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jueves, 3 de marzo de 2022

Sherwood Anderson - Tandy

 


Sherwood Anderson - Tandy

Vivió hasta la edad de siete años en una casa vieja, sin pintar, junto a un camino abandonado que arrancaba de Trunion Pike. Su padre no se ocupaba apenas de ella, y su madre había fallecido. Su padre se pasaba el tiempo discutiendo y discurriendo sobre religión. Afirmaba que él era un agnóstico; y de tal manera vivía absorto en la empresa de echar abajo las ideas que acerca de Dios se habían deslizado en el cerebro de sus convecinos, que no alcanzó a ver cómo se manifestaba Dios en aquella niñita que vivía tan pronto en un sitio como en otro, casi olvidada, gracias a la bondad de los parientes de su fallecida madre.


Llegó a Winesburgo un forastero que vio en la niña lo que no había visto su padre. Era un joven de elevada estatura, de pelo rojizo, que casi siempre estaba borracho. A veces solía sentarse en una silla delante de la New Willard House, con el padre de la niña, Tom Hard. Este hablaba, sosteniendo que no era posible la existencia de Dios; el extranjero lo oía sonriendo y guiñaba el ojo a los que estaban cerca de ellos. Se hicieron grandes amigos, él y Tom, y solían estar juntos muy a menudo.


El forastero era hijo de un rico negociante de Cleveland y había venido a Winesburgo con una finalidad. Quería curarse del hábito de la bebida, y pensó que tendría mayores probabilidades de luchar con aquel vicio que estaba aniquilándolo si ponía tierra de por medio entre él y sus amigos de la ciudad y se iba a vivir en un pueblo del campo.


Su estancia en Winesburgo no fue precisamente un éxito. La monotonía con que transcurrían las horas lo llevó a darse con más ahínco que nunca a la bebida. Pero acertó en una cosa. Puso a la hija de Tom Hard un nombre que encerraba un gran sentido.


Una tarde venía el forastero haciendo eses por la calle principal del pueblo, todavía con la resaca de una copiosa borrachera. Tom Hard estaba sentado en una silla, delante de la New Willard House, y tenía encima de las rodillas a su hijita, de cinco años entonces.


Sentado en el andén de madera, se hallaba a su lado George Willard. El forastero se dejó caer junto a él en una silla. Todo su cuerpo tiritaba; y cuando habló, su voz era temblorosa.


Era la hora del crepúsculo y la oscuridad se cernía sobre la población y sobre la línea del ferrocarril que pasaba frente al hotel, al pie de un pequeño declive. A lo lejos, hacia el oeste, resonaba el prolongado silbido de la locomotora de un tren de pasajeros. Un perro, que había estado durmiendo en mitad de la carretera, se levantó y empezó a ladrar. El forastero se puso a charlar sin ton ni son e hizo una profecía acerca de la niña que el agnóstico tenía en brazos.


-Vine a este pueblo para apartarme de la bebida -dijo, y las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas. No miraba a Tom Hard, sino que inclinaba el busto hacia adelante, con la mirada perdida en la oscuridad, como si estuviese viendo una visión-. Huí al campo para curarme, pero ha sido inútil. Les diré por qué.


Se volvió y miró a la niña que estaba sentada muy tiesa sobre la rodilla de su padre; ella le devolvió la mirada. El forastero puso la mano sobre el brazo de Tom Hard.


-No es la bebida mi única debilidad -dijo-. Tengo otra. Soy un enamorado y no he dado todavía con un objeto para mi amor. Esto tiene mucha importancia, y usted lo comprenderá si tiene suficiente experiencia para ello. Por esto es inevitable que yo acabe mal. Son pocos los que lo comprenden.


El forastero se calló como abrumado de tristeza, pero lo despertó un nuevo silbido de la locomotora del tren de pasajeros.


-No he perdido la fe. Lo digo muy alto. Pero he venido a parar a un lugar en el que nadie comprenderá mi fe -dijo con voz áspera. Dirigió una mirada intensa a la niña y empezó a hablar para ella, sin prestar atención al padre-. Esa mujer vendrá -dijo, y su voz se hizo ahora aguda y ansiosa-. Pero cuando llegue ya habré partido yo. ¿Te das cuenta? Las horas de nuestra cita no coinciden. Sería cosa del destino que hubiera dado yo con ella precisamente en una tarde como ésta, estando yo destrozado por el alcohol. y siendo ella tan sólo una niña.


