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lunes, 12 de agosto de 2019

Inés Arredondo - Estío



Estío
©Inés Arredondo

Estaba sentada en una silla de extensión a la sombra del amate, mirando a Román y Julio practicar el volley-ball a poca distancia. Empezaba a hacer bastante calor y la calma se extendía por la huerta.
–Ya, muchachos. Si no, se va a calentar el refresco.
Con un acuerdo perfecto y silencioso, dejaron de jugar. Julio atrapó la bola en el aire y se la puso bajo el brazo. El crujir de la grava bajo sus pies se fue acercando mientras yo llenaba los vasos. Ahí estaban ahora ante mí y daba gusto verlos, Román rubio, Julio moreno.
–Mientras jugaban estaba pensando en qué había empleado mi tiempo desde que Román tenía cuatro años… No lo he sentido pasar, ¿no es raro?
–Nada tiene de raro, puesto que estabas conmigo –dijo riendo Román, y me dio un beso.
–Además, yo creo que esos años realmente no han pasado. No podría usted estar tan joven.
Román y yo nos reímos al mismo tiempo. El muchacho bajó los ojos, la cara roja, y se aplicó a presionarse un lado de la nariz con el índice doblado, en aquel gesto que le era tan propio.
–Déjate en paz esa nariz.
–No lo hago por ganas, tengo el tabique desviado.
–Ya lo sé, pero te vas a lastimar.
Román hablaba con impaciencia, como si el otro lo estuviera molestando a él. Julio repitió todavía una vez o dos el gesto, con la cabeza baja, y luego sin decir nada se dirigió a la casa.
A la hora de cenar ya se habían bañado y se presentaron frescos y alegres.
–¿Qué han hecho?
–Descansar y preparar luego la tarea de cálculo diferencial. Le tuve que explicar a este animal A por B, hasta que entendió.
Comieron con su habitual apetito. Cuando bebían la leche Román fingió ponerse grave y me dijo.
–Necesito hablar seriamente contigo.
Julio se ruborizó y se levantó sin mirarnos.
–Ya me voy.
–Nada de que te vas. Ahora aguantas aquí a pie firme. –Y volviéndose hacia mí continuó–: Es que se trata de él, por eso quiere escabullirse. Resulta que le avisaron de su casa que ya no le pueden mandar dinero y quiere dejar la carrera para ponerse a trabajar. Dice que al fin apenas vamos en primer año…
Los nudillos de las manos de Julio estaban amarillos de lo que apretaba el respaldo de la silla. Parecía hacer un gran esfuerzo para contenerse; incluso levantó la cabeza como si fuera a hablar, pero la dejó caer otra vez sin haber dicho palabra.
–… yo quería preguntarte si no podría vivir aquí, con nosotros. Sobra lugar y…
–Por supuesto; es lo más natural. Vayan ahora mismo a recoger sus cosas: llévate el auto para traerlas.
Julio no despegó los labios, siguió en la misma actitud de antes y solo me dedicó una mirada que no traía nada de agradecimiento, que era más bien un reproche. Román lo cogió de un brazo y le dio un tirón fuerte. Julio soltó la silla y se dejó jalar sin oponer resistencia, como un cuerpo inerte.
–Tiende la cama mientras volvemos –me gritó Román al tiempo de dar a Julio un empellón que lo sacó por la puerta de la calle.
Abrí por completo las ventanas del cuarto de Román. El aire estaba húmedo y hacia el oriente se veían relámpagos que iluminaban el cielo encapotado; los truenos lejanos hacían más tierno el canto de los grillos. De sobre la repisa quité el payaso de trapo al que Román durmiera abrazado durante tantos años, y lo guardé en la parte alta del clóset. Las camas gemelas, el restirador, los compases, el mapamundi y las reglas, todo estaba en orden. Únicamente habría que comprar una cómoda para Julio. Puse en la repisa el despertador, donde estaba antes el payaso, y me senté en el alféizar de la ventana.

*

–Si no la va a ver nadie.
–Ya lo sé, pero…
–¿Pero qué?
–Está bien. Vamos.
Nunca se me hubiera ocurrido bajar a bañarme al río, aunque mi propia huerta era un pedazo de margen. Nos pasamos la mañana dentro del agua, y allí, metidos hasta la cintura, comimos nuestra sandía y escupimos las pepitas hacia la corriente. No dejábamos que el agua se nos secara completamente en el cuerpo. Estábamos continuamente húmedos, y de ese modo el viento ardiente era casi agradable. A medio día, subí a la casa en traje de baño y regresé con sándwiches, galletas y un gran termo con té helado. Muy cerca del agua y a la sombra de los mangos nos tiramos para dormir la siesta.
Abrí los ojos cuando estaba cayendo la tarde. Me encontré con la mirada de indefinible reproche de Julio. Román seguía durmiendo.
–¿Qué te pasa? –dije en voz baja.
–¿De qué?
–De nada –sentí un poco de vergüenza.
Julio se incorporó y vino a sentarse a mi lado. Sin alzar los ojos me dijo:
–Quisiera irme de la casa.
Me turbé, no supe por qué, y solo pude responderle con una frase convencional.
–¿No estás contento con nosotros?
–No se trata de eso es que…
Román se movió y Julio me susurró apresurado.
–Por favor, no le diga nada de esto.

