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lunes, 17 de abril de 2023

Lawrence Durrell - Cuarteto de Alejandría - Justine

 


Cuarteto de Alejandría - Justine (frag.)
Lawrence Durrell 

En la época en que conocí a Justine yo era casi un hombre feliz. Una puerta se había abierto de pronto por obra de mi intimidad con Melissa, intimidad más maravillosa aún por ser inesperada y absolutamente inmerecida. Como todos los egoístas, no puedo vivir solo; la verdad es que mi último año de celibato me había resultado insopor­table, y mi ineficacia para la vida doméstica, mi inutilidad en materia de ropa, comida y dinero me abrumaban. Además estaba harto de las habitaciones invadidas de cucarachas donde vivía entonces, con la única ayuda de Hamid, el tuerto, mi criado berberisco.

Melissa no había destruido mis miserables defensas con ninguna de esas cualidades que pueden señalarse en una amante: encanto, belleza excepcional, inteligencia; nada de eso, sino por obra de lo que sólo puedo llamar su caridad, en el sentido griego de la palabra. Recuerdo que solía verla pasar, pálida, más bien delgada, con un raído abrigo de piel de foca, llevando de la traílla a su perrito por las calles in­vernales. Sus manos de tísica, de venas azules, etc. El arco de las cejas artificialmente acentuado para destacar los her­mosos ojos cándidos, osados. Durante muchos meses la vi diariamente, pero su belleza taciturna y decadente no hallaba respuesta en mí. Todos los días me cruzaba con ella al ir al café Al Aktar donde Balthazar me esperaba con su som­brero negro para "instruirme". Nunca pensé que llegaría a ser su amante.

Sabía que había sido modelo en el Atelier -profesión poco envidiable- y que ahora era bailarina; más aún, sabía que era la querida de un peletero de cierta edad, un comerciante gordo y vulgar. Anoto simplemente estas cosas para registrar una parte de mi vida que el mar se ha tragado. ¡Melissa! ¡Melissa!

Pienso en la época en que el mundo conocido apenas existía para nosotros cuatro; los días eran simplemente espa­cios entre sueños, espacios entre capas móviles de tiempo, de actividades, de charla intrascendente... Un flujo y reflu­jo de asuntos insignificantes, un husmear cosas muertas, fuera de todo ambiente real, que no nos llevaba a ninguna parte, que no nos exigía nada salvo lo imposible: ser nosotros mis­mos. Justine decía que habíamos quedado atrapados en la proyección de una voluntad demasiado poderosa y deliberada para ser humana, el campo de atracción que Alejandría pre­sentaba hacia los que había elegido para ser sus símbolos vivientes...

Las seis. Ruido de pasos, figura vestida de blanco en los accesos a la estación. Las tiendas se llenan y vacían como pulmones en la Rue des Soeurs. Los rayos pálidos, alargados del sol de la tarde manchan las largas curvas de la Explanada, y arcos de deslumbradas palomas, como papeles dispersos, se encaraman a los minaretes para recibir en sus alas los últimos resplandores del poniente. Tintineo de la plata en los mostradores de los cambistas. La verja de hierro que rodea el Banco está todavía demasiado caliente para tocarla. Rodar de los carruajes que llevan a los funcionarios, con sus tiestos rojos en la cabeza, a los cafés de la costa. Esta es la hora más difícil de soportar, cuando desde el balcón la veo pasar hacia el centro de la ciudad, con un paso lento de sandalias blancas, todavía medio dormida. La ciudad des­pierta como una tortuga vieja y echa un vistazo a su alrede­dor. Por un momento abandona los guiñapos desgarrados de su carne, mientras desde una callejuela escondida, junto al matadero, dominando los mugidos y balidos del ganado, llega entrecortada la melodía nasal de una canción de amor de Da­masco; cuartos de tono sobreagudos, pulverizados.