Las espaldas del forastero empezaron a temblar violentamente; intentó hacer un cigarrillo, pero se cayó el papel de sus dedos temblorosos. Se puso furioso y gruñó:


-Creen que no tiene mérito el ser mujer y hacerse amar, pero yo sé muy bien lo que eso significa -exclamó, y se volvió otra vez hacia la niña-. Yo lo comprendo -dijo-. Tal vez soy yo el único hombre que lo comprende.


Su mirada vagó otra vez por la oscuridad de la calle.


-La conozco aún sin haberla visto nunca -continuó suavemente-. Conozco sus luchas y sus derrotas. Es precisamente por esas derrotas por lo que resulta para mí el único ser amado. Desde ahora las mujeres tendrán otro rasgo distintivo nacido de sus derrotas. He discurrido un nombre para esa condición. La llamo Tandy. Discurrí este nombre cuando yo era un soñador auténtico y antes que mi cuerpo se envileciese. Es la condición de ser fuerte para ser amada. Es algo que los hombres necesitarían encontrar en las mujeres, pero que no lo encuentran.


El forastero se puso en pie y permaneció frente a Tom Hard. Su cuerpo se balanceaba atrás y adelante y parecía que iba a caerse; pero lo que hizo fue arrodillarse sobre la acera y llevar las manos de la niñita a sus labios de borracho, besándolas con éxtasis.


-Sé Tandy -le díjo ansiosamente-. Atrévete a ser fuerte y valerosa. Ese es el camino. Arriésgalo todo. Ten valor suficiente para atreverte a que te amen. Sé algo más que un hombre o mujer. Sé Tandy.


El forastero se levantó y se alejó tambaleándose por la calle. Uno o dos días después subió a un tren y regresó a su casa de Cleveland. Aquella misma noche de verano, después de la conversación frente al hotel, Tom Hard llevó a la niña a la casa de un pariente que la había invitado a pasar la noche en su casa. Caminando por la oscuridad, bajo los árboles, se olvidó de la charla del forastero y volvió a concentrar su pensamiento en la búsqueda de argumentos capaces de destruir la fe de los hombres que creían en Dios. Llamó a su hija por su nombre y ésta se echó a llorar.

-No quiero que me llamen así -declaró-. Quiero que me llamen Tandy, eso es, Tandy Hard.

La niña lloraba tan desconsoladamente que Tom Hard se enterneció y se puso a consolarla. Se detuvo bajo un árbol, la tomó en sus brazos y empezó a acariciarla.


-Vamos, sé buena -le dijo vivamente, pero ella no se tranquilizó. Se entregó con abandono infantil a su dolor, y su voz rompió el sosiego nocturno de la calle.


-Quiero ser Tandy. Quiero ser Tandy. Quiero ser Tandy Hard -exclamó, moviendo la cabeza y sollozando, como si su energía infantil no pudiese sostener aquella visión que las palabras del borracho habían despertado en ella.

martes, 28 de septiembre de 2021

Charles Bukowski - La mujer más hermosa de la ciudad


 

La mujer más hermosa de la ciudad

Charles Bukowski

Cass era la más joven y hermosa de cinco hermanas. Cass era la mujer más hermosa de la ciudad. Medio india, con un cuerpo flexible y extraño, un cuerpo fiero y serpentino y ojos a juego. Cass era fuego móvil y fluido. Era como un espíritu embutido en una forma incapaz de contenerlo. Su pelo era negro y largo y sedoso y se movía y se retorcía igual que su cuerpo. Cass estaba siempre muy alegre o muy deprimida. Para ella no había término medio. Algunos decían que estaba loca. Lo decían los tontos. Los tontos no podían entender a Cass. A los hombres les parecía simplemente una máquina sexual y no se preocupaban de si estaba loca o no. Y Cass bailaba y coqueteaba y besaba a los hombres pero, salvo un caso o dos, cuando llegaba la hora de hacerlo, Cass se evadía de algún modo, los eludía.