*

–Mamá, no seas, ¿para qué quieres que te roguemos tanto? Péinate y vamos.
–Puede que la película no esté muy buena, pero siempre se entretiene uno.
–No, ya les dije que no.
–¿Qué va a hacer usted sola en este caserón toda la tarde?
–Tengo ganas de estar sola.
–Déjala, Julio, cuando se pone así no hay quién la soporte. Ya me extrañaba que hubiera pasado tanto tiempo sin que le diera uno de esos arrechuchos. Pero ahora no es nada, dicen que recién muerto mi padre…
Cuando salieron todavía le iba contando la vieja historia. El calor se metía al cuerpo por cada poro; la humedad era un vapor quemante que envolvía y aprisionaba, uniendo y aislando a la vez cada objeto sobre la tierra, una tierra que no se podía pisar con el pie desnudo. Aun las baldosas entre el baño y mi recámara estaban tibias. Llegué a mi cuarto y dejé caer la toalla;
frente al espejo me desaté los cabellos y dejé que se deslizaran libres sobre los hombros, húmedos por la espalda húmeda. Me sonreí en la imagen. Luego me tendí boca abajo sobre el cemento helado y me apreté contra él: la sien, la mejilla, los pechos, el vientre, los muslos. Me estiré con un suspiro y me quedé adormilada, oyendo como fondo a mi entresueño el bordoneo vibrante y perezoso de los insectos en la huerta.
Más tarde me levanté, me eché encima una bata corta, y sin calzarme ni recogerme el pelo fui a la cocina, abrí el refrigerador y saqué tres mangos gordos, duros. Me senté a comerlos en las gradas que están al fondo de la casa, de cara a la huerta. Cogí uno y lo pelé con los dientes, luego lo mordí con toda la boca, hasta el hueso; arranqué un trozo grande, que apenas me cabía y sentí la pulpa aplastarse y al jugo correr por mi garganta, por las comisuras de la boca, por mi barbilla, después por entre los dedos y a lo largo de los antebrazos. Con impaciencia pelé el segundo. Y más calmada, casi satisfecha ya, empecé a comer el tercero.
Un chancleteo me hizo levantar la cabeza. Era la Toña que se acercaba. Me quedé con el mango entre las manos, torpe, inmóvil, y el jugo sobre la piel empezó a secarse rápidamente y a ser incómodo, a ser una porquería.
–Volví porque se me olvidó el dinero –me miró largamente con sus ojos brillantes, sonriendo–: Nunca la había visto comer así, ¿verdad que es rico?
–Sí, es rico. –Y me reí levantando más la cabeza y dejando que las últimas gotas pesadas resbalaran un poco por mi cuello–. Muy rico. –Y sin saber por qué comencé a reírme alto, francamente. La Toña se rió también y entró en la cocina. Cuando pasó de nuevo junto a mí me dijo con sencillez:
–Hasta mañana.
Y la vi alejarse, plas, plas, con el chasquido de sus sandalias y el ritmo seguro de sus caderas.
Me tendí en el escalón y miré por entre las ramas al cielo cambiar lentamente, hasta que fue de noche.