Ahora hombres cansados abren los postigos de sus balcones y avanzan ofuscados en la luz pálida y caliente; flores descoloridas de las tardes de angustia, agitadas en sucios ca­mastros bajo la venda de los sueños. Yo he llegado a ser uno de esos pobres empleados de la conciencia, un ciudadano de Alejandría. Ella pasa bajo mi ventana, sonriendo a alguna satisfacción íntima, apantallándose suavemente las mejillas con el pequeño abanico de caña. Una sonrisa que probable­mente no volveré a ver, pues cuando está en compañía se limita a reír, mostrando sus magníficos dientes blancos. Pero esa sonrisa triste y furtiva tiene una calidad que no se hubie­ra sospechado en ella, cierta capacidad de travesura. Hu­biera podido pensarse que era más trágica por naturaleza y que le faltaba el sentido corriente del humor. Pero el re­cuerdo obstinado de esa sonrisa me hace dudar ahora.

Yo la había visto así muchas veces y la conocía perfecta­mente mucho antes de que nos habláramos: nuestra ciudad no permite el anonimato a los que tienen más de doscientas libras de renta anuales. La veo sentada a la orilla del mar, sola, leyendo un periódico y comiendo una manzana; o en el vestíbulo del Cecil Hotel, entre las palmeras polvorientas, ceñida en un vestido de lentejuelas plateadas, el magnífico abrigo de piel echado sobre la espalda como los campesinos llevan la capa, su largo índice enganchado en la cadenilla. Nessim se ha detenido a la puerta del salón de baile inun­dado de luz y de música. No la ha visto. Bajo las palmeras, en un nicho profundo, una pareja de viejos juega al ajedrez. Justine se ha detenido a mirarlos. No entiende nada del juego, pero el aura de calma y concentración del lugar la fascina. Se queda allí largo rato, entre los jugadores sordos y el mun­do de la música, como si no supiera a cuál de los dos lanzar­se. Por fin Nessim se acerca suavemente, la toma del brazo y permanecen juntos un instante, ella mirando a los jugadores, él mirándola. Por último Justine se aparta despacio, como a pesar suyo, y con un leve suspiro avanza cautelosamente hacia el mundo de la luz.

Y en otras circunstancias, sin duda menos honrosas para ella o para nosotros, y sin embargo, ¡qué conmovedora, qué dócilmente femenina puede ser la más masculina e ingeniosa de las mujeres! Viéndola no podía dejar de pensar en esa raza de reinas terribles que dejan tras de sí el olor amoniacal de sus amores incestuosos como una nube flotando sobre el subconsciente de Alejandría. Las gatas gigantes devoradoras de hombres, como Arsinoe, eran sus verdaderas hermanas. No obstante, detrás de los actos de Justine había otra cosa, producto de una filosofía trágica más tardía, según la cual la moral había de pesar más que la perversión. Era la víctima de dudas sinceras. A pesar de todo sigo estableciendo una, relación directa entre la imagen de Justine inclinada sobre un feto en un sumidero sucio, y la pobre Sofía de Valentino, que murió por un amor tan perfecto como equivocado.

Georges Pombal, un empleado subalterno del consulado, comparte conmigo el pequeño departamento de la Rue Nebi Daniel. Es un caso raro entre los diplomáticos, pues parece poseer una columna vertebral. Para Georges el tráfago can­sador del protocolo y las fiestas -tan parecido a una pesadi­lla surrealista- está lleno de un encanto exótico. Ve la diplo­macia con los ojos de un Aduanero Rousseau. Se somete a ella sin permitirle jamás que se trague lo que queda de su in­telecto. Supongo que el secreto de su éxito es su enorme pere­za que linda casi en lo sobrenatural.

