qué memoria la suya, doctor Ecker! Claro, como no llevo mi casquete purpúreo ni la faldita azul… ¿Qué tal me veo con lentes? Parezco gente seria, ¿verdad? Tal vez por eso no me ha reconocido… Jamás olvidaré nuestros paseos en París… ¿Recuerda, en el otoño, cómo caían las hojas?… ¿Y el paseo vespertino en las barcazas del Sena? ¿Y aquella tarde alegre en lo más alto de la Tour Eiffel? Tengo en casa la foto, ¿la recuerda?… Bueno, doctor, no quiero fastidiarlo… Le debo declarar de todos modos que este encuentro no ha sido casual… He venido a buscarlo porque en la prensa he visto que el Instituto de Piscicultura lo envía a estudiar los peces del Archipiélago de las Perlas, cerca de Panamá… ¡Qué maravilla!… ¡Pasar un año entero disfrutando del trópico, del mar, del sol, del aire, libremente y en íntimo contacto con la naturaleza!… ¡Tiene usted que llevarme!… Es necesario que yo sea su asistente… ¡Doctor, se lo suplico!… Vea que tengo razones para hacerle este ruego… Ya estoy desesperada… Mire si no: Usted sabe que me gradué en París… Bueno, de nada me ha valido todo eso. Todavía ando cesante… ¡Sí, sí, no he de negarle que recibí una oferta de John Hamilton!… ¡Qué ofensa! ¿Se imagina? Yo, asistente de un hombre de color… ¡Oh, sí!… Todo lo célebre que usted quiera llamarlo… Ni me lo diga… Ya sé que es candidato al Premio Nobel… ¡Sí, sí!… Pero aun así,.. Usted comprende, doctor…”)

El juez respira incómodo. Se enjuga la calva con el humedecido pañuelo. Y, haciendo mil esfuerzos por conservar la calma, declara:

—Todo ello nos obliga a ser un tanto indulgentes… pero necesitamos saber de todos modos el paradero de miss Olsen… Cuando lo hallaron a usted sobre la playa de Saboga, parecía enajenado… Llevaba en la cabeza la boina roja de ella… Su ropa, hecha jirones, daba a entender su lucha con las olas entre los arrecifes… Tenía, además, las manos y los pies rasguñados… La sangre de una herida más honda había manchado parte de la camisa… A medida que fue recuperando su lucidez mental daba diversos y hasta contradictorios detalles del siniestro, lo cual fue buen estímulo para que los marineros de la Base imaginaran e hicieran circular las más extrañas versiones del suceso… Unos, al ver deshecha la pequeña chalupa, pensaron que iba usted con miss Olsen cuando lo sorprendió la tempestad… Otros, por ciertos datos inconexos que usted dejó entrever, supusieron que usted había empujado a miss Olsen entre los tiburones… Hubo quienes creyeron lo del suicidio por no sé qué percance sentimental…

(…¿Cómo iba a asesinarla? ¿Suicidio? ¡Ni pensarlo! Las causas y los hechos eran muy diferentes; pero ¿cómo decirlos sin despertar la duda de que fuesen producto del desvarío causado por el naufragio?… Todavía le quedaba en los oídos la escalofriante risa de la haitiana y aún parecíale oír sobre las olas el canto de Linda Olsen tremolando como una banderola…)

—Por eso decidimos celebrar esta audiencia preliminar muy en privado. Solo estarán presentes las personas estrictamente necesarias y eso cuando hagan falta. No le hemos dado pase ni a los señores de la prensa. Usted comprende: sería un gran desprestigio para la ciencia. Y así nos lo ha advertido por cable cifrado el Instituto de Piscicultura… Aun de Wáshington se recibió un mensaje en el que insisten sobre la discreción que este proceso requiere, tratándose de una celebridad como usted… Sin embargo, no debemos negar que ciertos trámites de obligada rutina… Oh, tan solo para cubrir las apariencias… Ya que, según lo han confirmado sus colegas de la Universidad, no existe indicio alguno que no dé fe absoluta de su inocencia… De todos modos, usted debe ayudarnos… ¿Por qué motivo insiste en su rotundo silencio? Yo no podría eximirlo de rendir declaración de los hechos… La ley lo exige, mi querido doctor… Mire, para ayudarlo, le voy a refrescar la memoria… Hace un año, tal vez un año y medio, llegó usted a la Base Militar de Saboga con buenas credenciales y en compañía de su asistente Linda Olsen… Iba usted a explorar todas las costas del archipiélago y a seguir estudiando, como dice esta nota del Instituto, “…la época de la freza en ciertos peces de desove heteróclito, como también la ovulación de las hembras denominadas partenogenéticas…” El Comando Militar de la Base le prestó la más franca colaboración… Se le asignó, para uso exclusivo de usted y su asistente, una lancha de motor y dos adjutores: un maquinista de raza afrodinense, Joe Ward, y un marinero blanco, Ben Parker…

(…Paul Ecker se contempla a sí mismo en la Base Militar de Saboga. El comandante lo recibió cordial y se mostró festivo con miss Olsen, que lucía nuevamente su boina roja. “Se va usted a aburrir en ese islote”, le dijo. Sorprendida, miss Olsen le preguntó a su vez: “¿Es que no vamos a residir aquí?” Y él, yendo hacia la puerta, contestó: “No, señores. Vengan conmigo al porche.” Y, señalándoles un islote cercano, agregó: “¿Ven esa ínsula con varios farallones? Es allí donde está el laboratorio. Las investigaciones las inició Frank Russell, pero como era médico militar, no hace mucho se embarcó para Asia. Yo mismo sugerí la conveniencia de traer a un civil. Les aseguro que van a estar ustedes muy cómodos. Verán en el islote una cabaña debidamente equipada. La asea Yeya, una haitiana, que cuida las gallinas y cultiva la tierra. Es vejancona. Le dicen la Vudú. Habla una jerga rara, pero entiende el inglés. Ella verá la forma de que nada les falte. Si aún necesitan algo, pueden mandarme a Joe. Es buen muchacho. Vivirá con ustedes y les será muy útil. No hay nada que él no sepa. Es cocinero, mecánico, marino y hasta —¡asómbrese!— gran tocador de banjo. Ben Parker es un buen ayudante y toca armónica. Es aparcero de Joe. Siempre andan juntos…”)

El funcionario mueve su corpulencia provocando un discordante chirriar de muelles flojos y de piezas gastadas.

—No sé por qué motivo, al poco tiempo, usted mismo solicitó el retiro de ambos jóvenes, ¿no es así?

El doctor Ecker sufre un ligero estremecimiento. Mira al juez, suplicante. Y, moviendo en el aire entrambas manos con gesto de impaciencia, declara:

—Hay circunstancias en las que… ¿sabe usted?… Es tan complejo todo esto que… Para explicar los hechos y evocar claramente la pura realidad sería preciso acusar a personas que a lo mejor son inocentes…

—Si hay fe de esa inocencia, no las complica usted en absoluto… Y, además, ya le he dicho que esta causa la estamos ventilando con la más rigurosa reserva… Puede estar bien seguro de que nada de lo que aquí se diga saldrá de este recinto. Prosiga usted.

—Nuestros primeros días en el islote fueron de una belleza inexpresable… La casa era muy cómoda… Mientras la vieja la arreglaba y atendía a la cocina, Linda, los muchachos y yo deambulábamos de roquedo en roquedo reconociendo las encantadas costas… No podría describirle la sensación de magia que iba sobrecogiéndonos en aquel tibio ambiente de luz, color y trinos… Yo, pecador de mí, perdí mi tiempo, si así puede decirse, entusiasmado por múltiples hallazgos de índole puramente científica. Ben y Joe, los dos jóvenes, tenían que acompañarme cargando mis enseres… Aquello, al parecer, los distraía; pero ella, en pleno goce de su explosiva adolescencia, languidecía de hastío… A veces nos seguía coleccionando conchas y caracoles, pero más le agradaba vagar entre los árboles. Y era que, sin nosotros, no quería estar en casa, porque sentía no sé qué desconfianza contra la vieja… Era más bien como una especie de repulsión, de asco, de vago presentimiento. Por las tardes, después de las labores, yo solía dar con ella largos paseos románticos.

“Debo advertirle que jamás pensé en la posibilidad de un idilio. Hubiera sido ridículo, ¿comprende usted?… Mi edad y la misión que fungía me daban cierto tono de tutor frente a ella… De modo que por ética profesional y, sobre todo, por mi constante razón de estar en éxtasis, abstraído, embebido, no podía darse aquello…”

Ecker reprime un gesto que deja traslucir una ligera aflicción. El funcionario comprende que ha presionado un punto neurálgico. Casi inconscientemente oprime un timbre.

—Descanse usted, doctor.

Y, al entrar el ujier, se enjuga el rostro mientras le dice:

—Tráiganos agua fresca.

El doctor Ecker vuelve a clavar sus ojos en la verde lejanía del recuerdo.