*

Un sábado fuimos los tres al mar. Escogí una playa desierta porque me daba vergüenza que me vieran ir de paseo con los muchachos como si tuviéramos la misma edad. Por el camino cantamos hasta quedarnos con las gargantas lastimadas, y cuando la brecha desembocó en la playa y en el horizonte vimos reverberar el mar, nos quedamos los tres callados.
En el macizo de palmeras dejamos el bastimento y luego cada uno eligió una duna para desvestirse.
El retumbo del mar caía sordo en el aire pesado de sol. Untándome con el aceite me acerqué hasta la línea húmeda que la marea deja en la arena. Me senté sobre la costra dura, casi seca, que las olas no tocan.
Lejos, oí los gritos de los muchachos; me volví para verlos: no estaban separados de mí más que por unos metros, pero el mar y el sol dan otro sentido a las distancias.
Vinieron corriendo hacia donde yo estaba y pareció que iban a atropellarme, pero un momento antes de hacerlo Román frenó con los pies echados hacia adelante levantando una gran cantidad de arena y, cayendo de espaldas, mientras Julio se dejaba ir de bruces a mi lado, con toda la fuerza y la total confianza que hubiera puesto en un clavado a una piscina. Se quedaron quietos, con los ojos cerrados; los flancos de ambos palpitaban, brillantes por el sudor. A pesar del mar podía escuchar el jadeo de sus respiraciones. Sin dejar de mirarlos me fui sacudiendo la arena que habían echado sobre mí. Román levantó la cabeza.
–¡Qué bruto eres, mano, por poco le caes encima!
Julio ni se movió.
–¿Y tú? Mira cómo la dejaste de arena.
Seguía con los ojos cerrados, o eso parecía; tal vez me observaba así siempre, sin que me diera cuenta.
–Te vamos a enseñar unos ejercicios del pentatlón ¿eh?
Román se levantó y al pasar junto a Julio le puso un pie en las costillas y brincó por encima de él. Vi aquel pie desmesurado y tosco sobre el torso delgado. Corrieron, lucharon, los miembros esbeltos confundidos en un haz nervioso y lleno de gracia. Luego Julio se arrodilló y se dobló sobre sí mismo haciendo un obstáculo compacto mientras Román se alejaba.
–Ahora vas a ver el salto del tigre –me gritó Román antes de iniciar la carrera tendida hacia donde estábamos Julio y yo.
Lo vi contraerse y lanzarse al aire vibrante, con las manos extendidas hacia adelante y la cara oculta entre los brazos. Su cuerpo se estiró infinitamente y quedó suspendido en el salto que era un vuelo. Dorado en el sol, tersa su sombra sobre la arena. El cuerpo como un río fluía junto a mí, pero yo no podía tocarlo. No se entendía para qué estaba Julio ahí, abajo, porque no había necesidad alguna de salvar nada, no se trataba de un ejercicio: volar, tenderse en el tiempo de la armonía como en el propio lecho, estar en el ambiente de la plenitud, eso era todo. No sé cuándo, cuando Román cayó al fin sobre la arena, me levanté sin decir nada, me encaminé hacia el mar, fui entrando en él paso a paso, segura contra la resaca.
El agua estaba tan fría que de momento me hizo tiritar; pasé el reventadero y me tiré a mi vez de bruces, con fuerza. Luego comencé a nadar. El mar copiaba la redondez de mi brazo,respondía al ritmo de mis movimientos, respiraba. Me abandoné de espaldas y el sol quemó mi cara mientras el mar helado me sostenía entre la tierra y el cielo. Las auras planeaban lentas en el mediodía; una gran dignidad aplastaba cualquier pensamiento; lejos, algún grito de pájaro y el retumbar de las olas.
Salí del agua aturdida. Me gustó no ver a nadie. Encontré mis sandalias, las calcé y caminé sobre la playa que quemaba como si fuera un rescoldo. Otra vez mi cuerpo, mi caminar pesado que deja huella. Bajo las palmeras recogí la toalla y comencé a secarme. Al quedar descalza, el contacto con la arena fría de la sombra me produjo una sensación discordante; me volví a mirar el mar; pero de todas maneras un enojo pequeño, casi un destello de angustia, me siguió molestando.
Llevaba un gran rato tirada boca abajo, medio dormida, cuando sentí su voz enronquecida rozar mi oreja. No me tocó, solamente dijo:
–Nunca he estado con una mujer.
Permanecí sin moverme. Escuchaba al viento al ras de la arena, lijándola.
Cuando recogíamos nuestras cosas para regresar, Román comentó.
–Está loco, se ha pasado la tarde acostado, dejando que las olas lo bañaran. Ni siquiera se movió cuando le dije que viniera a comer. Me impresionó porque parecía un ahogado.