Sus hermanas la acusaban de desperdiciar su belleza, de no utilizar lo bastante su inteligencia, pero Cass poseía inteligencia y espíritu; pintaba, bailaba, cantaba, hacía objetos de arcilla, y cuando la gente estaba herida, en el espíritu o en la carne, a Cass le daba una pena tremenda. Su mente era distinta y nada más; sencillamente, no era práctica. Sus hermanas la envidiaban porque atraía a sus hombres, y andaban rabiosísimas porque creían que no les sacaba todo el partido posible. Tenía la costumbre de ser buena y amable con los feos; los hombres considerados guapos le repugnaban: “No tienen agallas -decía ella-. No tienen nervio. Confían siempre en sus orejitas perfectas y en sus narices torneadas… todo fachada y nada dentro…” Tenía un carácter rayando la locura; un carácter que algunos calificaban de locura.

Su padre había muerto del alcohol y su madre se había largado dejando solas a las chicas. Las chicas se fueron con una pariente que las metió en un colegio de monjas. El colegio había sido un lugar triste, más para Cass que para sus hermanas. Las chicas envidaban a Cass y Cass se peleó con casi todas. Tenía señales de cuchilladas por todo el brazo izquierdo, de defenderse en dos peleas. Tenía también una cicatriz imborrable que le cruzaba la mejilla izquierda; pero la cicatriz, en vez de disminuir su belleza parecía, por el contrario, realzarla.

Yo la conocí en el bar West End unas noches después de que la soltaran del convento. Al ser la más joven, fue la última hermana que soltaron. Sencillamente entró y se sentó a mi lado. Yo quizá sea el hombre más feo de la ciudad, y puede que esto tuviera algo que ver con el asunto.

-¿Tomas algo?

-Claro, ¿por qué no?

No creo que hubiese nada especial en nuestra conversación esa noche, era solo el sentimiento que Cass transmitía. Me había elegido y no había más. Ninguna presión. Le gustó la bebida y bebió mucho. No parecía tener edad, pero de todos modos le sirvieron. Quizás hubiese falsificado el carné de identidad, no sé. En fin, lo cierto es que cada vez que volvía del baño y se sentaba a mi lado yo sentía cierto orgullo. No solo era la mujer más bella de la ciudad, sino también una de las más bellas que yo había visto en mi vida. Le eché el brazo a la cintura y la besé una vez.

-¿Crees que soy bonita? -preguntó.

-Sí, desde luego. Pero hay algo más… algo más que tu apariencia…

-La gente anda siempre acusándome de ser bonita. ¿Crees de veras que soy bonita?

-Bonita no es la palabra, no te hace justicia.

Buscó en su bolso. Creí que buscaba el pañuelo. Sacó un alfiler de sombrero muy largo. Antes de que pudiese impedírselo, se había atravesado la nariz con él, de lado a lado, justo sobre las ventanillas. Sentí repugnancia y horror.

Ella me miró y se echó a reír.

-¿Crees ahora que soy bonita? ¿Qué piensas ahora, eh?

Saqué el alfiler y puse mi pañuelo sobre la herida. Algunas personas, incluido el encargado, habían observado la escena. El encargado se acercó.

-Mira -dijo a Cass-, si vuelves a hacer eso te echo. Aquí no necesitamos tus exhibiciones.

-¡Vete a la mierda, amigo! -dijo ella.

-Será mejor que la controles -me dijo el encargado.

-No te preocupes -dije yo.

-Es mi nariz -dijo Cass-, puedo hacer lo que quiera con ella.

-No -dije-, a mí me duele.

-¿Quieres decir que te duele a ti cuando me clavo un alfiler en la nariz?

-Sí, me duele, de veras.

-De acuerdo, no lo volveré a hacer. ¡Ánimo!

Me besó, pero como riéndose un poco en medio del beso y sin soltar el pañuelo de la nariz. Cuando cerraron nos fuimos a donde yo vivía. Tenía un poco de cerveza y nos sentamos a charlar. Fue entonces cuando pude apreciar que era una persona que rebosaba bondad y cariño. Se entregaba sin saberlo. Al mismo tiempo, retrocedía a zonas de descontrol e incoherencia. Esquizoide. Una esquizo hermosa y espiritual. Quizás algún hombre o algo acabase destruyéndola para siempre. Esperaba no ser yo.

Nos fuimos a la cama y cuando apagué las luces me preguntó:

-¿Cuándo quieres hacerlo, ahora o por la mañana?

-Por la mañana -dije, y me di la vuelta.

Por la mañana me levanté, hice un par de cafés y le llevé uno a la cama. Se echó a reír.

-Eres el primer hombre que conozco que no ha querido hacerlo por la noche.