En el Consulado General se sienta delante de su escritorio cubierto permanentemente de un confetti hecho de tarjetas con los nombres de sus colegas. Es la imagen misma de la pereza, cuerpo grande y lento aficionado a las siestas largas y a las obras de Crebillon fils. Sus pañuelos huelen prodigio­samente a Eau de Portugal. Su tema de conversación favorito son las mujeres, y habla por experiencia, a juzgar por el des­file de visitantes que pasan por su pequeño departamento donde es raro ver dos veces la misma cara. "Para un francés, el amor es interesante en Alejandría. Las mujeres actúan an­tes de reflexionar. Y cuando llega el momento de la duda, del remordimiento, hace demasiado calor, nadie tiene la energía necesaria. Esta animalidad carece de finesse, pero me convie­ne. Mi corazón y mi cabeza están hartos de amor, y sobre todo, mon cher, no quiero saber nada de esa manía judeo­copta de disección, de análisis. Deseo volver a mi granja de Normandía sin ataduras sentimentales."

En invierno Georges se toma largos períodos de vacacio­nes y entonces me quedo solo en el pequeño departamento húmedo, corrigiendo los cuadernos de ejercicios, con los ronquidos de Hamid por única compañía. Este último año he llegado a un punto muerto. Me falta la voluntad necesaria para hacer algo de mi vida, para mejorar mi situación traba­jando intensamente o escribiendo, incluso para hacer el amor. No sé qué me ocurre. Es la primera vez que me falta verdade­ramente el deseo de sobrevivir. A veces hojeo las páginas de un manuscrito o las viejas pruebas de una novela o de un libro de poemas, distraído, con disgusto, con tristeza, como si examinara un pasaporte caduco.

De vez en cuando una de las numerosas amigas de Geor­ges cae en mi red y llama a la puerta cuando él está de vaca­ciones, y el incidente agudiza por un momento mi taedium vi­tae. Georges es precavido y generoso en este sentido, pues an­tes de marcharse (y sabiendo lo pobre que soy) suele pagar por anticipado a alguna de las sirias de la taberna del Golfo para que, llegado el caso, pase una noche en el departamento en disponibilité, como él dice. La obligación de la mujer es dar­me ánimos, tarea poco envidiable, sobre todo teniendo en cuenta que en apariencia nada permite suponer que estoy desanimado. Las conversaciones triviales han llegado a ser una forma útil de automatismo que perdura mucho después de haber desaparecido la necesidad de hablar; en caso necesa­rio puedo incluso hacer el amor con un sentimiento de alivio -no se duerme muy bien aquí-, pero sin pasión, distraí­damente.

Algunos de esos encuentros con pobres criaturas extenua­das que han llegado a esa situación por necesidad física, son interesantes y aun conmovedores, pero he perdido todo gusto por clasificar mis emociones y ellas sólo existen para mí como

figuras planas proyectadas en una pantalla. "Con una mujer sólo se pueden hacer tres cosas", dijo Clea en una ocasión: "Quererla, sufrir o hacer literatura." Yo me sentía incapaz de esas tres formas de sentimiento.

Cuento esto con el único objeto de mostrar el desalentador material humano que Melissa había elegido para actuar, para insuflarle un poco de aliento vital. No debía de serle fácil so portar la doble carga de su pobre vida y de su enfermedad. Para asumir la mía hacía falta un verdadero coraje. Quizá fue fruto de la desesperación, pues Melissa, como yo, había llega­do a un punto muerto. Los dos estábamos en quiebra.

Durante semanas el viejo peletero me siguió por las calles con una pistola protuberante en el bolsillo de su abrigo. Era tranquilizador saber, por una amiga de Melissa, que estaba descargada, pero no dejaba de ser alarmante verse perseguido por el viejo. Mentalmente debemos de habernos tiroteado en todas las esquinas de la ciudad. Por mi parte no podía sopor­tar la vista de esa cara espesa, cubierta de pequeñas cicatrices, esa confusión bestial y melancólica de rasgos atormentados y grasientos; no podía soportar la idea de su grosera intimi­dad con Melissa, aquellas manos pequeñas, sudorosas, cubier­tas de un vello negro y espeso como un puerco espín. Esta situación duró mucho tiempo y al cabo de unos meses nació entre nosotros un extraordinario sentimiento de familiaridad. Hacíamos una inclinación de cabeza y nos sonreíamos al cru­zarnos. Una vez lo encontré en un bar y pasé casi media hora a su lado; estábamos los dos ansiosos por hablar, pero ningu­no tuvo el coraje de empezar. Nuestro único tema común de conversación hubiera sido Melissa. Al salir lo vi en uno de los largos espejos, la cabeza inclinada, contemplando el vaso de vino. Algo me impresionó en su actitud -el aire desmañado de una foca que lucha por remedar sentimientos humanos ­y comprendí por primera vez que probablemente quería tanto a Melissa como yo. Me compadecía de su fealdad y de la in­comprensión vacía y dolorosa con que enfrentaba emociones tan nuevas para él como los celos, la privación de una amante adorada.