*

Después de la cena se fueron a dar una vuelta, a hacer una visita, a mirar pasar a las muchachas o a hablar con ellas y reírse sin saber por qué. Sola, salí de la casa. Caminé sin prisa por el baldío vecino, pisando con cuidado las piedras y los retoños crujientes de las verdolagas. Desde el río subía el canto entrecortado y extenso de las ranas, cientos, miles tal vez. El cielo, bajo como un techo, claro y obvio. Me sentí contenta cuando vi que el cintilar de las estrellas correspondía exactamente al croar de las ranas.
Seguí hasta encontrar un recodo en donde los árboles permitían ver el río, abajo, blanco. En la penumbra de la huerta ajena me quedé como en un refugio, mirándolo fluir. Bajo mis pies la espesa capa de hojas, y más abajo la tierra húmeda, olorosa a ese fermento saludable tan cercano sin embargo a la putrefacción. Me apoyé en un árbol mirando abajo el cauce que era como el día. Sin que lo pensara, mis manos recorrieron la línea esbelta, voluptuosa y fina, y el áspero ardor de la corteza. Las ranas y la nota sostenida de un grillo, el río y mis manos conociendo el árbol. Caminos todos de la sangre ajena y mía, común y agolpada aquí, a esta hora, en esta margen oscura.
Los pasos sobre la hojarasca, el murmullo, las risas ahogadas, todo era natural, pero me sobresalté y me alejé de ahí apresurada. Fue inútil, tropecé de manos a boca con las dos siluetas negras que se apoyaban contra una tapia y se estremecían débilmente en un abrazo convulso. De pronto habían dejado de hablar, de reír, y entrado en el silencio.
No pude evitar hacer ruido y cuando huía avergonzada y rápida, oí clara la voz pastosa de la Toña que decía:
–No te preocupes, es la señora.
Las mejillas me ardían, y el contacto de aquella voz me persiguió en sueños esa noche, sueños extraños y espesos.
Los días se parecían unos a otros; exteriormente eran iguales, pero se sentía cómo nos internábamos paso a paso en el verano.
Aquella noche el aire era mucho más cargado y completamente diferente a todos los que había conocido hasta entonces. Ahora, en el recuerdo, vuelvo a respirarlo hondamente.
No tuve fuerzas para salir a pasear, ni siquiera para ponerme el camisón; me quedé desnuda sobre la cama, mirando por la ventana un punto fijo del cielo, tal vez una estrella entre las ramas. No me quejaba, únicamente estaba echada ahí, igual que un animal enfermo que se abandona a la naturaleza. No pensaba, y casi podría decir que no sentía. La única realidad era que mi cuerpo pesaba de una manera terrible; no, lo que sucedía era nada más que no podía moverme, aunque no sé por qué. Y sin embargo eso era todo: estuve inmóvil durante horas, sin ningún pensamiento, exactamente como si flotara en el mar bajo ese cielo tan claro. Pero no tenía miedo. Nada me llegaba; los ruidos, las sombras, los rumores, todo era lejano, y lo único que subsistía era mi propio peso sobre la tierra o sobre el agua; eso era lo que centraba todo aquella noche.
Creo que casi no respiraba, al menos no lo recuerdo; tampoco tenía necesidad alguna. Estar así no puede describirse porque casi no se está, ni medirse en el tiempo porque es a otra profundidad a la que pertenece.
Recuerdo que oí cuando los muchachos entraron, cerraron el zaguán con llave y cuchicheando se dirigieron a su cuarto. Oí muy claros sus pasos, pero tampoco entonces me moví. Era una trampa dulce aquella extraña gravidez.
Cuando el levísimo ruido se escuchó, toda yo me puse tensa, crispada, como si aquello hubiera sido lo que había estado esperando durante aquel tiempo interminable. Un roce y un como temblor, la vibración que deja en el aire una palabra, sin que nadie hubiera pronunciado una sílaba, y me puse de pie de un salto. Afuera, en el pasillo, alguien respiraba, no era posible oírlo, pero estaba ahí, y su pecho agitado subía y bajaba al mismo ritmo que el mío: eso nos igualaba, acortaba cualquier distancia. De pie a la orilla de la cama levanté los brazos anhelantes y cerré los ojos. Ahora sabía quién estaba del otro lado de la puerta. No caminé para abrirla; cuando puse la mano en la perilla no había dado un paso. Tampoco lo di hacia él, simplemente nos encontramos, del otro lado de la puerta. En la oscuridad era imposible mirarlo, pero tampoco hacía falta, sentía su piel muy cerca de la mía. Nos quedamos frente a frente, como dos ciegos que pretenden mirarse a los ojos. Luego puso sus manos en mi espalda y se estremeció. Lentamente me atrajo hacia él y me envolvió en su gran ansiedad refrenada. Me empezó a besar, primero apenas, como distraído, y luego su beso se fue haciendo uno solo. Lo abracé con todas mis fuerzas, y fue entonces cuando sentí contra mis brazos y en mis manos latir los flancos, estremecerse la espalda. En medio de aquel beso único en mi soledad, de aquel vértigo blando, mis dedos tantearon el torso como árbol, y aquel cuerpo joven me pareció un río fluyendo igualmente secreto bajo el sol dorado y en la ceguera de la noche. Y pronuncié el nombre sagrado.

*

Julio se fue de nuestra casa muy pronto, seguramente odiándome, al menos eso espero. La humillación de haber sido aceptado en el lugar de otro, y el horror de saber quién era ese otro dentro de mí, lo hicieron rechazarme con violencia en el momento de oír el nombre, y golpearme con los puños cerrados en la oscuridad en tanto yo oía sus sollozos. Pero en los días que siguieron rehusó mirarme y estuvo tan abatido que parecía tener vergüenza de sí. La tarde anterior a su partida hablé con él por primera vez a solas después de la noche del beso, y se lo expliqué todo lo mejor que pude; le dije que yo ignoraba absolutamente que me sucediera aquello, pero que no creía que mi ignorancia me hiciera inocente.
–Lo nuestro era mentira porque aunque se hubiera realizado estaríamos separados. Y sin embargo, en medio de la angustia y del vacío, siento una gran alegría: me alegro de que sea yo la culpable y de que lo seas tú. Me alegra que tú pagues la inocencia de mi hijo aunque eso sea injusto.
Después mandé a Román a estudiar a México y me quedé sola.

domingo, 7 de julio de 2019

Sherwood Anderson - Nadie lo sabe

 
Nadie lo sabe
 
©Sherwood Anderson

 
George Willard se levantó del escritorio que ocupaba en las oficinas del Winesburg Eagle, miró cautelosamente a su alrededor y salió con precipitación por la puerta trasera. La noche era calurosa y el cielo estaba cubierto de nubes; aunque no habían dado las ocho todavía, la callejuela a la que daba la parte trasera de las oficinas del Eagle estaba oscura como la pez. Un tronco de caballos atado por allí a un poste invisible pataleó en el suelo duro y calcinado. De entre los mismos pies de George Willard saltó un gato v echó a correr, perdiéndose entre las tinieblas. El joven estaba nervioso. Durante todo el día había trabajado como si estuviese atontado debido a un golpe. Al pasar por la callejuela temblaba como aterrorizado.

George Willard fue avanzando en la oscuridad por la callejuela, caminando con cuidado y precaución. Las puertas traseras de las tiendas de Winesburgo estaban abiertas y pudo ver a muchas personas sentadas a la luz de las lámparas. En el tienda Myerbaum’s Notion vio a la señora de Willy, el dueño de la taberna, de pie junto al mostrador, con una cesta en el brazo; la atendía un empleado que se llamaba Sid Green. Éste le hablaba con gran interés, inclinaba el cuerpo sobre el mostrador sin dejar de hablar.