-No hay problema -dije-. En realidad no tenemos que hacerlo.

-No, espera, ahora quiero yo. Déjame que me refresque un poco.

Se fue al baño. Salió enseguida, realmente maravillosa, largo pelo negro resplandeciente, ojos y labios resplandecientes, toda resplandor… Se desperezó sosegadamente, buena cosa. Se metió en la cama.

-Ven, amor.

Fui. Besaba con abandono, pero sin prisa. Dejé que mis manos recorriesen su cuerpo. Acariciasen su pelo. La monté. Su carne era cálida y firme. Empecé a moverme despacio y queriendo que durara. Ella me miraba a los ojos.

-¿Cómo te llamas? -pregunté.

-¿Qué diablos importa? -preguntó ella.

Solté una carcajada y seguí. Después se vistió y la llevé en coche al bar, pero era difícil olvidarla. No tenía que trabajar así que dormí hasta las dos y luego me levanté y leí el periódico. Cuando estaba en la bañera, entró ella con una hoja: una oreja de elefante.

-Sabía que estarías en la bañera -dijo-, así que te traje algo para tapar esa cosa.

Y me echó encima, en la bañera, la hoja de elefante.

-¿Cómo sabías que estaba en la bañera?

-Lo sabía.

Cass llegaba casi todos los días cuando yo estaba en la bañera. No era siempre la misma hora, pero raras veces fallaba, y traía las hojas de elefante. Y luego hacíamos el amor. Telefoneó una o dos noches y tuve que sacarla de la cárcel por borrachera y pelea.

-Esos hijos de puta -decía-, solo porque te pagan unas copas creen que pueden llevarte a la cama.

-La culpa la tienes tú por aceptar la copa.

-Yo creía que se interesaba por mí, no solo por mi cuerpo.

-A mí me interesas tú y tu cuerpo. Pero dudo que la mayoría de los hombres puedan ver más allá de tu cuerpo.

Dejé la ciudad y estuve fuera seis meses, anduve vagabundeando; volví. No había olvidado a Cass ni un momento, pero habíamos tenido algún tipo de discusión y además yo tenía ganas de ponerme en marcha, y cuando volví pensé que se habría ido; pero no llevaba sentado treinta minutos en el West End cuando ella llegó y se sentó a mi lado.

-Vaya, cabrón, veo que has vuelto.

Pedí un trago para ella. Luego la miré. Llevaba un vestido de cuello alto. Nunca la había visto así. Y debajo de cada ojo, clavado, llevaba un alfiler de cabeza de cristal. Solo se podían ver las cabezas de los alfileres, pero los alfileres estaban clavados.

-Maldita sea, aún sigues intentando destruir tu belleza….

-No, no seas tonto, es la moda.

-Estás chiflada.

-Te he echado de menos -dijo.

-¿Hay otro?

-No, no hay ninguno. Solo tú. Pero ahora trabajo en la calle. Cobro diez billetes. Pero para ti es gratis.

-Sácate esos alfileres.

-No, es la moda.

-Me hace muy desgraciado.

-¿Estás seguro?

-Sí, mierda, estoy seguro.

Se sacó lentamente los alfileres y los guardo en el bolso.

-Porque la gente cree que es todo lo que tengo. La belleza no es nada. La belleza no permanece. No sabes la suerte que tienes siendo feo, porque si le agradas a alguien sabes que es por otra cosa.

-Vale -dije-, tengo mucha suerte.

-No quiero decir que seas feo. Solo que la gente cree que lo eres. Tienes una cara fascinante.

-Gracias.

Tomamos otra copa.

-¿Qué andas haciendo? -preguntó.

-Nada. No soy capaz de apegarme a nada. Nada me interesa.

-A mí tampoco. Si fueses mujer podrías ser puta.

-No creo que quisiera establecer un contacto tan íntimo con tantos extraños. Debe ser un fastidio.

-Tienes razón, es fastidioso, todo es fastidioso.

Salimos juntos a la calle. La gente aún miraba a Cass. Aún era una mujer hermosa, quizá más que nunca.