Más tarde, cuando vaciaron sus bolsillos vi, en el desor­den de pequeños objetos que solemos guardar en ellos, un frasquito de perfume vacío, de esa marca barata que usaba Melissa, y me lo llevé al departamento donde quedó sobre la chimenea durante unos meses hasta que Hamid, en una lim­pieza a fondo, lo tiró a la basura. Nunca hablé de esto con Melissa, pero muchas veces cuando me quedaba solo de noche mientras ella bailaba o quizá se veía obligada a acostarse con sus admiradores, estudiaba el frasquito que reflejaba triste y apasionadamente el amor de aquel viejo horrible, y lo compa­raba con el mío; además, por procuración, era un testimonio de la desesperanza que nos mueve a aferrarnos a algún objeto pequeño y sin valor, impregnado todavía por el recuerdo de la que nos ha traicionado.

domingo, 6 de enero de 2019

Vladimir Nabokov - Lolita

Lolita (Fragmento)
©Vladimir Nabokov
 
 
(Fotografía: ©Christian Coigny)
 
 
He reservado para el desenlace de mi fase «Annabel» el relato de nuestra cita infructuosa.
 
Una noche, Annabel se las compuso para burlar la viciosa vigilancia de su familia. Bajo un macizo de mimosas nerviosas y esbeltas, al fondo de su villa, encontramos amparo en las ruinas de un muro bajo, de piedra. A través de la oscuridad y los árboles tiernos, veíamos arabescos de ventanas iluminadas que, retocadas por las tintas de colores del recuerdo sensible, se me aparecen hoy como naipes –acaso porque una partida de bridge mantenía ocupado al enemigo–. Ella tembló y se crispó cuando le besé el ángulo de los labios abiertos y el lóbulo caliente de la oreja. Un racimo de estrellas brillaba plácidamente sobre nosotros, entre siluetas de largas hojas delgadas; ese cielo vibrante parecía tan desnudo como ella bajo su vestido liviano. Vi su rostro contra el cielo, extrañamente nítido, como si emitiera una tenue irradiación. Sus piernas, sus adorables piernas vivientes, no estaban muy juntas y cuando localicé lo que buscaba, sus rasgos infantiles adquirieron una expresión soñadora y atemorizada. Estaba sentada algo más arriba que yo, y cada vez que en su solitario éxtasis se abandonaba al impulso de besarme, inclinaba la cabeza con un movimiento muelle, letárgico, como de vertiente, que era casi lúgubre, y sus rodillas desnudas apretaban mi mano para soltarla de nuevo; y su boca temblorosa, crispada por la actitud de alguna misteriosa pócima, se acercaba a mi rostro con intensa aspiración.
 
 Procuraba aliviar el dolor del anhelo restregando ásperamente sus labios secos contra los míos; después mi amada se echaba atrás con una sacudida nerviosa de la cabeza, para volver a acercarse oscuramente, alimentándome con su boca abierta; mientras, con una generosidad pronta a ofrecérselo todo, yo le hacía tomar el cetro de mi pasión.