George Willard se agazapó y atravesó de un salto el reguero de luz que se proyectaba a través del hueco de la puerta. Echó a correr hacia adelante en medio de las tinieblas. El viejo Jerry Bird, que era el borracho del pueblo, estaba dormido en el suelo detrás de la taberna de Ed Griffith. El fugitivo tropezó con las piernas del borracho que estaba despatarrado. Éste se echó a reír con risa entrecortada.

George Willard se había lanzado a una aventura. No había hecho en todo el día otra cosa que reunir ánimos para lanzarse a esa aventura, y ahora estaba ya metido en ella. Desde las seis había estado sentado en las oficinas del Winesburg Eagle haciendo esfuerzos por concentrar el pensamiento.

No llegó a tomar ninguna resolución. No hizo más que ponerse en pie de un salto, pasar precipitadamente junto a Will Henderson, que se encontraba leyendo pruebas en la imprenta, y echar a correr por la callejuela.

George Willard anduvo calles y calles, evitando encontrarse con la gente que pasaba. Cruzó una y otra vez la carretera. Cuando pasaba por debajo de un farol se echaba el sombrero hacia adelante para taparse la cara. No se atrevía a pensar. Lo dominaba el miedo, pero el miedo que ahora sentía era distinto del de antes. Temía que aquella aventura en que se había metido se estropease, que le faltase el valor y que se volviese atrás.

George Willard encontró a Louise Trunnion en la cocina de la casa de su padre. Estaba lavando los platos a la luz de una lámpara de petróleo. Allí estaba, detrás de la puerta de la pequeña cocina situada en la parte trasera de la casa. George Willard se detuvo junto a una empalizada e hizo un esfuerzo para dominar el temblor de su cuerpo. Ya sólo lo separaba de su aventura un estrecho sembrado de papas. Transcurrieron cinco minutos antes de que recobrase aplomo suficiente para llamarla.

-¡Louise! ¡Eh, Louise! -exclamó. El grito se le pegó a la garganta. Su voz fue sólo un susurro áspero.

Louise Trunnion se acercó, atravesando el sembrado de papas, con el trapo de secar los platos en la mano.

-¿Cómo sabes que voy a salir contigo? -dijo ella refunfuñando-. Muy seguro parece que estás.

George Willard no contestó. Permaneció mudo en la oscuridad, con la empalizada de por medio.

-Sigue adelante; papá está en casa. Yo iré detrás de ti. Espérame junto al pajar de William.

El joven reportero de periódico había recibido una carta de Louise Trunnion. Había llegado aquella misma mañana a las oficinas del Winesburg Eagle. La carta era concisa. «Soy tuya, si tú lo quieres», decía. Le molestó que allí, en la oscuridad, junto a la empalizada, hubiese afirmado que no había nada entre ellos. «¡Qué caprichosa! En verdad es muy caprichosa», murmuraba al mismo tiempo que seguía calle adelante, atravesando una hilera de solares sin edificar, sembrados de trigo. El trigo le llegaba hasta los hombros, y estaba sembrado hasta el mismo borde de la acera.

Cuando Louise Trunnion salió por la puerta frontera de su casa llevaba el mismo vestido de percal que tenía cuando estaba lavando los platos. No llevaba sombrero; el muchacho la vio detenerse con la mano en el picaporte de la puerta hablando con alguien que estaba dentro de casa, con el viejo Jake Trunnion, su padre, sin duda alguna. El tío Jake era medio sordo, y la chica le hablaba a gritos.

Se cerró la puerta, y el silencio y la oscuridad reinó en la pequeña callejuela. George Willard se echó a temblar con más fuerza que nunca.
George y Louise permanecieron en la sombra del pajar de William sin atreverse a decir palabra. Ella no era demasiado hermosa que digamos, y tenía a un lado de la nariz una mancha negra. George pensó que ella se había frotado la nariz con el dedo después de andar con las cacerolas. El joven rompió a reír nerviosamente.

-Hace calor -dijo.

Intentó tocarle con la mano.

«Soy poco decidido -pensó-. Sólo el tocar los pliegues de su vestido de percal debe ser un placer exquisito.» Eso se decía George, pero ella empezó con evasivas.

-Tú crees, ser mejor que yo. No digas lo contrario, lo adivino -dijo acercándose más a él.

George Willard rompió a hablar sin trabas. Se acordó de las miradas que la joven le dirigía a hurtadillas cuando se encontraban en la calle y pensó en la nota que le había escrito. Esto alejó de él toda duda. También lo animaron las cosas que se susurraban en la población acerca de ella Y se convirtió en el macho, audaz y agresivo. En el fondo no sentía por ella simpatía alguna.

-Bueno, vamos, no pasará nada. Nadie lo sabrá. ¿Quién lo va a contar?
-insistió.

Fueron caminando por una estrecha acera enladrillada, por entre cuyas grietas crecían grandes yerbajos. Faltaban algunos ladrillos y la acera tenía muchos altibajos. La cogió de la mano, que también era áspera, y le pareció deliciosamente menuda.

-No puedo ir lejos -dijo la joven con voz tranquila y serena.