¿Cómo hacerle entender a aquel obeso señor de piel viscosa lo que fue para ellos el farallón?… ¿De qué modo hacerle inferir que aquello tenía cierto epicúreo sabor de égloga antigua, de pastoral pagana, de bucólica sinfonía tropical?…

(…Trastornado por la naturaleza alegre de la isla, enceguecido por la gran soledad que lo rodeaba frente al mar y el cielo, y obsedido por el jovial efluvio de Linda Olsen, Paul Ecker despertó como a un mundo jamás imaginado; sufrió una especie de mágica metamorfosis, y, al dejar la crisálida que lo hacía parecer severamente científico, sintió de sopetón el estallido solar y la excitante fragancia de las olas… En vano resultaba que, tratando de aferrarse a la ciencia, procurara esconderse entre las celdas de sus razonamientos… Cuando más concentrado analizaba ciertos epifenómenos como el de las anguilas que cambian de color durante el celo, o cuando iba a sacar la conclusión de que las glándulas hipófisis rezuman las hormonas… oía la voz de Linda que, subida a los árboles o hundida entre las olas, le dejaba entrever su boina roja… Recordaba Paul Ecker varios acantilados en forma de escalones donde dejaba el mar pequeñas pozas que miss Olsen usaba para bañarse… Una vez cayó en una de la que no podía salir porque los bordes estaban resbalosos… Él escuchó sus gritos y, pensando en Andrómeda atacada por el monstruo, se lanzó a rescatarla… La tuvo que sacar así desnuda —¡maldita timidez!— tras mil esfuerzos y graves resbalones…

Esa noche Linda Olsen hizo bromas y rió bajo la luna poniendo en entredicho su varonía. Hubo, claro, un instante en que la sangre se le encendió de pronto… Sintió que se iba hundiendo en un abismo profundo… Y esa noche fue Andrómeda quien devoró a Perseo… Desde entonces…)

Una golosa mosca queda presa en las alas del gran ventilador.

El mofletudo custodio de la ley se abanica.

—Se dice que Linda Olsen iba a tener un niño, ¿no es así?

—Desde luego.

—Todo ello a consecuencia…

—¿De qué?

—De sus amores…

—No sé a qué se refiere.

—Bueno, en definitiva, queda casi probado…

—Que el hijo no era mío.

—¡En qué quedamos, mí querido doctor!

—Creo haberle dicho que miss Olsen erraba de un lado para otro, rebosante de vida, plena de juventud, trastornada por los encantos mágicos de la isla. Yo no podía atenderla… Usted comprende… Yo estaba dedicado en cuerpo y alma a vigilar en las charcas y entre los arrecifes la heteróclita ovulación de los peces… Mis severas costumbres ponían entre nosotros una muralla rígida de austeridad…

(Más allá de ese muro, todo era égloga bárbara, pagana libertad en la que él, lujurioso, saltaba como un sátiro tras una ninfa en celo…)

—¿Cómo se entiende entonces que Linda Olsen?…

—Déjeme usted decirle… Convencida de que yo no era el tipo que requerían sus veleidades de juventud, sonsacaba por turno a Ben y a Joe con el pretexto de que la acompañasen a buscar frutas… Yo no veía en todo ello nada malo… Comprendía que eran cosas de adolescencia… Me pareció al principio que miss Olsen se divertía flirteando con Ben Parker… Eso era lo normal, dado su enojo contra la gente de color… En efecto, noté que Ben y Linda se perdían con frecuencia. Sin embargo, pude entrever que al poco tiempo Ben Parker la rehuía… Desde entonces (¡caso bien anormal!) ella buscaba a Joe para sus juegos y andanzas… Aquello parecía divertirla, pues la sentía reír de buena gana… También me sorprendió lo acicalado que andaba el negro Joe, quien, a la luz de la luna, solía entonar canciones quejumbrosas al son del banjo. Aún recuerdo una de ellas de indudable intención enamorada…

¡Qué bonita boina roja,
la boina mía,
oh mar azur…
Cuando la veo se me antoja
una sandía
de Carolina del Sur…!

Una tarde, lo recuerdo muy bien, yo examinaba al microscopio no sé qué tegumentos… Me estaba adormilando por causa del bochorno, cuando escuché los gritos de miss Olsen. Pensé que a lo mejor la habría picado una coral o acaso una tarántula… Al asomarme atónito, la vi venir corriendo, desgreñada, gritando… “¡Socorro! ¡Me ha violado!”… Noté que el negro Joe, loco de pánico, descendía hacia la rada casi volando… Bajé por el barranco precipitadamente para pedirle explicaciones, pero él logró embarcarse, cuchicheó con Ben Parker, y ambos partieron en la lancha… Sin perder un minuto, subí hasta el promontorio para hacer las señales con el semáforo dando parte a la Base, pero lo sorprendente, lo increíble, fue que en ese momento miss Olsen, muy sumisa y al parecer tranquilizada, se me acercó rogándome que por favor desistiera de dar la alarma… Me explicó que un escándalo podía perjudicarla… Prefería que el abuso quedara impune… Yo, que la había pensado toda plagada de prejuicios, sentí la más profunda veneración por ella; resolví defenderla, darle amparo y aun brindarle mi nombre, ya que su gesto, para mí, era un indicio de plena madurez y de cordura total… Desde esa tarde, viéndola acongojada, resolví distraerla y procuré interesarla nuevamente en los asuntos científicos que ella había abandonado no sé por qué…

—Perdone: ¿Ben y Joe no regresaron a la isla?

—No, por cierto… Cuando fue el comandante a investigar…

—¿Qué inventaron?

—Le había hecho creer que yo deseaba estar solo. Desde luego, preferí confirmar esa versión… Y aun dije al comandante que como ya era tiempo de la freza, prohibiera que sus hombres se aproximaran al islote porque espantaban a los peces y hasta podían interrumpir el desove… Cuando él quiso insistir, le aseguré que la Vudú nos bastaba para los menesteres de la casa… Desde entonces, ya no hubo distracciones y nos dimos de lleno a los cultivos y a la atinada observación de las aguas… La haitiana vivía distante de nosotros, y poco la veíamos; sobre todo porque pasaba el tiempo pescando en alta mar. Navegaba en una frágil chalupa que parecía una nuez entre las olas… Fue entonces cuando Linda pareció darse cuenta de que en su vientre…

—¡El niño! ¿Era del negro, entonces?

—Solo puedo decirle que era de ella. Yo iba a reconocerlo como si fuera mío, pero las cosas tomaron otro rumbo.

El doctor Ecker pone el oído atento. Cree escuchar a lo lejos un canto misterioso que parece surgir de entre las olas y siente nuevamente la infernal carcajada de la haitiana que lo persigue a todas horas.

El juez insiste:

—Y en resumidas cuentas, no estaba usted seguro de que el niño fuese suyo o del negro. Sé que hubo relaciones…

—Exactamente. Ella y yo… Usted comprende. De allí mi estado de ánimo, de duda. Sobre todo, porque existe en mi vida un precedente que me hacía presentir dificultades. Me refiero… No sé si ya le he hablado de mi primer divorcio por incapacidad genésica… Mi suegro, que era rico y muy dado a esas sonseras de alcurnia, deseaba a todo trance un nieto debidamente sano, robusto y fuerte que le heredase el nombre y la fortuna. Nació un niño, varón, pero tarado, contrahecho, deforme… Menos mal que solo duró unas horas… Se estudió el historial clínico de mi gente y se encontró… Usted sabe… No hace falta insistir sobre estas cosas. Mi suegro me obligó a cederle el puesto a un semental de indubitable fecundia… A aquel fracaso inicial debo mis glorias en el campo científico… Conociendo el oprobio de mi destino, preferí refugiarme entre mis libros y me negué al deleite de una familia. ¿Por qué insistir, sabiendo que mis hijos nacerían defectuosos?… Por eso, en el islote, procuré estar distante de miss Olsen… Sin embargo, las cosas no suceden siempre según queremos. La soledad a veces nos precipita en brazos de la lujuria… Ocurrió, pues, aquello, y ella esperaba un niño que suponía hijo mío, lleno de vida, rozagante y hermoso… Yo, que estaba inseguro de su paternidad, me angustiaba… Mi zozobra crecía a la par de aquello que iba a nacer… Era un dilema sin solución posible, pues si me ilusionaba creyéndolo hijo mío, pensaba en monstruos, en seres anormales, en fenómenos; y si lo imaginaba hijo del negro, ¡imagínese!… Una secreta esperanza me confortaba a veces al juzgar que, a lo mejor, aquel ambiente embellecido de la isla podía haber ejercido una influencia benéfica sobre la gestación de la criatura… Solo por eso o a lo mejor llevado por mí interés científico, no quise deshacer lo dispuesto por la Naturaleza. Lo que más me aterraba era que Linda pudiese abandonarme al enterarse de mi fatalidad; por eso, puesto a escoger entre los dos alumbramientos posibles, yo prefería el del negro… Linda Olsen me pedía que la llevara a la Base para que la atendieran debidamente. Yo se lo prometía, pero estaba dispuesto a realizar yo mismo la operación en la isla, sin testigos odiosos, habiendo decidido adormecerla para que ella ignorara la realidad hasta el momento oportuno… Era tal mi impaciencia, que los días y los meses me parecían más lentos… Aún faltaban como siete semanas para la fecha justa, cuando me di a pensar que a lo mejor el cálculo estaba errado, ya que me parecían excesivos sus sufrimientos y la absoluta tirantez de la piel… Olvidaba decirle que así como avanzaba el lapso genésico, Linda era presa de caprichos extraños… Le agradaba pasarse horas enteras sumergida en el mar; y a pesar de su estado casi monstruoso, obsceno, se negaba a usar malla alegando que no la resistía… A la hora de comer, daba señales de la más absoluta inapetencia… Sin embargo, después la sorprendía comiendo ostiones y otros mariscos, vivos… Aquella noche, los truenos y relámpagos habían sobrecogido a Linda Olsen. La veía horrorizada… Temía morir en la isla… Y, ya obcecada por los terrores de la muerte, llamaba a la haitiana para que la ayudara a bien morir… Yo me había dado cuenta de que la negra Vudú se dedicaba durante mis ausencias a prácticas ocultas para aliviarle a Linda los dolores… La tempestad rugía bajo los fuertes trallazos de la lluvia… Contorsionada sobre el lecho, la grávida gemía, atormentada por los desgarramientos más atroces… Yo, que ya enloquecía por la tensión de mis nervios, preferí (no había otra escapatoria) precipitar aquello para salvar a Linda. De lo contrario, yo estaba bien seguro de que, aun faltando un mes, su organismo no podría resistir… Enfebrecido por la más angustiosa desesperanza, me resolví a operar… La inyecté… Al poco rato le entró un sueño profundo… En ese estado como de duermevela nació por fin aquello. No quiero recordarlo… Era una cosa deforme, muerta, fofa… Temiendo que Linda Olsen pudiera darse cuenta al despertarse, corrí bajo la noche aún tempestuosa y eché el engendro al mar; así borraba toda huella o vestigio de su fealdad. Desde entonces tengo los nervios rotos…

—No debe preocuparse. Lo importante era salvar a Linda Olsen.