Recuerdo el perfume de ciertos polvos de tocador  –creo que se los había robado a la doncella española de su madre–: un olor a almizcle dulzón. Se mezcló con su propio olor a bizcocho y súbitamente mis sentidos se enturbiaron. La repentina agitación de un arbusto cercano impidió que desbordaran, y mientras ambos nos apartábamos, esperando con un dolor en las venas lo que quizá no fuera sino un gato vagabundo, llegó de la casa la voz de su madre que la llamaba –con frenesí que iba en aumento– y el doctor Cooper apareció cojeando gravemente en el jardín. Pero ese macizo de mimosas, el racimo de estrellas, la comezón, la llama, el néctar y el dolor quedaron en mí, y a partir de entonces ella me hechizó, hasta que, al fin, veinticuatro años después, rompí el hechizo encarnándola en otra.

lunes, 29 de octubre de 2018

Edmundo Valadés - Las Piernas

Las piernas (Cuento completo)
 
©Edmundo Valadés
 
(Ilustración ©Greg Hildebrandt)


Te abruman y doblan desmemorias de alguna luz en tus años pasados, la fatiga del recuento de los mismos errores que repites como rosario interminable, el orín de lo que pudo ser, recuerdos alimonados, la desazón maléfica de tus frustraciones. Al atardecer, cuando ya tu día reboza zozobra y es demoledor el hastío, huyes de tu estorbosa madriguera, tan repleta de tu propio desconsuelo, que te aniquila espacio y te oprime, te asfixia y te muere. Su aire, contaminado de tu letal desolación, te intoxica, no te hallas y tropiezas inevitablemente contigo mismo. Nada hay que te interese o distraiga: el libro se te cae de la mano, y en el tocadiscos, aún tu predilecto, Bach, resulta lejano.

La tarde —fusión lúcida de celestes transparencias azules con el dorado mágico de un sol que provoca expandir alegría— te duele definitivamente ajena. Tomas una ruta precaria, pues careces de objetivo. Tus ojos rezuman hipocondría y una insensibilidad helada te vuelve extranjero ciego en esa atmósfera, en esa luz táctil, en ese paisaje éxtasis. Sólo puedes advertir tus espeluznantes abismos, los laberintos en que desperdigas y consumes tu vida y por los cuales te devastas, proscrito de ti mismo, rozando locuras, bebiendo la hiel de tu pesimismo envenenado. En una edad que sobajas limándole perspectivas, te aventuras sin saber a qué puerta tocar, qué escalera subir, a qué mano tender un saludo que se te disuelve en tu puño cerrado, escondido en el bolsillo del pantalón.

Giras sobre ti mismo —tu suplicio es caminar pisándote—, vacío y estéril, incapaz de poder ver fuera de ti, descendiendo tenaz a tu sima oscura, socavando cualquier esperanza de asirte a una razón válida para subsistir. Caminas, incierto, amedrentado, pues la calle es siniestra y amenazador el cielo, y el piso está empedrado de asechos y trampas. Tus ojos, velados, se beben tu lloro, agua corrosiva. Has disminuido de tamaño, andas incómodo en tu estatura de enano envejecido. Buscarías una oración o una espada, pero tienes los labios congelados, y las manos paralizadas. Eres reflejo repulsivo del desaliento.

(Porque en la más sórdida noche de un hombre puede descenderle una luz imprevista; porque los más apegados ojos pueden llegar a percibirla, por eso) ... tres figurillas femeninas aparecen por la misma acera, exornadas en conjunto como espontánea y graciosa floración de la tarde. Otra luz no menos deslumbrante burila en ellas súbita adolescencia de esbelta, en vaivenes que les destellan anticipos fugaces de las mujeres definidas en que podrán convertirse. A los guiños aún aniñados y traviesos se superponen coqueterías repentinas o atisbos de las que podrán ser sus personalidades, en un juego delicioso de alternas transfiguraciones: a la insinuación levísima de madureces que fijarán finalmente la atracción de su sexo, se restituye el aire a veces infantil e ingenuo, a veces el de la dulce adolescencia, en oscilante goce de inconcreciones, y entre revuelos de sonrisas, parloteos, guiños, miradas, ademanes tiernos. Sus mínimas faldas, recortadas mucho más arriba de la rodilla —¡mucho más!—, desnudan limpiamente la elástica seducción de las piernas, delgadas pero firmes, compactas pero muelles, forjadas en alta, misteriosa y perfecta armonía.