Cruzaron un puente sobre un minúsculo arroyuelo y atravesaron otro solar sin edificar, sembrado de trigo. Allí acababa la calle. Siguiendo por el sendero paralelo a la carretera, tuvieron que ir uno detrás de otro. Junto a la carretera estaba el fresal de Will Overton, en el que había un montón de tablas.

-Will va a construir un cobertizo donde guardar las canastas para las fresas -dijo George al tiempo que se sentaban sobre las tablas.

***
 
Eran más de las diez cuando George Willard volvió a la calle principal; había empezado a llover. Anduvo tres veces la calle de un extremo a otro; la farmacia de Sylvester West estaba abierta todavía. Entró y compró un puro. Se alegró al ver que el mozo, Shorty Crandall, salió a la puerta con él. Los dos permanecieron conversando cinco minutos, al abrigo del toldo del edificio. George Willard estaba satisfecho. Sentía un deseo incontenible de hablar con un hombre. Dobló una esquina y marchó hacia la New Willard House silbando muy bajito.

Se paró frente al vallado con cartelones de circo que había al lado del colmado de Winny y, dejando de silbar, permaneció inmóvil en la oscuridad, con el oído atento, como si escuchase una voz que lo llamaba por su nombre. Luego volvió a reírse nerviosamente.

-No tendrá forma de presionarme. Nadie lo sabe -murmuró con un arranque enérgico; y siguió su camino.


 
 

viernes, 19 de octubre de 2018

Robert Bloch - Psicosis (fragmento)


Psicosis (fragmento)

©Robert Bloch




Cuando Norman entró en la oficina empezó a temblar. Era la reacción, claro está. Habían sucedido demasiadas cosas, y demasiado de prisa.

Necesitaba un trago. Había mentido a la muchacha. Es cierto que su madre no quería licor en la casa, pero él bebía. Tenía una botella en la oficina. Había ocasiones en que se veía obligado a beber, aun a sabiendas de que su estómago no toleraba bien el alcohol y de que unas pocas copas serían suficientes para marearle. Había veces en que deseaba sentirse mareado.


Norman recordó que debía apagar el neón y cerrar las persianas. Lo hizo. Con las persianas cerradas nadie vería la luz de la oficina. Nadie le vería abrir un cajón del escritorio y sacar la botella, con manos que temblaban como las de un niño.


Se llevó el gollete a la boca y bebió, cerrando los ojos. El whisky le quemaba la garganta, y su calor estallaba en su estómago.


Había sido un error llevar a la muchacha a la casa. Norman se dio cuenta de ello en el mismo momento en que la invitó, pero era muy bonita y parecía muy cansada. Y cuanto pensaba hacer, cuanto hizo, fue hablarle. Además, ¿no estaba en su casa? Era tan suya como de su madre, que no tenía ningún derecho para imponerle su voluntad de aquella manera.


Pero había sido un error. Jamás se hubiera atrevido a hacerlo, de no haber estado tan enfadado con su madre. Quería desafiarla. Y eso estaba mal.


Pero había hecho algo mucho peor, además de invitarla. Se lo dijo a su madre.


E hizo mal en decírselo. Estaba ya muy excitada, y cuando le dijo que cenaría con una muchacha, se puso prácticamente histérica.


-¡Si la traes aquí, la mataré! ¡Mataré a esa perra!


Perra. Su madre no hablaba jamás así, pero eso era lo que había dicho. Estaba enferma, muy enferma. Tal vez la muchacha estuviera en lo cierto, y fuera conveniente ingresar a su madre en un manicomio. Se estaba volviendo insoportable, y le ponía fuera de sí.


El whisky ardía. Estaba bebiendo ya el tercer trago, pero lo necesitaba. Necesitaba muchas cosas. Aquella muchacha tenía razón. No era forma de vivir. No podría resistirla mucho tiempo.


La cena resultó muy angustiosa para él. Temía que su madre hiciera una escena. Después de encerrarla en su habitación, se preguntó si empezaría a gritar y aporrear la puerta. Pero había permanecido silenciosa, como si estuviera escuchando. Y es lo que había hecho con toda seguridad. Podía encerrar a su madre en su dormitorio, pero no impedirle que escuchara.


Norman deseaba que estuviera dormida ya. Quizá al día siguiente lo hubiera olvidado todo. Le ocurría a menudo.


Oyó un ruido y se movió en la silla. ¿Sería su madre que llegaba? No; no podía ser; la había dejado encerrada. Seguramente era la muchacha que se movía en la habitación contigua. Sí, ahora la oía bien; al parecer, había abierto la maleta y sacaba algunas cosas, preparándose para acostarse.


Norman bebió otro trago para templar sus nervios. Lo logró. Ya no le temblaba la mano. No tenía miedo. Desaparecía, cuando pensaba en la muchacha.


Era curioso. Cuando la vio, había experimentado aquel terrible sentimiento de... ¿Cuál era la palabra? Im... algo. Importancia. No; no era ésa. No se sentía importante cuando estaba junto a una mujer. ¿Sería imposible? Tampoco. Sabía la palabra que buscaba; la había encontrado cientos de veces en los libros, en aquellos libros que su madre ignoraba que tenía.


No importaba. Cuando estaba con la muchacha, se sentía de aquella manera; pero no entonces. Podía hacer cualquier cosa.