Fuimos a casa. Abrí una botella de vino y hablamos. A Cass y a mí siempre nos era fácil hablar. Ella hablaba un rato, yo escuchaba, y luego hablaba yo. Nuestra conversación fluía fácil sin tensión. Era como si descubriésemos secretos juntos. Cuando descubríamos uno bueno, Cass se reía con aquella risa… de aquella manera en que solo ella podía reírse. Y durante la charla nos besábamos y nos arrimábamos. Nos pusimos muy calientes y decidimos irnos a la cama. Fue entonces cuando Cass se quito aquel vestido del cuello alto y lo vi… Vi la mellada y horrible cicatriz que le cruzaba el cuello. Era grande y ancha.

-Maldita sea, condenada, ¿Qué has hecho? -dije desde la cama.

-Lo intenté con una botella rota una noche. ¿Ya no te gusto? ¿Soy bonita aún?

La arrastré a la cama y la besé. Me empujó y se echo a reír:

-Algunos me pagan los diez y luego, cuando me desvisto, no quieren hacerlo. Yo me quedo los diez. Es muy divertido.

-Sí -dije-, no puedo parar de reír… Cass, cabrona, te amo… deja de destruirte; eres la mujer con más vida que conozco.

Volvimos a besarnos. Cass lloraba en silencio. Sentí las lágrimas. Sentí aquel pelo largo y negro tendido bajo mí como una bandera de muerte. Disfrutamos e hicimos un amor lento y sombrío y maravilloso.

Por la mañana, Cass estaba levantada haciendo el desayuno. Parecía muy tranquila y feliz. Cantaba. Yo me quedé en la cama gozando su felicidad. Por fin, vino y me zarandeó.

-¡Arriba, cabrón! ¡Échate agua fría en la cara y la pinga y ven a disfrutar del banquete!

Ese día la llevé en coche a la playa. No era un día de fiesta y aún no era verano, todo estaba espléndidamente desierto. Vagabundos playeros en andrajos dormían en la arena. Había otros sentados en bancos de piedra compartiendo una botella solitaria. Las gaviotas revoloteaban, estúpidas pero distraídas. Ancianas de setenta y ochenta, sentadas en los bancos, discutían las ventas de fincas dejadas por maridos asesinados mucho tiempo atrás por la angustia y la estupidez de la supervivencia. Había paz en el aire y paseamos y estuvimos tumbados por allí y no hablamos mucho. Era agradable simplemente estar juntos. Compré sándwiches, papas fritas y bebidas y nos sentamos a beber en la arena. Luego abracé a Cass y dormimos así abrazados un rato. Era mejor que hacer el amor. Era como fluir juntos sin tensión. Luego volvimos a casa en mi coche y preparé la cena. Después de cenar, le sugerí a Cass que viviésemos juntos. Se quedó mucho rato mirándome y luego dijo lentamente: “no”. La llevé de nuevo al bar, le pagué una copa y me fui.

Al día siguiente, encontré trabajo como empaquetador en una fábrica y trabajé todo lo que quedaba de semana. Estaba demasiado cansado para andar mucho por ahí, pero el viernes por la noche me acerqué al West End. Me senté y esperé a Cass. Pasaron horas. Cuando estaba ya bastante borracho, me dijo el encargado.

-Siento lo de tu amiga.

-¿El qué? -pregunté.

-Lo siento. ¿No lo sabías?

-No

-Suicidio, la enterraron ayer.

-¿Enterrada? -pregunté. Parecía como si fuese a aparecer en la puerta de un momento a otro. ¿Cómo podía haber muerto?

-La enterraron las hermanas.

-¿Un suicidio? ¿Cómo fue?

-Se cortó el cuello.

-Ya. Dame otro trago.

Estuve bebiendo allí hasta que cerraron. Cass, la más bella de las cinco hermanas, la mujer más hermosa de la ciudad. Conseguí conducir hasta casa sin poder dejar de pensar que debería haber insistido en que se quedara conmigo en vez de aceptar aquel “no”. Todo en ella había indicado que le pasaba algo. Yo sencillamente había sido demasiado insensible, demasiado despreocupado. Me merecía mi muerte y la de ella. Era un perro. No, ¿por qué acusar a los perros? Me levanté, busqué una botella de vino, bebí lúgubremente. Cass, la chica más guapa de la ciudad, muerta a los veinte años.

Fuera, alguien tocaba la bocina de un coche. Unos bocinazos escandalosos, persistentes. Dejé la botella y aullé:

-¡MALDITO SEAS, CONDENADO HIJO DE PUTA, CÁLLATE YA!