—Y la salvé, en efecto, pero tuve el temor de que al saber la verdad me abandonara, y preferí inventarle la mentira de una criatura negra. “¿Dónde está? —me gritaba—. ¡Quiero verla!” No sabiendo mentirle, me enredé más y más hasta quedar frente a ella convertido en un vulgar asesino.

(…Paul Ecker se estremece… Abre los ojos desmesuradamente como sobrecogido por una extraña visión. Cree oír de nuevo la carcajada de la haitiana y el misterioso canto del huracán. Ante sus ojos se extiende el mar inmenso, y le parece ver surgir de sus olas la cabeza de Linda con las pupilas fijas como en estado de trance. Solo Ecker oye su voz que dice:

—No me agradan los negros… No puedo remediarlo… Es algo que he llevado en la sangre desde pequeña… Son taras de familia que no es el caso discutir… Con todo y eso, confieso que Joe Ward no tuvo nada que ver con nuestro asunto… Si a alguien le cabe culpa es a mí… Yo te mentí, Paul Ecker, premeditadamente o por irreflexión momentánea… Mejor dicho, no hubo ficción alguna; más bien malentendido… Lo cierto es que el ambiente de la isla me hechizó transformándome, me hizo ver en mí misma a otra persona distinta de la de antes… Para mí, pobre víctima de las inhibiciones sociales, aquello era un milagro de libertad… Allí en la isla no había prejuicios que me ataran… Deshice mis cadenas y me sentí a mis anchas, con ganas de gritar, de hundirme íntegra en la embriaguez del ambiente… Todo en la isla me parecía un milagro de la Naturaleza… Los colores del mar; el juego alegre de espumas y gaviotas; el canto de los pájaros; el brillo de la luz; la exuberancia de vida; la canícula; y el olor penetrante de la tierra después de la tormenta… Todo hablaba de amor, todo era un himno pagano que me inundaba como en una vorágine lujuriosa, lasciva… Mi juventud ardía… Mi cuerpo joven se deshacía en un delirio deslumbrado… Por eso, en pleno goce de mis actos, retozaba descalza bajo la lluvia… Quería ser una nota en el gran canto de la naturaleza… ¡Con qué placer ansiaba vengarme de la vida dejada atrás…! Por eso me entregué sin preámbulos al rubio Parker… Lo hice sencillamente, como lo hacen los pájaros y las aves del mar… Aquello para Ben solo fue un rato de ofuscación… Pensó en las consecuencias y, aterrado, ya no quiso acercárseme… Me huía… Yo, en cambio, lo deseaba sin compromiso alguno… Quería saciar mi sed, pues ya era tarde para frenar mi impulso. Y, decidida a dominar sus temores, dispuse darle celos coqueteando con Joe. No he de negar que, aunque siento repudio contra los negros, no probé desagrado sino más bien placer… Me causaban deleite las piruetas y las mil ocurrencias de Joe Ward… Joven, fuerte, radiante, tenía los dientes blancos y reía con una risa atractiva… La atmósfera de la isla y la fragancia de la brisa yodada me lo hicieron mirar embellecido como un Apolo negro… Comencé a darme cuenta de que estaba en peligro de entregarme, pues ya me le insinuaba con insistencia… Él, viéndose deseado, fue cayendo en la urdimbre devoradora… Una tarde [Ben Parker lo esperaba en la lancha, pero Joe prefirió jugar conmigo] yo le tiraba frutas de un árbol cuando de pronto me zumbó un abejorro… Asustada, quise bajar del tronco y resbalé… Joe, acercándose, me recibió en sus brazos y me besó en la boca… Sentí como una especie de vórtice que me arrastraba… Ya a punto de caer, lancé un grito y hui aterrorizada… Cuando tú, Paul, saliste, tuve vergüenza de parecerte una chiquilla ridícula e irreflexivamente grité como una histérica: “¡Socorro! ¡Me ha violado!”… ¡Pobre Joe!… Sobrecogido de pánico, se retiró cuesta abajo y, embarcándose, puso rumbo a la Base en compañía de Ben Parker… Luego, puestos de acuerdo, no quisieron volver… El negro dijo que había visto fantasmas en la isla… Seguramente lo que sí presintió fue la horca y el espectro de Lynch… La premura que tú pusiste en mi defensa y tus prolijos cuidados, aparte de tu oferta de matrimonio (que yo no comprendí a primera vista), me hicieron acercarme a tu vida, a tus estudios… Luego, al notar que iba a ser madre, me apresuré a aceptar tu propuesta matrimonial… Que el niño era de Parker, no había duda; pero eso qué importaba… Yo sabía que tú estabas embebecido… Me casaría contigo, y la criatura tendría un padre más digno que el rubio marinero… Cuando me puse grave… Recuerdo que esa noche llovía terriblemente… Brillaban mil relámpagos… Y me atemorizaban los truenos y el estruendo del mar… Después, no supe más… Al despertarme, ya era de madrugada… Pensé en mi hija… No sé por qué pensaba que era una niña, con su carita linda y sus bracitos que yo le besaría… ¿Sería idéntica a Ben?… Abrí los ojos… Me vi sola en la estancia… Pensé: “¿Qué será de Paul Ecker y de mi niña?…” Llamé. No hubo respuesta. De pronto oí tus pasos. Esperé ansiosa. Entraste… ¿Qué te pasaba? Te noté preocupado, las ropas húmedas, el semblante sombrío. “¡Pobre! —pensé— seguramente se ha fatigado mucho.” Te acercaste a mi cuerpo con dulzura infinita; me besaste las sienes; me hablaste de tu oferta de matrimonio y aun me dijiste que ya faltaba poco para el viaje de vuelta a Filadelfia… Yo, desde luego, solo insistía en mi anhelo de ver a la criatura, pero no me hacías caso… Seguías hablando, como si nada… Cuando, ya recelosa, te insté a mostrármela, te vi tartamudear. Adujiste, primero, que hiciste lo imposible por salvarla. Después, compadecido, me dijiste que era una niña negra… Aquel infundio me iluminó. Tuve la clara percepción del crimen… Vi en seguida que habías matado a mi hija por celos de Ben Parker. Bien sabías que era de él… ¡Asesinaste a mi niña, a mi pequeña criatura hermosa y bella!… ¡Asesino, asesino!…)

El funcionario golpea impacientemente la mesa con un lápiz, como para llamar la atención del acusado.

Luego, con gran paciencia, dictamina:

—La circunstancia del naufragio y a lo mejor los golpes recibidos le han grabado los hechos, exagerándolos al punto de crearle en la conciencia un fastidioso complejo de culpa. Sin embargo, lo que hizo aquella noche es lo normal. ¿Quién va a acusarlo por no guardar un feto?… Lo que deseo saber son los motivos que lo obligaron a embarcarse en una frágil chalupa, bajo la tempestad, en compañía de Linda Olsen. Yo pensé que, creyéndole incapaz de operarla, quiso llevarla a todo trance a la Base; pero debió ser otra la razón, ¿no es así?

(…¿Cómo explicarle al juez la gran verdad, si a medida que avanzaba hacia ella la creía menos real? Y él mismo comenzaba a dudar de lo que había comprobado con sus manos, en las que aún persistía la sensación del milagro. ¿Cómo hacerle entender sin prueba alguna que aquel raro prodigio no fue ilusión de sus sentidos? Paul Ecker sabe bien que si declara la verdad que él conoce, traerán a un alienista para que lo examine. Sin embargo, solo piensa en aquello… Esa noche, mientras la tempestad ponía su infierno de luces y de ruidos, él, deseando conocer la verdad y ya cansado de ver sufrir a Linda, resolvió adormecerla… En ese instante surgió el raro misterio… Vio una carita fina, muy tierna, sonrosada, y unos bracitos tersos impecables… Sintió un júbilo tal que estuvo a punto de descuidar el parto… Y ya anhelaba recibir en sus manos a la criatura para sentirla suya, perfecta y sana, cuando aquello saltó, dio un coletazo y rebotó sobre el lecho… Quedó paralizado, con la esperanza en éxtasis como si de su gesto dependiera la paz del mundo… Lo que bullía frente a él, sobre las sábanas, era un mito viviente: un pez rosado como un hermoso barbo, pero con torso humano, con bracitos inquietos y con carita de querubín… Aquella cosa de rasgos femeninos tenía todo el aspecto de una sirena… Él las había admirado en obras de arte, en poemas… Todavía recordaba los divinos hexámetros de la Odisea; pero jamás pensó ni por asomo que una hija suya… ¡Cáspita!… ¿Qué misterioso génesis la originaba?… Recordó que, al marcharse Ben y Joe, es decir, cuando Linda recuperó a su lado la afición al estudio, una mañana, con las primeras luces, iban a darse un baño entre las rocas, cuando ella lo llamó haciéndole señas desde un pretil… La inquietud de sus gestos le hizo entrever la magnitud del hallazgo… Se cubrió a la ligera y, acercándosele, fueron ambos testigos, desde el reborde, de una escena de amor que era un poema de la naturaleza… Nadaba entre las aguas un pez enorme de colores fastuosos… La nacarada bestia (que era una hembra) se apoyó en sus aletas, dejó gotear sus huevos hacia el fondo arenoso y, la misión concluida, se retiró con suaves ondulaciones.. . Al poco rato, llegó el macho gallardo, nadó parsimonioso sobre la freza y, acomodándose con ritual ceremonia, fue cubriéndola con su rocío blancuzco… Satisfecho el instinto, se alejó muy orondo… La especie estaba a salvo… Deslumbrados por la pasión científica, Linda y él sumergiéronse para observar de cerca la ovulación… En mal momento los juntaba la ciencia… La impresión producida por lo que habían mirado, la tibieza del agua y el olor excitante de aquella mezcla… Solo al pensar en ello se le crispan los nervios… Fue un grito de la sangre que no pudieron sofocar… Era el dictamen de la naturaleza… Y sucumbieron entre aquella sustancia gelatinosa…