La del centro, con el pelo suelto —hilos de oro bajo el sol dorado— y prestancia en el busto, camina flexible y hay donaire en el ritmo de sus bellísimas piernas, cuya seducción se resuelve por una concordia feliz entre tendones y músculos, entre pantorrillas y muslo. Las piernas soberbias de la temprana y atractiva muchacha son maduración increíble de piernas de mujer en plena sazón.

(Tú has ido embebiéndote en esa visión animada, en ese génesis corpóreo al que la tarde dona su mejor esplendor, y sientes que la belleza viva camina por la calle, permitiendo que su luz empiece a alumbrar tu alma. Suspiras con alivio, con gratitud: esa imagen, esa plasticidad; esos encantos móviles te decoloran tus negruras y puedes respirar una sonrisa, así tenga un dejo melancólico, porque después de todo vale estar en la Tierra para conmoverse de cómo repite la vida su más fascinante y eterno prodigio. Y pues te sientes reconfortado y pues Bach te tararea su cantata, la oyes, y así la música, en alborozo vertical, límpida, se eleva, abandona los pensamientos impuros, tira las cáscaras del sexo, elimina corpúsculos eróticos, diluye los deseos malsanos, purifica la neurosis, bruñe las entrañas doloridas y sucias, tus labios escupen las palabras absurdas e inútiles y te ves flotando en la piscina de la resurrección).

Las muchachas pasan al lado del hombre, absorbidas en su charla. Él no resiste prolongar sus miradas tras la estela de las piernas hermosas que se esfuman en la lejanía. El hombre se yergue de sí mismo, se vuelve ensanchando el pecho, levantando la cabeza, y se adentra con decisión y seguridad en la alegría de la resplandeciente tarde, estimulado hacia una esperanza recobrada.

Una mujer de aire despiadado —ojillos ratoneros, nariz ganchuda, labios color amargo— lo deja acercarse a ella. Como si le lanzara de proyectil su propia cabeza, áspera y ofendida le grita:

—¡Viejo cochino, libidinoso!



 

viernes, 5 de octubre de 2018

Bram Stocker - Drácula

Drácula (fragmento).
©Bram Stocker
(Foto tomada de: gmortschaotica.blogspot.com )

Saqué una amplia cama de su puesto cerca de una esquina, para poder, al acostarme, mirar el hermoso paisaje al este y al sur, y sin pensar y sin tener en cuenta el polvo, me dispuse a dormir.

Supongo que debo haberme quedado dormido; así lo espero, pero temo, pues todo lo que siguió fue tan extraordinariamente real, tan real, que ahora sentado aquí a plena luz del sol de la mañana, no puedo pensar de ninguna manera que estaba dormido. No estaba solo. El cuarto estaba lo mismo, sin ningún cambio de ninguna clase desde que yo había entrado en él; a la luz de la brillante luz de la Luna podía ver mis propias pisadas marcadas donde había perturbado la larga acumulación de polvo. En la luz de la Luna al lado opuesto donde yo me encontraba estaban tres jóvenes mujeres, mejor dicho tres damas, debido a su vestido y a su porte. En el momento en que las vi pensé que estaba soñando, pues, aunque la luz de la Luna estaba detrás de ellas, no proyectaban ninguna sombra sobre el suelo. Se me acercaron y me miraron por un tiempo, y entonces comenzaron a murmurar entre ellas. Dos eran de pelo oscuro y tenían altas narices aguileñas, como el conde, y grandes y penetrantes ojos negros, que casi parecían ser rojos contrastando con la pálida Luna amarilla. La otra era rubia; increíblemente rubia, con grandes mechones de dorado pelo ondulado y ojos como pálidos zafiros. Me pareció que de alguna manera yo conocía su cara, y que la conocía en relación con algún sueño tenebroso, pero de momento no pude recordar dónde ni cómo. Las tres tenían dientes blancos brillantes que refulgían como perlas contra el rubí de sus labios voluptuosos. Algo había en ellas que me hizo sentirme inquieto; un miedo a la vez nostálgico y mortal.