Seguía avanzando la noche y yo no podía hacer nada.

viernes, 21 de diciembre de 2018

Ernest Hemingway - París (fragmento)


(Fotografía: ©Christian Coigny)
 
 
París (fragmento)

©Ernest Hemingway
 

El Café des Amateurs era la sentina de la rué Mouffetard, aquel encanto de callejuela con tiendas y puestos de mercado que iba a la place Contrescarpe. En las viejas casas de vecindad, los retretes en cuclillas, uno en cada piso dando a la escalera, con las dos eminencias en forma de zapato a cada lado del agujero, de cemento y con una cuadrícula para que el locataire no resbalara, se vaciaban en sentinas a las que vaciaban de noche con una bomba y volcaban en la cuba de un carro de caballos. En verano, con todas las ventanas abiertas, oíamos la bomba y el olor era fuerte. Los carros con las cubas iban pintados en marrón y azafrán, y rué Cardinal-Lemoine arriba, a la luz de la luna, los cilindros con ruedas tras sus caballos parecían cuadros de Braque. Pero nadie vaciaba el Café des Amateurs, y el amarillo aviso en la pared que daba los horarios y las penas de ordenanza para la embriaguez pública se veía cagado de moscas y desdeñado en la medida misma en que los clientes eran permanentes y malolientes.

Toda la tristeza de la ciudad se nos echó encima de pronto con las primeras lluvias frías de invierno, y al pasear no se les veía remate a los caserones blancos, sólo el negro húmedo de la calle y las puertas cerradas de los tenduchos, los herbolarios, las tiendas de papelería y periódicos, la comadrona (de segunda clase), y el hotel donde Verlaine murió y yo tenía alquilado un cuarto en el último piso y allí trabajaba.

Calculé que eran seis u ocho tramos hasta el último piso y que hacía mucho frío, y me sabía cuánto valían unas cuantas ramitas de pino, más tres haces de teas atadas con alambre y largas como medio lápiz, y cuando el fuego de las ramitas prende en las teas hay que tener uno de aquellos haces de leña medio húmeda, y con menos no se enciende a la chimenea como para calentar el cuarto. De modo que pasé a la otra acera y miré al tejado aguantando lluvia, para ver si había chimeneas con humo y qué tal salía el humo. Pero no se veía ningún humo y pensé que la chimenea estaría fría y el tiro iba a ser un problema, y a lo mejor el cuarto se me llenaba de humo y desperdiciaba la leña y el dinero se me iba en nada, y eché a andar bajo la lluvia. Pasé ante el Lycée Henri-Quatre y aquella iglesia antigua de Saint-Etienne-du-Mont y por la place du Panthéon que el viento barría, y doblé a la derecha para guarecerme y al fin alcancé el lado de sotavento del boulevard Saint-Michel, y aguanté caminando más allá del Cluny en la esquina del boulevard Saint-Germain, hasta que llegué a un buen café que ya conocía, en la Place Saint-Michel.

Era un café simpático, caliente y limpio y amable, y colgué mi vieja gabardina a secar en la percha y puse el fatigado sombrero en la rejilla de encima de la banqueta, y pedí un café con leche. El camarero me lo trajo, me saqué del bolsillo de la chaqueta una libreta y un lápiz y me puse a escribir. Estaba escribiendo un cuento que pasaba allá en Michigan, y como el día era crudo y frío y resoplante, un día así hizo en mi cuento. Por entonces, ya los fines de otoño se me habían echado encima de niño y de muchacho y de joven, y, puestos a describirlos, en unos lugares salía mejor que en otros. A eso se le llama trasplantarse, pensé, y a lo mejor les conviene tanto a las personas como a otras especies cuando crecen. Pero en mi cuento los amigos bebían unas copas y me entró sed y pedí un ron Saint James. Sabía a maravilla con aquel frío y seguí escribiendo, sintiéndome muy bien y sintiendo que el buen ron de la Martinica me corría, cálido, por el cuerpo y por el espíritu.

Una chica entró en el café y se sentó sola a una mesa junto a la ventana. Era muy linda, de cara fresca como una moneda recién acuñada si vamos a suponer que se acuñan monedas en carne suave de cutis fresco de lluvia, y el pelo era negro como ala de cuervo y le daba en la mejilla un limpio corte en diagonal.

La miré y me turbó y me puso muy caliente. Ojalá pudiera meterla en mi cuento, o meterla en alguna parte, pero se había situado como para vigilar la calle y la puerta, o sea que esperaba a alguien. De modo que seguí escribiendo.