Todo estaba muy claro: la pequeña sirena con su piel sonrosada tenía ancestros oceánicos… Era el connubio del pez y el ser humano… Sin embargo, la pasión de la ciencia se impuso en él… Fue superior a su fracaso genésico… Y, olvidando la burla que le estaba jugando el destino, pensó en la trascendencia del acto en sí… Nada en el mundo tendría más importancia que aquel hecho científico. Su nombre volaría en alas del triunfo, de la fama, del genio… Las universidades le brindarían honores y condecoraciones… Y ya veía su nombre en los carteles, anunciando la gloria de Paul Ecker, cuando notó que la sirena perdía vitalidad y retardaba sus saltos poco a poco como lo hacen los peces sobre la playa… Comprendió que, siendo el mar su elemento, no tardaría en morir fuera de él… Ya apenas susultaba y abría la boca, agonizante, poseída de asfixia, en un esfuerzo final de vida o muerte… Oh, en ese instante, todo lo hubiera dado por salvarla… La recogió en sus brazos con el mayor esmero y, apresuradamente, corrió hacia el mar… Ya las primeras luces anunciaban la aurora y el huracán había cesado… Solo seguía cayendo una llovizna suave, persistente… Se hundió en el agua casi hasta la cintura y en ella sumergió a la sirena con la ritualidad de quien impone el bautismo… Poco a poco la notó revivir. Y, al ver que ya su cola abanicaba las aguas lánguidamente, la dejó rebullirse para ver si nadaba. ¡Fue una absurda locura!… Nunca debió intentarlo… La sirena dio un coletazo fuerte, hizo un esguince y, aunque él quiso evitarlo, sumergiose fugaz… Aún percibió un instante sus relumbres entre la transparencia y, al perderla definitivamente, se quedó como en babia… Había dejado huir de entre sus manos la gloria, y había ocurrido todo con tal celeridad que aún Paul Ecker se imaginaba aquello cual jirones de nieblas entre el sueño… ¿Cómo explicarle a Linda aquel misterio? ¿Cómo hacerle creer lo que ya él mismo condenaba a la duda?)

El juez insiste:

—Si había ocurrido todo ¿por qué desafió usted la tempestad en esa frágil chalupa con miss Olsen? ¿No quiso resignarse a aceptar la realidad de los hechos?

—Pareció que en efecto se resignaba, que creía a pie juntillas lo que le dije… Yo me mostré solícito con ella e hice venir a la haitiana para que la cuidara… Había quedado muy débil y fue preciso restaurarla con tónicos y caldos… Cuando ya se sintió fortalecida, la acompañé unos días en sus paseos, y, como ya las lluvias iban cesando, proseguí mis estudios entre los arrecifes… Fue entonces cuando noté en Linda los trastornos que me pusieron en estado de alerta… Linda sufría una angustia cuyas causas no me sabía explicar… La asediaban los fantasmas del mar en pesadillas nocturnas con sobresaltos… El mundo de los sueños era para ella un antro de tormentos del que se liberaba despertándose con alaridos de terror… No se atrevía a dormirse, pues se veía rodeada por monstruos pisciformes que danzaban en una extraña ronda de risas, cantos, espumas y coletazos…; una especie de carrusel proteico con ritmo acelerado en cuyo vórtice le parecía caer hasta ir hundiéndose en viscosas sustancias de frialdad tan intensa que le paralizaba las piernas… Yo tenía que frotárselas porque se le dormían y alegaba que eran un solo témpano de hielo… La vieja haitiana diagnosticaba que eso era de índole reumática debido a que Linda Olsen pasábase las horas sumergida en el mar, no tan solo por el goce del baño sino que había insistido en su nauseante costumbre de alimentarse con moluscos vivientes… Esta rara manía que antes supuse antojo de gravidez llegó a acentuarse al punto de serme intolerable… Su gran voracidad no hacía distingos entre algas y babosas… La vi engullir medusas a mordiscos con la fruición de quien deglute moldes de gelatina…

El funcionario no logra reprimir un gesto de asco.

Confundido, no sabe qué decir y explica:

—Por lo que veo tratábase de una extraña psicosis… Afortunadamente el psicoanálisis…

—¡No hay remedio mejor que el sol, el mar y el aire!… Lo grave es que el conflicto fue agudizándose con manifestaciones de terror…

—Motivado…

—Por un poder ignoto… Ella explicaba que se sentía atraída por un abismo de deleitables transparencias… Ese augurio de goces con posibilidades de agonía la ponía en trances contradictorios de repulsión y simpatía como ocurre con la inexperta adolescente que, sintiendo la seducción erótica, frena el deseo por miedo de la culpa… Esa idea nebulosa de su trastorno adquiría a veces la seductora forma de tritones que la inhibían cantando obscenidades cuando no retozaban con carcajadas ebrias… de allí su afán constante de chapalear entre las ondas; tan intenso, que a veces levantábase del lecho, sonámbula, y desnuda, se dirigía a la playa a grandes saltos… Estos diversos síntomas me fueron indicando su fatal propensión a convertirse en sirena… Tenía que darle alcance, despertarla y devolverla a su lecho… En ese estado de éxtasis me hablaba y razonaba sin percepción de sus actos… Una noche me confesó que estaba enamorada del mar, y, seducida por él, aseguraba que llegaría el momento en que tendría que dársele definitivamente… Meditando sobre ello elucubré lo del Complejo de Glauco de que tanto se ha hablado en los periódicos… Debe usted recordar que ese héroe mítico comió de ciertas yerbas y se sintió atraído por el mar hasta el grado de no poder frenar su ciego impulso… El pobre no tuvo más remedio que sucumbir… Sumergido en sus ondas, las nereidas lo metamorfosearon en tritón o algo por el estilo… Yo, en mi tesis, traté de demostrar que tal complejo resulta frecuentísimo en nuestros días… La extraña enfermedad se manifiesta en gradaciones diversas que van desde el ligero chapuzón deleitable hasta el suicidio fatal, cuando el ahogado, con los ojos abiertos, reposa al fin sobre algas que hacen las veces de mortaja…

El juez siente un ligero estremecimiento. El desagrado le hace expresar su encono:

—Si sabía que el conflicto podía llegar a excesos tan macabros, ¿por qué se descuidó, por qué motivos no puso usted reparo?… Pienso que lo aceptado hubiera sido conducirla a la Base.

—¡Ni pensarlo!

—¿Por qué? ¿Quiere explicarse?

—Porque sencillamente Linda era para mí el único campo de experimentación. Oh, usted no sabe lo que eso significa para un científico… Yo deseaba sacar mis conclusiones sobre el nuevo complejo, lo cual hubiera sido imposible sin el debido estudio de su proceso evolutivo hasta hallarle solución terapéutica… Y aunque esa le parezca una razón egoísta, no era la única… Si me sentía capaz de mejorar a Linda Olsen, ¿cómo iba a darme por vencido?… Se habría clasificado como un fracaso de mi parte. Dejar que otros colegas atendiesen el caso me hubiera parecido un absurdo, ¿comprende?… Se habría venido abajo mi teoría del complejo. Por tal motivo…

—…No tuvo usted reparo en descuidar una vida…

—¡No! ¡Eso no! ¡Se lo juro! ¿Quién más capacitado que yo para atenderla, sobre todo cuando en el caso de ella yo no veía al paciente casual sino algo íntimamente ligado a mis afectos? Mi pasión por la ciencia no era tanta como para sacrificar a Linda Olsen. Muy a la inversa… Mi vida hubiera dado por su existencia… Yo deseaba curarla siguiendo un plan preestablecido… Lo malo es que nosotros, a veces, creamos síntomas jamás imaginados por el paciente… Con gran razón se ha dicho que las enfermedades las hemos inventado los médicos… En el caso de Linda me apasionó el complejo de Glauco a tal extremo que solo hablaba de él. A lo mejor todo ello fue contraproducente.

—¿Qué insinúa usted con eso?

—No sé… Suposiciones… Tal vez fue mi insistencia lo que la hizo pensar que era posible transformarse en sirena.

—Siga usted.

—En efecto, vi presentarse en ella síntomas parecidos a los de Glauco… Por ejemplo, noté que lo de la parálisis de sus piernas era, hasta cierto punto, ficticio, ya que podía moverlas… Se las imaginaba, eso sí, unidas como si algo invisible les impidiera su ritmo individual… A cada rato se las palpaba inquieta, pues tenía la impresión de que su piel iba adquiriendo características viscosas… No había duda de que el mal avanzaba sin que yo hubiera hallado su mejoría…

Meditando sobre las causas que motivaron su dolencia, recordé que en la noche del parto lo que más la afectó fue el explosivo fragor del huracán. Los truenos y relámpagos, el bramido del mar y los silbidos del viento le infundieron la idea de un cataclismo final en el que todo se hundía… No era difícil, pues, imaginar que una impresión parecida podía serle benéfica… Por eso yo esperaba con verdadera vehemencia la borrasca… No sé por qué tardaba… Ya usted sabe que en las islas del trópico son frecuentes las lluvias. El buen tiempo dura pocas semanas… Sin embargo, para desesperarme, no hubo días tan espléndidos como aquellos… Con lo que yo pensaba que hasta los mismos elementos se oponían a mis planes… Y en verdad resultaba que cuando convenía la bonanza para estudiar la freza caían lluvias tan fuertes y torrenciales que enfangaban las aguas; y cuando me hacía falta un ciclón, no soplaba ni la más tenue brisa.