Y eran muchas las cosas que hubiera querido hacer con una muchacha como aquélla; joven, bonita, inteligente también... Se había puesto en ridículo al contestarle como lo hizo cuando ella hablaba de su madre; admitía que había dicho la verdad. Ella sabía y podía comprender. Deseó haber estado más rato con ella.


Quizá no volviera a verla jamás. Se marcharía al día siguiente. Para siempre. Jane Wilson, de San Antonio, Texas. Se preguntó quién era, adónde iba, cómo debía ser en realidad en su interior. Podría enamorarse de una muchacha como aquélla. Sí, podría enamorarse con sólo verla una vez. No era una cosa risible. Pero quizá ella se reiría. Las muchachas eran así... siempre reían. Porque eran perras.


Mi madre tiene razón. Son perras. Pero no puedo contenerme cuando una perra es tan hermosa como ésa, y sé que no volveré a verla. Si hubiera sido hombre, se lo hubiese dicho cuando estaba en su habitación; habría sacado la botella, le habría ofrecido un trago, bebido con ella y...


No; no lo hubiese hecho, porque soy impotente.


Ésa era la palabra que no podía recordar. Impotente. La palabra que emplean en el libro, la que usa mi madre, la que significa que no volveré a verla, porque de nada me serviría. La palabra que las perras sabían; deben saberla, y por eso reían siempre.


Norman volvió a beber. Sentía cómo el licor le caía por la barbilla. Debía de estar borracho.


Sí, estaba borracho. ¿Y qué? Mientras su madre no se enterara... Mientras la muchacha no lo supiera... Sería un gran secreto. Impotente, ¿eh? Bien; eso no significaba que no pudiese volver a verla.

La vería, y a no tardar.


Norman se inclinó sobre el escritorio y casi tocó la pared con la cabeza. Había percibido más sonidos, y la experiencia le decía cómo debía interpretarlos. La muchacha se había quitado los zapatos. Entraba en el cuarto de aseo.


Alargó la mano. Temblaba, pero no de miedo. Sabía lo que iba a hacer. Ladearía ligeramente la enmarcada licencia y miraría por el agujerito que había hecho hacía ya mucho tiempo. Nadie conocía la existencia de aquel agujero; ni su madre. Era su secreto.


En realidad se trataba de una grieta en el revoque del otro lado, pero podía ver a través de ella. Veía el interior del cuarto de aseo. Podía ver mucho. ¡Las perras podían reírse cuanto quisieran de él! Sabía más de ellas que cuanto ellas hubieran podido imaginar jamás.


Le fue difícil enfocar la mirada. Se sentía mareado. Ello se debía en parte a la bebida, y en parte a la excitación.


La muchacha no descubriría la grieta. Ninguna de ellas la había descubierto jamás.


Entonces Norman oyó un ruido, un enorme ruido que parecía sacudir las paredes y oscurecer sus pensamientos. Un ruido que nacía dentro de su cabeza. Se dejó caer en la silla. «Estoy borracho -se dijo-. Voy a perder el conocimiento.»


Pero no lo perdió. El ruido continuaba, y en alguna parte dentro de él percibió otro sonido. Alguien estaba abriendo la puerta de la oficina. Pero, ¿Cómo era posible? ¿No la había cerrado con llave? ¿Y no tenía esa llave? La encontraría, con sólo abrir los ojos. Pero no podía abrirlos; ni se atrevía a hacerlo. Porque sabía.


Su madre también tenía una llave.


Tenía una llave de su habitación. Tenía una llave de la casa. Tenía una llave de la oficina.


Y allí estaba ya, mirándole. Norman confió en que le creyera dormido. ¿Qué estaba haciendo allí? ¿Le habría oído salir con la muchacha, y le estaba espiando?


No osaba moverse; no quería hacerlo. A medida que los segundos pasaban le resultaba más difícil hacerlo. El ruido continuaba y su vibración le inducía al sueño. Era agradable.
Luego se marchó. Se volvió sin hablar, y salió. No había de temer nada. Había venido para protegerle de las perras. Sí, eso era; para protegerle. Siempre que la necesitaba, su madre estaba a su lado. Ya podía dormir. Luego, todo fue silencio. Dormir; sueño, silencio.


Norman volvió en sí sobresaltado, echando la cabeza hacia atrás. ¡Cómo le dolía! Había perdido el sentido en la silla. No era de extrañar que todo crujiera. Crujiera... Había oído el mismo sonido antes. ¿Cuánto hacía? ¿Una hora? ¿Dos?


Lo reconoció. En la habitación contigua la ducha estaba abierta. Eso era. La muchacha se estaba duchando. Pero de eso hacía mucho ya. Era imposible que aún estuviera allí.


Se inclinó hacia adelante, ladeando el cuadro con la licencia. No sin dificultades logró enfocar la mirada en el cuarto de baño brillantemente alumbrado. Estaba vacío. No podía ver tras las cortinas de la ducha. Estaban cerradas.


Quizá la muchacha hubiese olvidado cerrar el agua y se había dormido. Pero parecía extraño que pudiera conciliar el sueño, con el ruido que producía el agua al salir con tanta fuerza. Tal vez la fatiga resultara tan intoxicante como el alcohol.