El cuento se estaba escribiendo solo y trabajo me daba seguirle el paso. Pedí otro ron Saint James y sólo por la muchacha levantaba los ojos, o aprovechaba para mirarla cada vez que afilaba el lápiz con un sacapuntas y las virutas caían rizándose en el platillo de mi copa.

Te he visto, monada, y ya eres mía, por más que esperes a quien quieras y aunque nunca vuelva a verte, pensé. Eres mía y todo París es mío y yo soy de este cuaderno y de este lápiz.

Luego otra vez a escribir, y me metí tan adentro en el cuento que allí me perdí. Ya lo escribía yo y no se escribía solo, y no levanté los ojos ni supe la hora ni guardé noción del lugar ni pedí otro ron Saint James. Estaba harto de ron Saint James sin darme cuenta de que estaba harto. Al fin el cuento quedó listo y yo cansado. Leí el último párrafo y luego levanté los ojos y busqué a la chica y se había marchado. Por lo menos que esté con un hombre que valga la pena, pensé. Pero me dio tristeza.

Cerré la libreta con el cuento dentro y me la metí en el bolsillo de la cartera, y pedí al camarero una docena de portuguesas y media jarra del blanco seco que allí servían. Al terminar un cuento me sentía siempre vaciado y a la vez triste y contento, como si hubiera hecho el amor, y aquella vez estaba seguro de que era un buen cuento, aunque para saber hasta dónde era bueno había que esperar a releerlo al día siguiente.

Comiendo las ostras con su fuerte sabor a mar y su deje metálico que el vino blanco fresco limpiaba, dejando sólo el sabor a mar y la pulpa sabrosa, y bebiendo el frío líquido de cada concha y perdiéndolo en el neto sabor del vino, dejé atrás la sensación de vacío y empecé a ser feliz y a hacer planes.

sábado, 6 de octubre de 2018

Enrique Jardiel Poncela - Amor se escribe sin Hache


Luisita, la muchacha novelesca


               
Amé a Luisita ocho meses, incluido febrero. Era una muchacha de diecisiete años, mecanógrafa, que por esta última razón, me escribía unas tiernas cartas llenas de faltas de ortografía. Sus dedos, ejercitados en el tecleo de la "Underwood" número 5 (Underwood Standard Tipewriter), me producían unas cosquillas enervantes, las cuales me hacían tanta gracia que durante el tiempo que nos amamos no tuve necesidad de ir al teatro a ver obras cómicas.

Por las noches, aprovechando la circunstancia de que el padre de Luisita era sereno y estaba aquellas horas repartiendo cerillas encendidas entre los vecinos de la calle de Fuencarral, yo me introducía en su alcoba. (En la alcoba de Luisita, que quede esto bien claro, pues en la alcoba de su padre no entré más que la primera noche, y fue porque no conocía bien el plano del edificio.)

La alcoba de Luisita (una alcoba de 3x2 metros) olía a "Origan" de diez céntimos los cien gramos, y a "Camomila Intea", pero esto sólo cada quince días: cuando le tocaba teñirse el pelo a mi amada.

La primera noche, Luisita me recibió hablando en voz baja.

La imité, suponiendo que en la casa habría alguien que podía oírnos. Más tarde, la experiencia me ha enseñado que en la casa no había nadie y que a las mujeres les gusta entregarse hablando bajo, porque así el pecado les parece más pecado.

--Este es mi tocador -susurró ella deslizando un hilito de voz en mi oído.

--¡Ah¡ ¿Sí? -maullé tan bajo que yo mismo no me oí.

Y abarcando con mis manos su cintura de avispa, exclamé:

 --Ven aquí...

 --¡Chits! ¡Más bajo¡ -suplicó.

 --Ven aquí -repetí apenas con el movimiento de los labios.

 Luisita se zafó aconsejándome:

--Por Dios, Elías... Contén los apasionados y naturales impulsos de tu corazón impaciente.

Me quedé sin habla; no porque me fatigase la voz de falsete, sino por el efecto que me produjo aquella frase inicua.

Frase que no tardé en explicarme al ver sobre una silla un montón de novelas de amor. Luisita estaba influida por ellas.

--¿Lees muchas novelas? -le dije.

--Sí. Me entusiasman. Ahora me acaban de dejar ésta.