 Sentí en mi corazón un deseo malévolo, llameante, de que me besaran con esos labios rojos. No está bien que yo anote esto, en caso de que algún día encuentre los ojos de Mina y la haga padecer; pero es la verdad. Murmuraron entre sí, y entonces las tres rieron, con una risa argentina, musical, pero tan dura como si su sonido jamás hubiese pasado a través de la suavidad de unos labios humanos. Era como la dulzura intolerable, tintineante, de los vasos de agua cuando son tocados por una mano diestra. La mujer rubia sacudió coquetamente la cabeza, y las otras dos insistieron en ella.

 Una dijo:

—¡Adelante! Tú vas primero y nosotras te seguimos; tuyo es el derecho de comenzar.


La otra agregó:


—Es joven y fuerte. Hay besos para todas.


Yo permanecí quieto, mirando bajo mis pestañas la agonía de una deliciosa expectación. La muchacha rubia avanzó y se inclinó sobre mí hasta que pude sentir el movimiento de su aliento sobre mi rostro. En un sentido era dulce, dulce como la miel, y enviaba, como su voz, el mismo tintineo a través de los nervios, pero con una amargura debajo de lo dulce, una amargura ofensiva como la que se huele en la sangre.


Tuve miedo de levantar mis párpados, pero miré y vi perfectamente debajo de las pestañas. La muchacha se arrodilló y se inclinó sobre mí, regocijándose simplemente.


Había una voluptuosidad deliberada que era a la vez maravillosa y repulsiva, y en el momento en que dobló su cuello se relamió los labios como un animal, de manera que pude ver la humedad brillando en sus labios escarlata a la luz de la Luna y la lengua roja cuando golpeaba sus blancos y agudos dientes. Su cabeza descendió y descendió a medida que los labios pasaron a lo largo de mi boca y mentón, y parecieron posarse sobre mi garganta. Entonces hizo una pausa y pude escuchar el agitado sonido de su lengua que lamía sus dientes y labios, y pude sentir el caliente aliento sobre mi cuello. Entonces la piel de mi garganta comenzó a hormiguear como le sucede a la carne de uno cuando la mano que le va a hacer cosquillas se acerca cada vez más y más. Pude sentir el toque suave, tembloroso, de los labios en la piel supersensitiva de mi garganta, y la fuerte presión de dos dientes agudos, simplemente tocándome y deteniéndose ahí; cerré mis ojos en un lánguido éxtasis y esperé; esperé con el corazón latiéndome fuertemente.

jueves, 4 de octubre de 2018

Isabel Allende - Afrodita


Afrodita (Fragmento)

© Isabel Allende

(Fotografía © Cristian Coigny)


Las mujeres nos impresionamos con los hombres entendidos en comida, cosa que no ocurre al revés. Un hombre que cocina es sexy, la mujer no, tal vez porque recuerda demasiado el arquetipo doméstico. El contraste y la sorpresa son eróticos: una muchacha vestida de pandillero y acaballada sobre una motocicleta puede resultar excitante, en cambio un hombre en la misma situación es sólo un macho ridículo. Yo jamás admito que sé cocinar, es fatal.