—Viéndolo bien, la culpa no era suya —dice el juez—. Por lo que me ha contado, he podido inferir que, asimismo, miss Olsen fue solamente víctima de la fatalidad… Si, como habrá observado, me interesan los hechos, no es porque abrigue dudas de su inocencia, sino por liberarlo del complejo de culpa que lo deprime. Prosiga usted, doctor.

—Posiblemente no le he contado todo con el orden debido, pero recuerdo un síntoma que aumentó mi zozobra. Una mañana me había alejado un poco entre los árboles con la idea de cazar, cuando empezó a llover y resolví regresar. Llegando al promontorio, me di cuenta de que era un simple amago, una farúa pasajera, y, distraído, me quedé contemplando el raudo vuelo de las gaviotas. De pronto vi a Linda Olsen, desnuda, dando saltos con rumbo hacia las olas… Me apresuré a bajar para llevarla nuevamente a su lecho… La haitiana había salido con el mismo propósito, pero al ver las piruetas que en cada brinco hacía la enferma, se echó a reír con esa risa brutal característica de los negros. Al oírla, Linda Olsen dio muestras inmediatas de desagrado… Yo pensé que la burla podía ser un estímulo para que la paciente, sintiéndose en ridículo, dejase de saltar y utilizara normalmente sus piernas… Pensando en ella y además contagiado de hilaridad, me eché a reír también; de modo que Yeya y yo asediamos a Linda a carcajadas… Lo que yo había previsto no se produjo, pues sin poder frenarse, Linda perdió la calma y proseguía dando saltos enfurecida; sintiéndose agotada y ya frenética, se echó al suelo, gritando, poseída de un ataque de histeria… Me apresuré a atenderla y, al acercármele, noté que se asfixiaba por falta de aire. No sé por qué pensé que lo más cuerdo sería llevarla al mar… Así lo hice, corriendo, y, al chapuzarla, me quedé sorprendido… Linda reía feliz como si nada, y hacía raros esguinces chapaleando con las piernas unidas. Ya no dudé que el mar, siendo la causa, podía ser el remedio de su trastorno… Solo hundiéndose en él podía salvarse, si era que en esa lucha no era el mar quien vencía hasta poseerla definitivamente… Y así fue en realidad…

—¿La risa de la haitiana no tuvo consecuencias desagradables?

—Creo que sí, por desgracia. Aquella burla fue una prueba nefasta. Como es de suponer, desde ese día Linda no soportó junto a ella a la Vudú. La estridencia de aquellas carcajadas había herido su sensibilidad de tal manera que las oía por todas partes: en el bramido del mar, en el susurro del viento y en el canto de las aves marinas. A veces despertaba y con las manos se cubría los oídos para no oír la risa y un misterioso canto que la angustiaba sin poder definirlo… Yo mismo, al despertarme para atenderla, creí una noche oír… Usted comprende… Ya me sentía agotado… Recuerdo que al librarse de la atroz pesadilla me confesó que ya sentía muy próxima su repulsiva y total metamorfosis… Había soñado que se veía en el mar ya convertida en sirena y había experimentado lo que es tener las piernas transformadas en cola… “¡No quiero que eso ocurra!” —me decía—. “¡No me dejes!”… Y se me echaba al cuello llorando… Al día siguiente, ya más tranquilizada, me hizo la confidencia más extraña… Con una leve sombra de picardía y sonrojo me dijo que había visto a un vigoroso tritón de largos rizos y espesa barba rubia como la mía… Al evocar el sueño se echó a reír alegre… Parece que el tritón le hizo la corte de manera brutal… La empujó hasta la playa sin miramiento alguno y allí la poseyó entre bufidos y mordiscos feroces. “Aún siento sus mordiscos por todo el cuerpo”, dijo.

El funcionario se abanica molesto y carraspea varias veces. Ecker prosigue:

—No sé por qué le cuento todo esto… Mejor es relatarle sin dilaciones el pavoroso desenlace… ¿Me permite beber un sorbo de agua?

—Desde luego, doctor.

Paul Ecker bebe.

—Entonces…

—El viento había cambiado, y el mar, ligeramente picado, era un seguro anuncio de que ya estaban próximas las lluvias… Parece que la atmósfera, cargada de corrientes magnéticas, excitó en esas noches a Linda Olsen hasta el punto de enfurecerla a cada instante. Quería salir a todo trance. “¡Tengo una cita con el mar!” —gritaba—… Yo estaba ya cansado y llamé a la haitiana para que me ayudara a cuidarla… Y así andaban las cosas cuando ocurrió la noche del vendaval… La lluvia se anunció con estruendosa demostración de truenos y relámpagos. Los silbidos del viento se mezclaban con los trallazos de las olas… Todo hacía suponer que se acercaba un pavoroso huracán… Yo observaba a Linda Olsen para ver los efectos que el fragor atmosférico le causaba… Y pude confirmar que mi diagnóstico no estaba equivocado porque la vi calmarse y hasta pude observar que había olvidado lo de la rigidez de sus piernas… Al notarla dormida, consideré que había pasado la crisis, y viendo que la haitiana quería marcharse me atreví a licenciarla… “No hay peligro —le dije—, puedes irte.” La haitiana me explicó que su deseo de marcharse era porque la lancha se le estaba golpeando entre las rocas y deseaba sacarla de entre los arrecifes. Cuando cerró la puerta, me sentí tan cansado que me estiré en la hamaca y me dispuse a fumar… No creo que tuve tiempo de encender la pipa, pues me quedé profundamente dormido…

Me despertó de golpe un ruido seco. La puerta estaba abierta. La furia clamorosa del huracán rugía, y el viento hacía volar las cortinas. Pensé de pronto que a lo mejor la haitiana no la había dejado bien cerrada, pero al buscar a Linda, no la hallé. Inútilmente registré la casa. De súbito pensé, vi, la desgracia. Me lancé hacia la playa bajo la lluvia. La noche era un infierno de ruidos y de luces.

Me eché a gritar: 

—¡Linda Olsen! ¡Linda Olsen!

Nadie me contestaba… La vieja había acercado su chalupa a la playa, pero el viento y las olas le impedían ensecarla… Seguía lloviendo recio y la tormenta ponía en la noche lóbrega un concierto de aullidos y de truenos… Me subí a los roquedos y a la luz de un relámpago creí ver a Linda Olsen llevada hacia alta mar por la corriente. Volví a llamarla haciendo bocina con las manos.

—¡¡¡Linda Olsen!!!

Me pareció escuchar muy a lo lejos su voz en una especie de alarido angustiado.

Corrí a la playa, me embarqué en la chalupa y eché a la vieja a un lado.

—¡Ya es inútil! —gruñó.

Empuñé los remos e hice avanzar la lancha mar afuera. Luchando rudamente con el viento y la furia de las olas me fui acercando al sitio en que creía divisarla. La luz de los relámpagos me la hacía ver a ratos flotando en la corriente y a veces la perdía. Pero ahora me doy cuenta de que acaso no pude verla nunca ni escuché su alarido desgarrador. Tal vez fue solo ilusión de mis sentidos. En efecto, cuando me parecía que iba acercándomele, la veía más distante. Hasta que hubo un momento en que, agotadas mis fuerzas, perdí el sentido de las cosas. No recuerdo haber izado la vela ni si fue la corriente la que me hizo estrellar contra las rocas de la isla próxima. Tampoco hago memoria del momento en que me puse la boina en la cabeza. Tal vez fue en el instante de salir del bohío. Lo que no olvido nunca es que, debido al loco pavor de que fui presa o al ruido de la lluvia, no dejé de escuchar un solo instante el doloroso alarido de miss Olsen y un misterioso canto.

“…¿Cómo llegué a la playa? No lo sé. A lo mejor anduve perdido entre las rocas hasta caer rendido sobre la arena. Lo cierto es que al volver de mi colapso ya el alba despuntaba y había amainado la tormenta, pero yo seguía oyendo dentro de mí el eco lejano de aquel canto mezclado a la honda resonancia del mar como si mi alma entera se hubiese transformado en un gigantesco caracol…”

martes, 28 de septiembre de 2021

Charles Bukowski - La mujer más hermosa de la ciudad


 

La mujer más hermosa de la ciudad

Charles Bukowski

Cass era la más joven y hermosa de cinco hermanas. Cass era la mujer más hermosa de la ciudad. Medio india, con un cuerpo flexible y extraño, un cuerpo fiero y serpentino y ojos a juego. Cass era fuego móvil y fluido. Era como un espíritu embutido en una forma incapaz de contenerlo. Su pelo era negro y largo y sedoso y se movía y se retorcía igual que su cuerpo. Cass estaba siempre muy alegre o muy deprimida. Para ella no había término medio. Algunos decían que estaba loca. Lo decían los tontos. Los tontos no podían entender a Cass. A los hombres les parecía simplemente una máquina sexual y no se preocupaban de si estaba loca o no. Y Cass bailaba y coqueteaba y besaba a los hombres pero, salvo un caso o dos, cuando llegaba la hora de hacerlo, Cass se evadía de algún modo, los eludía.

Sus hermanas la acusaban de desperdiciar su belleza, de no utilizar lo bastante su inteligencia, pero Cass poseía inteligencia y espíritu; pintaba, bailaba, cantaba, hacía objetos de arcilla, y cuando la gente estaba herida, en el espíritu o en la carne, a Cass le daba una pena tremenda. Su mente era distinta y nada más; sencillamente, no era práctica. Sus hermanas la envidiaban porque atraía a sus hombres, y andaban rabiosísimas porque creían que no les sacaba todo el partido posible. Tenía la costumbre de ser buena y amable con los feos; los hombres considerados guapos le repugnaban: “No tienen agallas -decía ella-. No tienen nervio. Confían siempre en sus orejitas perfectas y en sus narices torneadas… todo fachada y nada dentro…” Tenía un carácter rayando la locura; un carácter que algunos calificaban de locura.