Y cogió un volumen muy desencuadernado, del que me señaló varios capítulos con el índice, lo cual no me extrañó, porque el oficio del índice es precisamente señalar los capítulos de los libros. la novela se titulaba: "La Jovencita que amó a un vizconde", y mi mecanógrafa se sentó en el lecho dejando oscilar sus soberbias piernas, dispuesta a contarme el argumento.

Era demasiado grave el propósito y lo corté en flor.

--No, perdona... Prefiero tus pantorrillas al argumento de esa sandez.

Una chispa de ira brotó de cada ojo de mi novia. Y observando que el camino que debía seguir para desmayar de voluptuosidad a aquella niña era precisamente el contrario del elegido, me apresuré a hacer un elogio de la novela y de su autor, lo que me costó un esfuerzo violento.

El efecto fue instantáneo. Cada palabra de elogio a "La jovencita que amó a un vizconde" me permitía besar a Luisita en un lugar cada vez más estratégico.

Para alcanzar la victoria total me asimilé la forma de expresión propia de esas novelas y nuestro diálogo se encauzó de esta exquisita y peculiar manera:

Ella: ¿Me amas?

--Te adoro.

--¿Sí?

--Sí, nenita mía.

--¿De veras?

--Lo juro.

--¡A cuántas...

--¿Qué?

--... les habrás dicho igual!

--Sólo a ti.

--¿Es posible?

--¡Palabra!

--¿De honor?

--De honor.

--Júralo.

--Lo he jurado ya.

--Júralo otra vez.

--¿Por quién?

--Por tu madre.

--Lo juro.

--¡Ay, Elías!

--¿Qué te pasa?

--Tengo miedo.

--¿A qué?

--A todo y a nada...

--Estando a mi lado...

--¿Qué? ¡Acaba!

--... no debes tener miedo.

--¡Bien mío!

--Dame un beso.

--¿Otro?

--Otro y mil más.

--¿No te cansas?

--¿De qué?

--De besarme.

--¡Oh, no!

--¿No?

--¡Nunca!

--¿No?

--¡Jamás!

--Júralo.

--¿Por quién?

--Por tu padre.

--Lo juro.

--¿Me querrás siempre?

--¡Siempre!

--Júralo.

--¿Por quién?

--Por tu padre y tu madre.

--Lo juro.

--¡Mi vida!

--Nena...

--¡Ay! No me beses así.

--¿Por qué?

--Me subyugas...

--Lo sé.

--Me enervas...

--Lo veo.

--¡Me enloqueces!

--Lo noto.

--¡Oh!

--¡Ah!

Y sonó un ruido. Y después otros dos.

El primer ruido fue el del conmutador de la luz al girar. Y los dos últimos ruidos los produjeron, al caer al suelo, los zapatos de Luisita.

Una hora después ésta me comunicaba que se había entregado a mí de la misma manera que se entregaba la protagonista de "La jovencita que amó a un vizconde".

Con ligerísimas variaciones siguió desarrollándose mi idilio con la mecanógrafa durante ocho meses; sucesivamente tuve que soportar que mi novia imitase a las apasionadas protagonistas de las novelas. "Una aventura en la calle de las Infantas", "Rízate la melena, Enriqueta"; "Reír, soñar, acatarrarse" y "Las corbatas voluptuosas".

A fines de septiembre, apareció una nueva novela de amor: "El vórtice de las pasiones". Luisita se apresuró a pedirme que se la comprase; se la compré; se la tragó en una noche, y como la protagonista del libro engañaba a su amante, Luisita comenzó a engañarme a partir del siguiente día.

Le rogué, le supliqué.

Luisita no me hizo caso.

Me arrastré por el suelo llorando y mendigando una fidelidad que necesitaba para seguir viviendo.

Luisita volvió a desdeñarme.

Le juré que si no me amaba como antes me dispararía un balazo en la sien izquierda.

Luisita conservó su actitud despreciativa.

Le pedí por Dios, por los Santos y por sus muertos más queridos.

Luisita no me contestó siquiera.

Entonces alcé la manga de mi camisa, la doblé sobre el antebrazo y le aticé a mi novia doce bofetadas gigantescas, seguidas de seis puntapiés indescriptibles.

 Y Luisita se colgó de mi garganta y me juró amor eterno.

Pero ya me había hartado de ella y se la cedí al dependiente de una guantería, que pintaba al temple de oído.