Mi amiga Hannah, compositora de esa música de la Nueva Era que se escucha en clínicas de belleza y consultorios dentales, y su último marido, son buen ejemplo de lo que sostengo. Durante un breve tiempo de soltería después de su tercer divorcio, Hannah contestó uno de esos avisos clasificados del periódico para buscar pareja. Por teléfono el hombre parecía perfecto: se ganaba la vida entrenando perros para ciegos y había ido como voluntario a construir escuelas en Guatemala, donde una bala perdida le voló una oreja. Mi amiga, inexperta en avisos personales y algo desesperada, lo invitó a cenar antes de verlo. (Ni se le ocurra: las citas a ciegas son muy peligrosas.) Lo apropiado en estos casos es un breve encuentro en un sitio neutro del cual ambos puedan escapar con dignidad, jamás una comida a solas que puede convertirse en un largo martirio. Ella esperaba una versión madura del Che Guevara, pero llegó una réplica de Vincent van Gogh. Nada tiene ella contra la pintura impresionista, a pesar de que prefiere motivos astrológicos para sus paredes, pero aquel desconocido con los pelos color zanahoria y ojos despavoridos fue una desilusión. Se arrepintió apenas lo vio. En fin, ya estaba allí y no era cosa de cerrarle la puerta en las narices por cuestión de una oreja más o menos.

Mi amiga no estaba en condiciones de ponerse quisquillosa por menudencias, pero ese hombrecillo era peor de lo imaginado en sus solitarias pesadillas. Había planeado luz de velas y unas lentas sambas del Brasil, pero no quiso provocar iniciativas indeseables en su huésped, de modo que encendió todas las luces y colocó una de sus composiciones musicales de zumbido de viento y aullidos de coyotes, que tienden a producir un letargo hipnótico. Se saltó la copa de vino preliminar y otras cortesías de rigor y lo condujo directamente a la cocina, dispuesta a preparar unos tallarines de última hora, alimentarlo a toda prisa y despedirlo antes de servir el postre. El hombre la siguió manso, sin dar muestras de desencanto, como quien está acostumbrado a recibir un trato más bien brusco, pero una vez en la cocina algo cambió en su actitud, respiró hondo, inflando el pecho, se le enderezó el esqueleto y sus ojillos de liebre recorrieron todo, tomando posesión del terreno, conquistándolo.

Permítame, dijo, y sin darle oportunidad a Hannah de contradecirlo, le quitó suavemente el delantal de las manos, se lo amarró en la propia cintura y la instaló a ella en una silla. Veremos qué hay por aquí, anunció, mientras rescataba de la nevera los ingredientes que ella había decidido guardar para el día siguiente y otros en los que no había pensado. Van Gogh echó mano de ollas y sartenes como si hubiera nacido entre esas cuatro paredes. Con gracia y destreza inesperadas hizo bailar los cuchillos partiendo verduras y mariscos para dorarlos con mano liviana en aceite de oliva, lanzó los tallarines al agua hirviendo y preparó en un abrir y cerrar de ojos una salsa traslúcida de cilantro y limón, mientras le contaba a mi amiga sus aventuras en Centroamérica. En pocos minutos aquel hombrecillo patético se transformó: sus pelos de payaso adquirieron la fuerza viril de una melena de león y su aire de náufrago se convirtió en serena concentración, mezcla irresistible para una mujer como Hannah. El aroma que surgía de la sartén y el borboriteo de la olla empezaron a producir en ella una creciente anticipación, sintió que le corrían gotas de sudor por la espalda, empapándole la blusa, que se le humedecían los muslos y se le hacía agua la boca, al tiempo que descubría, sorprendida, las manos elegantes y las espaldas anchas de aquel hombre. Las heroicas anécdotas de Guatemala y de los perros para ciegos le llenaron los ojos de lágrimas; la oreja cortada adquirió para ella el valor de una condecoración de guerra y un deseo irresistible de acariciar la cicatriz la estremeció de la cabeza a los pies. Cuando Van Gogh colocó sobre la mesa una fuente con humeantes tallarines a la pescatore, como los llamó, ella suspiró vencida. Sacó de su escondite la botella de vino francés, que pensaba reservar para otro candidato más meritorio, apagó la luz, encendió las velas y puso en el tocadiscos la samba lenta del Brasil. Espérame un momento, anunció con un ronroneo de gata, voy a ponerme algo más cómodo. Y regresó con su traje de cuero negro y sus botas de domadora...