Su padre había muerto del alcohol y su madre se había largado dejando solas a las chicas. Las chicas se fueron con una pariente que las metió en un colegio de monjas. El colegio había sido un lugar triste, más para Cass que para sus hermanas. Las chicas envidaban a Cass y Cass se peleó con casi todas. Tenía señales de cuchilladas por todo el brazo izquierdo, de defenderse en dos peleas. Tenía también una cicatriz imborrable que le cruzaba la mejilla izquierda; pero la cicatriz, en vez de disminuir su belleza parecía, por el contrario, realzarla.

Yo la conocí en el bar West End unas noches después de que la soltaran del convento. Al ser la más joven, fue la última hermana que soltaron. Sencillamente entró y se sentó a mi lado. Yo quizá sea el hombre más feo de la ciudad, y puede que esto tuviera algo que ver con el asunto.

-¿Tomas algo?

-Claro, ¿por qué no?

No creo que hubiese nada especial en nuestra conversación esa noche, era solo el sentimiento que Cass transmitía. Me había elegido y no había más. Ninguna presión. Le gustó la bebida y bebió mucho. No parecía tener edad, pero de todos modos le sirvieron. Quizás hubiese falsificado el carné de identidad, no sé. En fin, lo cierto es que cada vez que volvía del baño y se sentaba a mi lado yo sentía cierto orgullo. No solo era la mujer más bella de la ciudad, sino también una de las más bellas que yo había visto en mi vida. Le eché el brazo a la cintura y la besé una vez.

-¿Crees que soy bonita? -preguntó.

-Sí, desde luego. Pero hay algo más… algo más que tu apariencia…

-La gente anda siempre acusándome de ser bonita. ¿Crees de veras que soy bonita?

-Bonita no es la palabra, no te hace justicia.

Buscó en su bolso. Creí que buscaba el pañuelo. Sacó un alfiler de sombrero muy largo. Antes de que pudiese impedírselo, se había atravesado la nariz con él, de lado a lado, justo sobre las ventanillas. Sentí repugnancia y horror.

Ella me miró y se echó a reír.

-¿Crees ahora que soy bonita? ¿Qué piensas ahora, eh?

Saqué el alfiler y puse mi pañuelo sobre la herida. Algunas personas, incluido el encargado, habían observado la escena. El encargado se acercó.

-Mira -dijo a Cass-, si vuelves a hacer eso te echo. Aquí no necesitamos tus exhibiciones.

-¡Vete a la mierda, amigo! -dijo ella.

-Será mejor que la controles -me dijo el encargado.

-No te preocupes -dije yo.

-Es mi nariz -dijo Cass-, puedo hacer lo que quiera con ella.

-No -dije-, a mí me duele.

-¿Quieres decir que te duele a ti cuando me clavo un alfiler en la nariz?

-Sí, me duele, de veras.

-De acuerdo, no lo volveré a hacer. ¡Ánimo!

Me besó, pero como riéndose un poco en medio del beso y sin soltar el pañuelo de la nariz. Cuando cerraron nos fuimos a donde yo vivía. Tenía un poco de cerveza y nos sentamos a charlar. Fue entonces cuando pude apreciar que era una persona que rebosaba bondad y cariño. Se entregaba sin saberlo. Al mismo tiempo, retrocedía a zonas de descontrol e incoherencia. Esquizoide. Una esquizo hermosa y espiritual. Quizás algún hombre o algo acabase destruyéndola para siempre. Esperaba no ser yo.

Nos fuimos a la cama y cuando apagué las luces me preguntó:

-¿Cuándo quieres hacerlo, ahora o por la mañana?

-Por la mañana -dije, y me di la vuelta.

Por la mañana me levanté, hice un par de cafés y le llevé uno a la cama. Se echó a reír.

-Eres el primer hombre que conozco que no ha querido hacerlo por la noche.

-No hay problema -dije-. En realidad no tenemos que hacerlo.

-No, espera, ahora quiero yo. Déjame que me refresque un poco.

Se fue al baño. Salió enseguida, realmente maravillosa, largo pelo negro resplandeciente, ojos y labios resplandecientes, toda resplandor… Se desperezó sosegadamente, buena cosa. Se metió en la cama.

-Ven, amor.

Fui. Besaba con abandono, pero sin prisa. Dejé que mis manos recorriesen su cuerpo. Acariciasen su pelo. La monté. Su carne era cálida y firme. Empecé a moverme despacio y queriendo que durara. Ella me miraba a los ojos.

-¿Cómo te llamas? -pregunté.

-¿Qué diablos importa? -preguntó ella.

Solté una carcajada y seguí. Después se vistió y la llevé en coche al bar, pero era difícil olvidarla. No tenía que trabajar así que dormí hasta las dos y luego me levanté y leí el periódico. Cuando estaba en la bañera, entró ella con una hoja: una oreja de elefante.

-Sabía que estarías en la bañera -dijo-, así que te traje algo para tapar esa cosa.

Y me echó encima, en la bañera, la hoja de elefante.

-¿Cómo sabías que estaba en la bañera?

-Lo sabía.

Cass llegaba casi todos los días cuando yo estaba en la bañera. No era siempre la misma hora, pero raras veces fallaba, y traía las hojas de elefante. Y luego hacíamos el amor. Telefoneó una o dos noches y tuve que sacarla de la cárcel por borrachera y pelea.

-Esos hijos de puta -decía-, solo porque te pagan unas copas creen que pueden llevarte a la cama.

-La culpa la tienes tú por aceptar la copa.

-Yo creía que se interesaba por mí, no solo por mi cuerpo.

-A mí me interesas tú y tu cuerpo. Pero dudo que la mayoría de los hombres puedan ver más allá de tu cuerpo.

Dejé la ciudad y estuve fuera seis meses, anduve vagabundeando; volví. No había olvidado a Cass ni un momento, pero habíamos tenido algún tipo de discusión y además yo tenía ganas de ponerme en marcha, y cuando volví pensé que se habría ido; pero no llevaba sentado treinta minutos en el West End cuando ella llegó y se sentó a mi lado.

-Vaya, cabrón, veo que has vuelto.

Pedí un trago para ella. Luego la miré. Llevaba un vestido de cuello alto. Nunca la había visto así. Y debajo de cada ojo, clavado, llevaba un alfiler de cabeza de cristal. Solo se podían ver las cabezas de los alfileres, pero los alfileres estaban clavados.

-Maldita sea, aún sigues intentando destruir tu belleza….

-No, no seas tonto, es la moda.

-Estás chiflada.

-Te he echado de menos -dijo.

-¿Hay otro?

-No, no hay ninguno. Solo tú. Pero ahora trabajo en la calle. Cobro diez billetes. Pero para ti es gratis.

-Sácate esos alfileres.

-No, es la moda.

-Me hace muy desgraciado.

-¿Estás seguro?

-Sí, mierda, estoy seguro.

Se sacó lentamente los alfileres y los guardo en el bolso.

-Porque la gente cree que es todo lo que tengo. La belleza no es nada. La belleza no permanece. No sabes la suerte que tienes siendo feo, porque si le agradas a alguien sabes que es por otra cosa.

-Vale -dije-, tengo mucha suerte.

-No quiero decir que seas feo. Solo que la gente cree que lo eres. Tienes una cara fascinante.

-Gracias.

Tomamos otra copa.

-¿Qué andas haciendo? -preguntó.

-Nada. No soy capaz de apegarme a nada. Nada me interesa.

-A mí tampoco. Si fueses mujer podrías ser puta.

-No creo que quisiera establecer un contacto tan íntimo con tantos extraños. Debe ser un fastidio.

-Tienes razón, es fastidioso, todo es fastidioso.

Salimos juntos a la calle. La gente aún miraba a Cass. Aún era una mujer hermosa, quizá más que nunca.

Fuimos a casa. Abrí una botella de vino y hablamos. A Cass y a mí siempre nos era fácil hablar. Ella hablaba un rato, yo escuchaba, y luego hablaba yo. Nuestra conversación fluía fácil sin tensión. Era como si descubriésemos secretos juntos. Cuando descubríamos uno bueno, Cass se reía con aquella risa… de aquella manera en que solo ella podía reírse. Y durante la charla nos besábamos y nos arrimábamos. Nos pusimos muy calientes y decidimos irnos a la cama. Fue entonces cuando Cass se quito aquel vestido del cuello alto y lo vi… Vi la mellada y horrible cicatriz que le cruzaba el cuello. Era grande y ancha.

-Maldita sea, condenada, ¿Qué has hecho? -dije desde la cama.

-Lo intenté con una botella rota una noche. ¿Ya no te gusto? ¿Soy bonita aún?

La arrastré a la cama y la besé. Me empujó y se echo a reír:

-Algunos me pagan los diez y luego, cuando me desvisto, no quieren hacerlo. Yo me quedo los diez. Es muy divertido.

-Sí -dije-, no puedo parar de reír… Cass, cabrona, te amo… deja de destruirte; eres la mujer con más vida que conozco.

Volvimos a besarnos. Cass lloraba en silencio. Sentí las lágrimas. Sentí aquel pelo largo y negro tendido bajo mí como una bandera de muerte. Disfrutamos e hicimos un amor lento y sombrío y maravilloso.

Por la mañana, Cass estaba levantada haciendo el desayuno. Parecía muy tranquila y feliz. Cantaba. Yo me quedé en la cama gozando su felicidad. Por fin, vino y me zarandeó.

-¡Arriba, cabrón! ¡Échate agua fría en la cara y la pinga y ven a disfrutar del banquete!