Todo parecía estar en orden. Norman volvió a mirar. Y entonces observó el suelo.


Sobre las losetas, fuera del plato de la ducha, el agua formaba un hilillo. No había mucha; la suficiente para que él pudiera verla.


Pero, ¿era agua? El agua no es rosada. El agua no forma hilillos rojizos> hilillos rojos como venas.


Debe haber resbalado y caído, hiriéndose, decidió Norman. Empezaba a dominarle el pánico, pero sabía lo que debía hacer. Cogió las llaves y salió de la oficina. Encontró rápidamente la que abría la puerta de la habitación contigua. Estaba vacía, pero la maleta abierta aún sobre la cama. La muchacha no se había marchado. Por tanto, sus suposiciones debían ser ciertas: le debió ocurrir un accidente en la ducha.


Sólo cuando entró en el cuarto de aseo recordó algo más. Pero ya era demasiado tarde.
Su madre tenía también las llaves del parador.


Y, cuando abrió las cortinas y miró el cuerpo caído y retorcido en el plato de la ducha, comprendió que su madre había utilizado sus llaves.





martes, 9 de octubre de 2018

Juan Rulfo - Pedro Páramo


Pedro Páramo (Fragmento)

©Juan Rulfo


Fotografía: ©Lourdes Almeida


-Este de que le hablo oía bien.

-No debe ser él. Además, Abundio ya murió. Debe haber muerto seguramente. ¿Te das cuenta? Así que no puede ser él.

-Estoy de acuerdo con usted.

-Bueno, volviendo a tu madre, te iba diciendo. . .

Sin dejar de oírla, me puse a mirar a la mujer que tenía frente a mí. Pensé que debía haber pasado por años difíciles. Su cara se transparentaba, como si no tuviera sangre, y sus manos estaban marchitas; marchitas y apretadas de arrugas. No se le veían los ojos. Llevaba un vestido blanco muy antiguo, recargado de holanes, y del cuello, enhilada en un cordón, le colgaba una María Santísima del Refugio con un letrero que decía: "Refugio de pecadores."

-. . .Ese sujeto de que te estoy hablando trabajaba como "amansador" en la Media Luna; decía llamarse Inocencio Osorio. Aunque todos lo conocíamos por el mal nombre del Saltaperico por ser muy liviano y ágil para los brincos. Mi compadre Pedro decía que estaba que ni mandado a hacer para amansar potrillos; pero lo cierto es que él tenía otro oficio: el de "provocador". Era provocador de sueños. Eso es lo que era verdaderamente. Y a tu madre la enredó como lo hacía con muchas. Entre otras, conmigo. Una vez que me sentí enferma se presentó y me dijo: "Te vengo a pulsear para que te alivies." Y todo aquello consistía en que se soltaba sobándola a una, primero en las yemas de los dedos, luego restregando las manos; después los brazos, y acababa metiéndose con las piernas de una, en frío, así que aquello al cabo de un rato producía calentura. Y, mientras maniobraba, te hablaba de tu futuro. Se ponía en trance, remolineaba los ojos invocando y maldiciendo; llenándote de escupitajos como hacen los gitanos. A veces se quedaba en cueros porque decía que ése era nuestro deseo. Y a veces le atinaba; picaba por tantos lados que con alguno tenía que dar.

"La cosa es que el tal Osorio le pronosticó a tu madre, cuando fue a verlo, que 'esa noche no debía repegarse a ningún hombre porque estaba brava la luna'.

"Dolores fue a decirme toda apurada que no podía. Que simplemente se le hacía imposible acostarse esa noche con Pedro Páramo. Era su noche de bodas. Y ahí me tienes a mí tratando de convencerla de que no se creyera del Osorio, que por otra parte era un embaucador embustero.

"-No puedo -me dijo-. Anda tú por mí. No lo notará.

"Claro que yo era mucho más joven que ella. Y un poco menos morena; pero esto ni se nota en lo oscuro.

"-No puede ser. Dolores, tienes que ir tú.

"-Hazme ese favor. Te lo pagaré con otros.

"Tu madre en ese tiempo era una muchachita de ojos humildes. Si algo tenía bonito tu madre, eran los ojos. Y sabían convencer.

"-Ve tú en mi lugar -me decía.

"Y fui.

" Me valí de la oscuridad y de otra cosa que ella no sabía: y es que a mí también me gustaba Pedro Páramo.

"Me acosté con él, con gusto, con ganas. Me atrinchilé a su cuerpo; pero el jolgorio del día anterior lo había dejado rendido, así que se pasó la noche roncando. Todo lo que hizo fue entreverar sus piernas entre mis piernas.

"Antes que amaneciera me levanté y fui a ver a Dolores. Le dije:

"-Ahora anda tú. Éste es ya otro día.

"-¿Qué te hizo? -me preguntó.

"-Todavía no lo sé -le contesté.

"Al año siguiente naciste tú; pero no de mí, aunque estuvo en un pelo que así fuera.

"Quizá tu madre no te contó esto por vergüenza.

". . .Llanuras verdes. Ver subir y bajar el horizonte con el viento que mueve las espigas, el rizar de la tarde con una lluvia de triples rizos. el color de la tierra, el olor de la alfalfa y del pan. Un pueblo que huele a miel derramada..."