Ese día la llevé en coche a la playa. No era un día de fiesta y aún no era verano, todo estaba espléndidamente desierto. Vagabundos playeros en andrajos dormían en la arena. Había otros sentados en bancos de piedra compartiendo una botella solitaria. Las gaviotas revoloteaban, estúpidas pero distraídas. Ancianas de setenta y ochenta, sentadas en los bancos, discutían las ventas de fincas dejadas por maridos asesinados mucho tiempo atrás por la angustia y la estupidez de la supervivencia. Había paz en el aire y paseamos y estuvimos tumbados por allí y no hablamos mucho. Era agradable simplemente estar juntos. Compré sándwiches, papas fritas y bebidas y nos sentamos a beber en la arena. Luego abracé a Cass y dormimos así abrazados un rato. Era mejor que hacer el amor. Era como fluir juntos sin tensión. Luego volvimos a casa en mi coche y preparé la cena. Después de cenar, le sugerí a Cass que viviésemos juntos. Se quedó mucho rato mirándome y luego dijo lentamente: “no”. La llevé de nuevo al bar, le pagué una copa y me fui.

Al día siguiente, encontré trabajo como empaquetador en una fábrica y trabajé todo lo que quedaba de semana. Estaba demasiado cansado para andar mucho por ahí, pero el viernes por la noche me acerqué al West End. Me senté y esperé a Cass. Pasaron horas. Cuando estaba ya bastante borracho, me dijo el encargado.

-Siento lo de tu amiga.

-¿El qué? -pregunté.

-Lo siento. ¿No lo sabías?

-No

-Suicidio, la enterraron ayer.

-¿Enterrada? -pregunté. Parecía como si fuese a aparecer en la puerta de un momento a otro. ¿Cómo podía haber muerto?

-La enterraron las hermanas.

-¿Un suicidio? ¿Cómo fue?

-Se cortó el cuello.

-Ya. Dame otro trago.

Estuve bebiendo allí hasta que cerraron. Cass, la más bella de las cinco hermanas, la mujer más hermosa de la ciudad. Conseguí conducir hasta casa sin poder dejar de pensar que debería haber insistido en que se quedara conmigo en vez de aceptar aquel “no”. Todo en ella había indicado que le pasaba algo. Yo sencillamente había sido demasiado insensible, demasiado despreocupado. Me merecía mi muerte y la de ella. Era un perro. No, ¿por qué acusar a los perros? Me levanté, busqué una botella de vino, bebí lúgubremente. Cass, la chica más guapa de la ciudad, muerta a los veinte años.

Fuera, alguien tocaba la bocina de un coche. Unos bocinazos escandalosos, persistentes. Dejé la botella y aullé:

-¡MALDITO SEAS, CONDENADO HIJO DE PUTA, CÁLLATE YA!

Seguía avanzando la noche y yo no podía hacer nada.

martes, 27 de octubre de 2020

Virginia Woolf - La duquesa y el joyero


La duquesa y el joyero
©Virginia Woolf

Oliver Bacon vivía en lo alto de una casa junto a Green Park. Tenía un departamento; las sillas estaban colocadas de manera que el asiento quedaba perfectamente orientado, sillas forradas en piel. Los sofás llenaban los miradores de las ventanas, sofás forrados con tapicería. Las ventanas, tres alargadas ventanas, estaban debidamente provistas de discretos visillos y cortinas de satén. El aparador de caoba ocupaba un discreto espacio, y contenía los brandys, los whiskys y los licores que debía contener. Y, desde la ventana central, Oliver Bacon contemplaba las relucientes techumbres de los elegantes automóviles que atestaban los atestados vericuetos de Piccadilly. Difícilmente podía imaginarse una posición más céntrica. Y a las ocho de la mañana le servían el desayuno en bandeja; se lo servía un criado; el criado desplegaba la bata carmesí de Oliver Bacon; él abría las cartas con sus largas y puntiagudas uñas, y extraía gruesas cartulinas blancas de invitación, en las que sobresalían de manera destacada los nombres de duquesas, condesas, vizcondesas y honorables damas. Después Oliver Bacon se aseaba; después se comía las tostadas; después leía el periódico a la brillante luz de la electricidad.

Dirigiéndose a sí mismo, decía: «Hay que ver, Oliver… Tú que comenzaste a vivir en una sucia calleja, tú que…», y bajaba la vista a sus piernas, tan elegantes, enfundadas en los perfectos pantalones, y a sus botas, y a sus polainas. Todo era elegante, reluciente, del mejor paño, cortado por las mejores tijeras de Savile Row. Pero a menudo Oliver Bacon se desmantelaba y volvía a ser un muchacho en una oscura calleja. En cierta ocasión pensó en la cumbre de sus ambiciones: vender perros robados a elegantes señoras en Whitechapel. Y lo hizo. «Oh, Oliver», gimió su madre. «¡Oh, Oliver! ¿Cuándo sentarás cabeza?»… Después Oliver se puso detrás de un mostrador; vendió relojes baratos; después transportó una cartera de bolsillo a Ámsterdam… Al recordarlo, solía reír por lo bajo… el viejo Oliver evocando al joven Oliver. Sí, hizo un buen negocio con los tres diamantes, y también hubo la comisión de la esmeralda. Después de esto, pasó al despacho privado, en la trastienda de Hatton Garden; el despacho con la balanza, la caja fuerte, las gruesas lupas. Y después… y después… Rió por lo bajo. Cuando Oliver pasaba por entre los grupitos de joyeros, en los cálidos atardeceres, que hablaban de precios, de minas de oro, de diamantes y de informes de África del Sur, siempre había alguno que se ponía un dedo sobre la parte lateral de la nariz y murmuraba «hum-m-m», cuando Oliver pasaba. No era más que un murmullo, no era más que un golpecito en el hombro, que un dedo en la nariz, que un zumbido que recorría los grupitos de joyeros en Hatton Garden, un cálido atardecer ¡Hacía muchos años…! Pero Oliver todavía lo sentía recorriéndole el espinazo, todavía sentía el codazo, el murmullo que significaba: «Mírenlo -el joven Oliver, el joven joyero- ahí va.» Y realmente era joven entonces. Y comenzó a vestir mejor y mejor; y tuvo, primero, un cabriolé; después un automóvil; y primero fue a platea y después a palco. Y tenía una villa en Richmond, junto al río, con rosales de rosas rojas; y Mademoiselle solía cortar una rosa todas las mañanas, y se la ponía en el ojal, a Oliver.

-Vaya -dijo Oliver, mientras se ponía en pie y estiraba las piernas-. Vaya…

Y quedó en pie bajo el retrato de una vieja señora, encima de la chimenea, y levantó las manos.

-He cumplido mi palabra -dijo juntando las palmas de las manos, como si rindiera homenaje a la señora-. He ganado la apuesta.

Y no mentía; era el joyero más rico de Inglaterra; pero su nariz, larga y flexible, como la trompa de un elefante, parecía decir mediante el curioso temblor de las aletas (aunque se tenía la impresión de que la nariz entera temblara, y no sólo las aletas) que todavía no estaba satisfecho, todavía olía algo, bajo la tierra, un poco más allá. Imaginemos a un gigantesco cerdo en un terreno fecundo en trufas; después de desenterrar esta trufa y aquella otra, todavía huele otra mayor, más negra, bajo la tierra, un poco más allá. De igual manera, Oliver siempre husmeaba en la rica tierra de Mayfair otra trufa, más negra, más grande, un poco más allá.

Ahora rectificó la posición de la perla de la corbata, se enfundó en su elegante abrigo azul, y cogió los guantes amarillos y el bastón. Balanceándose, bajó la escalera, y en el momento de salir a Piccadilly, medio resopló, medio suspiró, por su larga y aguda nariz. Ya que, ¿acaso no era todavía un hombre triste, un hombre insatisfecho, un hombre que busca algo oculto, a pesar de que había ganado la apuesta?

Siempre se balanceaba un poco al caminar, igual que el camello del zoológico se balancea a uno y otro lado, cuando camina por entre los senderos de asfalto, atestados de tenderos acompañados por sus esposas, que comen el contenido de bolsas de papel y arrojan al sendero porcioncillas de papel de plata. El camello desprecia a los tenderos; el camello no está contento de su suerte; el camello ve el lago azul, y la orla de palmeras a su alrededor. De igual manera el gran joyero, el más grande joyero del mundo entero, avanzaba balanceándose por Piccadilly, perfectamente vestido, con sus guantes, con su bastón, pero todavía descontento, hasta que llegó a la oscura tiendecilla que era famosa en Francia, en Alemania, en Austria, en Italia, y en toda América: la oscura tiendecilla en la Calle Bond.

Como de costumbre, cruzó la tienda sin decir palabra, a pesar de que los cuatro hombres, los dos mayores, Marshall y Spencer, y los dos jóvenes, Hammond y Wicks, se irguieron y le miraron, con envidia. Sólo por el medio de agitar un dedo, enfundado en guante de color de ámbar, dio Oliver a entender que se había dado cuenta de la presencia de los cuatro. Y entró y cerró tras sí la puerta de su despacho privado.

A continuación, abrió la cerradura de las rejas que protegían la ventana. Entraron los gritos de la Calle Bond; entró el distante murmullo del tránsito. La luz reflejada en la parte trasera de la tienda se proyectaba hacia lo alto. Un árbol agitó seis hojas verdes, porque corría el mes de junio. Pero Mademoiselle se había casado con el señor Pedder, de la destilería de la localidad, y ahora nadie le ponía a Oliver rosas en el ojal.

-Vaya -medio suspiró, medio resopló- vaya…

Entonces oprimió un resorte en la pared, y los paneles de madera resbalaron lentamente a un lado, revelando, detrás, las cajas fuertes de acero, cinco, no, seis, todas ellas de bruñido acero. Dio la vuelta a una llave; abrió una; luego otra. Todas ellas estaban forradas con grueso terciopelo carmesí, y en todas reposaban joyas: pulseras, collares, anillos, tiaras, coronas ducales, piedras sueltas en cajitas de cristal, rubíes, esmeraldas, perlas, diamantes. Todas seguras, relucientes, frías pero ardiendo, eternamente, con su propia luz comprimida.

-¡Lágrimas! -dijo Oliver contemplando las perlas.

-¡Sangre del corazón! -dijo mirando los rubíes.

-¡Pólvora! -prosiguió, revolviendo los diamantes de manera que lanzaron destellos y llamas.

-Pólvora suficiente para volar Mayfair hasta las nubes, y más arriba, más arriba, más arriba-. Y lo dijo echando la cabeza atrás y emitiendo sonidos como los del relincho del caballo.

El teléfono emitió un zumbido de untuosa cortesía, en voz baja, en sordina, sobre la mesa. Oliver cerró la caja de caudales.

-Dentro de diez minutos -dijo-. Ni un minuto antes.

Se sentó detrás del escritorio y contempló las cabezas de los emperadores romanos grabadas en los gemelos de la camisa. Una vez más se desmanteló y otra vez volvió a ser el muchachuelo que jugaba a canicas, en la calleja donde se venden perros robados, los domingos. Se transformó en aquel voluntarioso y astuto muchachito, con labios rojos como cerezas húmedas. Metía los dedos en montones de tripa; los hundía en sartenes llenas de pescado frito; escabullándose salía y penetraba en multitudes. Era flaco, ágil, con ojos como piedras pulidas. Y ahora… ahora… las saetas del reloj seguían avanzando al son del tic-tac, uno, dos, tres, cuatro… La duquesa de Lambourne esperaba por el placer de Oliver; la duquesa de Lambourne, hija de cien vizcondes. Esperaría durante diez minutos, en una silla junto al mostrador. Esperaría, por placer de Oliver. Esperaría hasta que Oliver quisiera recibirla. Oliver contemplaba el reloj alojado en su caja forrada de cuero. La saeta avanzaba. Con cada uno de sus tic-tacs, el reloj entregaba a Oliver -esto parecía- paté de foie gras, una copa de champaña, otra de brandy viejo, un cigarro que valía una guinea. El reloj lo iba dejando todo sobre la mesa, a su lado, mientras transcurrían los diez minutos. Entonces oyó suaves y lentos pasos acercándose; un rumor en el pasillo. Se abrió la puerta. El señor Hammond quedó pegado a la pared.

El señor Hammond anunció:

-¡Su gracia, la Duquesa!

Y esperó allí, pegado a la pared.

Y Oliver, al ponerse en pie, oyó el rumor del vestido de la Duquesa, que se acercaba por el pasillo. Después la Duquesa se cernió sobre él, ocupando el vano de la puerta por entero, llenando el cuarto con el aroma, el prestigio, la arrogancia, la pompa, el orgullo de todos los duques y de todas las duquesas, alzados en una sola ola. Y, de la misma forma que rompe una ola, la Duquesa rompió, al sentarse, avanzando y salpicando, cayendo sobre Oliver Bacon, el gran joyero, y cubriéndolo de vivos y destellantes colores, verde, rosado, violeta; y de olores; y de iridiscencias; centellas saltaban de los dedos, se desprendían de las plumas, rebrillaban en la seda; ya que la Duquesa era muy corpulenta, muy gorda, prietamente enfundada en tafetán de color de rosa, y pasada ya la flor de la edad. De la misma manera que una sombrilla con muchas varillas, que un pavo real con muchas plumas, cierra las varillas, pliega las plumas, la Duquesa se apaciguó, se replegó, en el momento de hundirse en el sillón de cuero.

-Buenos días, señor Bacon -dijo la Duquesa. Y alargó la mano que había salido por el corte rectilíneo de su blanco guante. Y Oliver se inclinó profundamente al estrechar la mano. En el instante en que sus manos se tocaron volvió a formarse una vez más el vínculo que les unía. Eran amigos, y, al mismo tiempo, enemigos; él era amo, ella era ama; cada cual engañaba al otro, cada cual necesitaba al otro, cada cual temía al otro, cada cual sabía lo anterior, y se daba cuenta de ello siempre que sus manos se tocaban, en el cuartito de la trastienda, con la blanca luz fuera, y el árbol con sus seis hojas, y el sonido de la calle a lo lejos, y las cajas fuertes a espaldas de los dos.

-Ah, Duquesa, ¿en qué puedo servirla hoy? -dijo Oliver en voz baja.

La Duquesa le abrió su corazón, su corazón privado, de par en par. Y, con un suspiro, aunque sin palabras, extrajo del bolso una alargada bolsa de cuero, que parecía un flaco hurón amarillo. Y por la apertura de la barriga del hurón, la Duquesa dejó caer perlas, diez perlas. Rodando cayeron por la apertura de la barriga del hurón -una, dos, tres, cuatro-, como huevos de un pájaro celestial.

-Son cuanto me queda, mi querido señor Bacon -gimió la Duquesa-. Cinco, seis, siete… rodando cayeron por las pendientes de las vastas montañas cuyas laderas se hundían entre las rodillas de la Duquesa, hasta llegar a un estrecho valle, la octava, la nona, y la décima. Y allí quedaron, en el resplandor del tafetán del color de la flor del melocotón. Diez perlas.

-Del cinto de los Appleby -dijo dolida la Duquesa-. Las últimas… Cuantas quedaban…

Oliver se inclinó y cogió una perla entre índice y pulgar. Era redonda, era reluciente. Pero, ¿era auténtica o falsa? ¿Volvía la Duquesa a mentirle? ¿Sería capaz de hacerlo otra vez?

La Duquesa se llevó un dedo rollizo a los labios.

-Si el Duque lo supiera… -murmuró-. Querido señor Bacon, una racha de mala suerte…

¿Había vuelto a jugar, realmente?

-¡Ese villano! ¡Ese sinvergüenza! -dijo la Duquesa entre dientes.

¿El hombre con el pómulo partido? Mal bicho, ciertamente. Y el Duque, que era recto como una vara, con sus patillas, la dejaría sin un céntimo, la encerraría allá abajo… Qué sé yo, pensó Oliver, y dirigió una mirada a la caja de caudales.

-Araminta, Daphne, Diana -gimió la Duquesa-. Es para ellas.

Las damas Araminta, Daphne y Diana, las hijas de la Duquesa. Oliver las conocía; las adoraba. Pero Diana era aquella a la que amaba.

-Sabe usted todos mis secretos -dijo la Duquesa mirando de soslayo a Oliver. Lágrimas resbalaron; lágrimas cayeron; lágrimas como diamantes, que se cubrieron de polvo en las veredas de las mejillas de la Duquesa, del color de la flor del cerezo.

-Viejo amigo -murmuró la Duquesa- viejo amigo.

-Viejo amigo -repitió Oliver- viejo amigo-, como si lamiera las palabras.

-¿Cuánto? -preguntó Oliver.

La Duquesa cubrió las perlas con la mano.

-Veinte mil -murmuró la Duquesa.

Pero, ¿era auténtica o falsa, aquella perla que Oliver tenía en la mano? El cinto de los Appleby, ¿pero es que no lo había vendido ya la Duquesa? Llamaría a Spencer o a Hammond.

-Tenga y haga la prueba de autenticidad -diría Oliver. Se inclinó hacia el timbre.

-¿Vendrá mañana? -preguntó la Duquesa en tono de encarecida invitación, interrumpiendo así a Oliver-. El Primer Ministro… Su Alteza Real… -La Duquesa se calló-. Y Diana… -añadió.

Oliver alejó la mano del timbre.

Miró por encima del hombro de la Duquesa las paredes traseras de las casas de la Calle Bond. Pero no vio las casas de la Calle Bond, sino un río turbulento, y truchas y salmones saltando, y el Primer Ministro, y también se vio a sí mismo con chaleco blanco, y luego vio a Diana. Bajó la vista a la perla que tenía en la mano. ¿Cómo iba a someterla a prueba, a la luz del río, a la luz de los ojos de Diana? Pero los ojos de la Duquesa lo estaban mirando.

-Veinte mil -gimió la Duquesa-. ¡Es mi honor!

¡El honor de la madre de Diana! Oliver cogió el talonario; sacó la pluma.

-Veinte… -escribió. Entonces dejó de escribir. Los ojos de la vieja mujer retratada lo estaban mirando, los ojos de aquella vieja que era su madre.

-¡Oliver! -le decía su madre-. ¡Un poco de sentido común! ¡No seas loco!

-¡Oliver! -suplicó la Duquesa (ahora era Oliver y no señor Bacon)-. ¿Vendrá a pasar un largo final de semana?

¡A solas en el bosque con Diana! ¡Cabalgando a solas en el bosque con Diana!

-Mil -escribió, y firmó el talón.

-Tenga -dijo Oliver.

Y se abrieron todas las varillas de la sombrilla, todas las plumas del pavo real, el resplandor de la ola, las espadas y las lanzas de Agincourt, cuando la Duquesa se levantó del sillón. Y los dos viejos y los dos jóvenes, Spencer y Marshall, Wicks y Hammond, se pegaron a la pared, detrás del mostrador, envidiando a Oliver, mientras éste acompañaba a la Duquesa, a través de la tienda, hasta la puerta. Y Oliver agitó su guante amarillo ante las narices de los cuatro, y la Duquesa conservó su honor -un talón de veinte mil libras, con la firma de Oliver- firmemente en sus manos.

-¿Son auténticas o son falsas? -preguntó Oliver, cerrando la puerta de su despacho privado.

Allí estaban las diez perlas sobre el papel secante, en el escritorio. Fue con ellas a la ventana. Con la lupa las miró a la luz… ¡Aquella era la trufa que había extraído de la tierra! Podrida por dentro…

-Perdóname, madre -suspiró Oliver, levantando la mano, como si pidiera perdón a la vieja retratada. Y, una vez más, fue un chicuelo en la calleja en donde vendían perros robados los domingos.

-Porque -murmuró juntando las palmas de las manos- será un fin de semana largo.